Mafalda contra el hambre

Mafalda contra el hambre

LA NACIONOpiniónEntre 1964 y 1973, Joaquín Salvador Lavado –Quino- publicó una tira que terminaría dando la vuelta al mundo. Mafalda, una niña de seis años de clase media porteña, trascendió generaciones e idiomas. Entre los grandes temas que atraviesan sus historias -la Guerra Fría, la política, la desigualdad o la hipocresía adulta- hay uno que aparece con insistencia: el hambre. No como una estadística, sino como una herida moral que Mafalda nunca logra comprender. La viñeta más recordada ocurre el primer día del año. Mafalda le pregunta a su padre si, al cambiar de calendario, finalmente se resolvieron el hambre, la pobreza y el armamentismo nuclear. Cuando él responde que no, ella pregunta: “Entonces, ¿para qué sirvió cambiar de año?”. Es un chiste brillante, pero también una acusación que sigue vigente. Cada diciembre esa tira vuelve a circular porque, más de medio siglo después, la pregunta continúa esperando respuesta. Conviene recordar un detalle. La famosa frase “paren el mundo, que me quiero bajar” nunca fue escrita por Quino ni pronunciada por Mafalda. El propio autor lo desmintió. La diferencia es importante: Mafalda nunca quiso abandonar el mundo; quiso mejorarlo. Su indignación frente al hambre nace de la esperanza, no del desencanto. Otra viñeta muestra a Felipe indignado porque millones de personas pasan hambre mientras el mundo gasta fortunas en fabricar armas. Mafalda lo corrige con su ironía habitual: no es una barbaridad, son dos barbaridades juntas. En pocas palabras, Quino resume una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: el problema no es solo que exista hambre, sino que convivamos con él disponiendo de recursos suficientes para combatirlo. Los estudios sobre la obra de Quino coinciden en que el hambre nunca aparece aislado. Forma parte de un mapa más amplio de preocupaciones: la pobreza, la desigualdad, la guerra y la amenaza nuclear. Poner esas preguntas en boca de los niños fue uno de los grandes aciertos del autor. Gracias a esa aparente inocencia logró decir cosas que, en boca de un adulto, habrían sonado moralizantes.Lo más inquietante de leer hoy a Mafalda no es comprobar que sigue siendo ingeniosa. Es comprobar que sigue siendo actual. El mundo produce alimentos suficientes para alimentar a toda la población y, sin embargo, cientos de millones de personas continúan padeciendo hambre. El problema ya no es exclusivamente productivo. Es también político, económico, logístico y profundamente ético. Quizás ese sea el mayor legado de Quino. Haber demostrado que una niña de seis años podía formular una de las preguntas más difíciles de nuestro tiempo. Y quizás allí resida también la mayor deuda del mundo adulto: más de cincuenta años después, seguimos sin ofrecer una respuesta convincente. Mafalda continúa interpelándonos porque nunca perdió la esperanza de que el mundo pudiera mejorar. Tal vez la verdadera pregunta ya no sea por qué Mafalda sigue tan vigente. La pregunta es otra: ¿cómo es posible que todavía no hayamos resuelto aquello que tanto la indignaba?MA en Comunicaciones y PhD en Educación, Stanford University. Exdirector de la Unesco en Estados Unidos y Brasil

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