Cuanto más disconforme se está con el presente más se añora el pasado. Y allí se extiende un campo fértil para el florecimiento de la nostalgia, que tanto puede ser un sentimiento como un negocio o una herramienta política. Algo que se evidencia en esta época, cuando el acceso a bienes y posibilidades materiales suele marchar aparejado, o en relación inversamente proporcional, con el vacío existencial. Y cuando el malestar social que se ensancha en cada vez más países debido a las promesas incumplidas de la democracia propicia el surgimiento de líderes y movimientos populistas o neofascistas que prometen resucitar pasados tan idílicos como incomprobables. Lo cierto es que, tratándose de una argucia política, de un pretexto para modas vintage y retro, o de un estado de ánimo, la nostalgia resulta, en definitiva, un rechazo del presente, un intento de torcer la marcha del tiempo intentando, en vano, llevarlo hacia atrás. n la manipulación política de la nostalgia, piensa Lilla, deambula la idea de que “alguna vez fuimos dioses o reyes y ahora debemos humillarnos para pedir ayuda”“Cuando una nación, un pueblo, o una fe entera comienzan a buscar el tiempo perdido, surgen las emociones y fantasías más oscuras”, advierte el filósofo y ensayista estadounidense Mark Lilla en su obra Ignorancia y felicidad. Lo dice en plena era del movimiento MAGA (Make America Great Again, Hacer a América Nuevamente Grande), impulsado por Donald Trump y sus fanáticos, y patéticamente replicado en nuestro país. En la manipulación política de la nostalgia, piensa Lilla, deambula la idea de que “alguna vez fuimos dioses o reyes y ahora debemos humillarnos para pedir ayuda”. Ese “alguna vez”, subraya, impide conectar con el presente despojándolo de las sombras de un pasado imaginario.“Cuando una nación, un pueblo, o una fe entera comienzan a buscar el tiempo perdido, surgen las emociones y fantasías más oscuras”, advierte el filósofo y ensayista estadounidense Mark Lilla en plena era del movimiento MAGA PEDRO PARDO - AFPLa ensayista, novelista y dramaturga ruso-estadounidense Svetlana Boym (1959-2015) escribió un extraordinario ensayo titulado El futuro de la nostalgia, en el que afirma que ningún nostálgico en el mundo podría explicar exactamente qué es lo que añora. “El seductor objeto de la nostalgia es muy escurridizo”, señala. Y ve a este sentimiento como un mecanismo de defensa en una época de aceleración del ritmo de vida y de agitación histórica. Para Boym el afán de recuperar el pasado va en paralelo con quitarse de encima la responsabilidad por el presente, que, en definitiva, es el tiempo en el que, sea de manera individual o colectiva, estamos destinados a elegir, decidir y actuar.Al aparecer como una fuga del presente la nostalgia es también una forma de renuncia al pensamiento críticoAl aparecer como una fuga del presente la nostalgia es también una forma de renuncia al pensamiento crítico. Este es remplazado por un vínculo emocional con el pasado. Y el pasado, a su vez, es siempre una versión, que cambia según la memoria de quien lo edite, de lo que sucedió o pudo haber sucedido. “Los nostálgicos, insiste Frank Milla, tienen dificultades para soportar la noticia de que el presente está sucediendo y pronto habrá sucedido y que se verán obligados a arrastrarlo con ellos como un hermano embarazoso mientras avanzan con el tiempo”. Quizás en el avance del tiempo esté la clave de la cuestión, y acaso la nostalgia sea, por último, una negación disfuncional del miedo a la única certeza de la vida: la muerte. Por mucho que corramos hacia atrás ella espera adelante, sin impaciencia. Hasta entonces nos deja una pregunta: qué hacer con la vida mientras la vivimos. A través de qué relaciones, de qué actitudes, de qué propósitos encontrar el sentido que la haga trascendente. Las respuestas a esta cuestión están adelante, en el camino a recorrer y no en el que ya transcurrió. Y así como la fuga nostálgica hacia el pasado es utópica, también lo es la creencia mágica en el futuro, el optimismo desprovisto de acciones y actitudes. El pasado no vuelve, el futuro no se hace a sí mismo. Hay un punto, el presente, que nos reclama cada día, que nos plantea preguntas a responder. Mientras tanto, como alguna vez afirmó Joaquin Sabina: “No hay peor nostalgia que añorar lo que jamás sucedió”.Conversaciones
La nostalgia, o aquello que nunca fue
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