Javier Castrilli: “Se desconfía del arbitraje con razón, lo que estamos viendo es horroroso”

Javier Castrilli: “Se desconfía del arbitraje con razón, lo que estamos viendo es horroroso”

Javier Castrilli no soñaba con ser árbitro. Quería ser periodista deportivo y, para entender mejor el juego, se anotó en un curso de arbitraje de la Asociación del Fútbol Argentino. La idea era conocer las reglas, sumar herramientas y tener más elementos para analizar después la tarea de quienes impartían justicia dentro de una cancha.La instrucción duraba dos años y terminó cambiando el rumbo de su carrera. El arbitraje lo atrapó, dejó de lado el periodismo y construyó un camino que, con aciertos y errores, lo convirtió en una de las grandes referencias del arbitraje en el último medio siglo.Sobre todo, por una manera de conducir que terminó volviéndose una marca registrada: rígido, inflexible, capaz de echar a cuatro jugadores de River en un partido contra Newell’s, o de escuchar inmutable a Diego Maradona después de mostrarle la tarjeta roja, sin responderle una sola palabra. Tanto que su nombre trascendió su propia figura y pasó a formar parte del lenguaje futbolero. Todavía hoy, en cualquier cancha, puede escucharse que ante una jugada dudosa alguien diga: “Ese penal no lo cobra ni Castrilli”.Después del retiro, volvió de algún modo al punto de partida. Hoy trabaja como analista arbitral y ya lleva seis Mundiales como columnista de Fútbol de Primera, un ciclo de transmisiones para el público latino de Estados Unidos. También participa en Radio Mitre y, a los 69 años, está a cargo de las relaciones institucionales de una escuela de enseñanza media y dirige su propia academia virtual de árbitros, que lleva su nombre.Castrilli está radicado en Chile, donde estuvo al frente del arbitraje entre 2021 y 2022Rodrigo Néspolo - LA NACIONRadicado en Chile desde 2021, cuando asumió como presidente de la Comisión de Árbitros de la Asociación Nacional de Fútbol Profesional (ANFP), Castrilli observa con “tristeza” el presente del arbitraje argentino. “Se desconfía con razón: lo que estamos viendo es horroroso. Y no es de ahora, hace ocho años que lo venimos observando”, explica a LA NACION.—Suponiendo que tuviera la oportunidad de estar a cargo del arbitraje, ¿por dónde empezaría? Da la sensación de que hay demasiadas cosas por corregir…—Mire, mal se puede pretender que se cambie a los estratos medios y bajos de cualquier sociedad si quienes están arriba no dan el ejemplo.—Si lo llamaran, ¿usted trabajaría con esta gestión?—No. Mientras esté Pablo Toviggino, no. Ni por todo el oro del mundo.Durante la charla, Castrilli conserva el gesto serio que lo caracterizaba en la cancha. Se expresa con precisión, desarrolla cada idea con detalle y por momentos parece estar dando una clase. Pero cuando el tema deriva hacia el presente del arbitraje argentino, el tono se endurece y aparecen también algunos improperios.Aunque lleva años viviendo fuera del país, sigue de cerca todo lo que ocurre. Menciona árbitros del ascenso, conoce al detalle cómo funciona el sistema en el interior y apunta contra quienes considera los principales responsables de este “desastre”.Castrilli durante su participación en Francia 1998, donde dirigió Dinamarca-Arabia Saudita, por la fase de grupos, y Croacia-Rumania, por los octavos de final.—¿Esa imagen de árbitro estricto era parte de su personalidad o también la construía para imponer respeto dentro de la cancha? —Yo creo que forma parte de la educación de cada persona, de los conceptos que tenga respecto de la vida y de su sistema de ideas, principios y valores. Y ahí también tiene un peso importante la formación como árbitro. Yo tuve la suerte de contar con instructores de la estatura de Ángel Norberto Coerezza, Roberto Goicoechea y Humberto Dellacasa, que eran realmente personalidades con objetivos muy claros y que tenían absolutamente incorporados los conceptos de honestidad, transparencia, ecuanimidad y la importancia del arbitraje dentro de la disciplina deportiva. Eso nos fue moldeando, nos fue grabando a fuego y, cuando tuve la oportunidad de seguir por este camino, no hice más que respetar los preceptos que había adquirido.—¿Esos valores vienen desde casa?—Mi padre fue docente toda su vida y, por supuesto, el tema de la honestidad, de la justicia y de la verdad ocuparon siempre un lugar central. Eso fue lo que desde la cuna comencé a mamar: principalmente la formación en esos valores, los valores de la verdad y de la justicia.—En su época quedaron muy marcados dos estilos: el suyo y el famoso “siga, siga” de Francisco Lamolina. ¿Cuál cree que envejeció mejor? —Lamolina mismo reconoció con el tiempo que trataba de dirigir distinto de como lo hacía yo. Lo dijo públicamente. Pero no creo que estuviéramos necesariamente en las antípodas. Él buscaba una coherencia, y eso es fundamental para la credibilidad. Lamolina decía: “Si esto no es infracción dentro del área, tampoco lo es en el círculo central”. Mi lectura era totalmente distinta: para mí, esa misma jugada era falta en el círculo central y también dentro del área. Teníamos criterios y lecturas diferentes, con formaciones también muy disímiles, pero los dos buscábamos sostener una misma lógica.En el Clausura de 1992, expulsó a cuatro jugadores de River -Oscar Acosta, Ángel Comizzo, Fabián Basualdo y Jorge Higuaín- y al técnico Daniel Passarella durante la derrota 5-0 ante Newell's en el Monumental—Hace poco se cumplieron 30 años de aquel Vélez-Boca del Clausura 96, en el que usted expulsó a tres jugadores de Boca, entre ellos Maradona. ¿Qué recuerda de esa noche?—Yo lo dije varias veces: con Maradona nunca había tenido problemas, nunca. Siempre su comportamiento fue correcto. El único problema que tuve con él fue ese. Nada más. Siempre tomo ese partido como una especie de testigo de lo que representa el VAR en la actualidad. El 1-1 de Vélez, que convirtió Patricio Camps, quedó marcado por la duda de si la pelota había entrado o si (Carlos) Navarro Montoya había alcanzado a sacarla sobre la línea. Ni siquiera las imágenes de televisión pudieron comprobarlo y, a partir de ahí, el partido se desnaturalizó. Si hubiéramos tenido la posibilidad de acudir a la tecnología, todo lo que sobrevino después no hubiera ocurrido. Muchas veces nos quejamos del tiempo que demora el VAR y de lo antipático que resulta. Sin embargo, no nos damos cuenta de cuántos partidos como aquel Vélez-Boca tuvieron gravísimas consecuencias producto de las limitaciones humanas.—La pregunta del millón: ¿por qué no le contestaba a Maradona?—Él sabía por qué lo había echado. En la cancha se vivía una situación de violencia extrema: los hinchas de Boca querían meterse y se enfrentaban con la Policía. Diego me señaló y después apuntó hacia los disturbios, como responsabilizándome por lo que estaba pasando. Por ese gesto lo expulsé. Cuando lo vi venir pensé: “Viene a buscar mi cadáver”. Y yo ya estaba muerto. Él sabía perfectamente por qué lo había echado y yo no tenía nada que explicarle. Por eso no le respondí.—Le tocó dirigir en la época de Julio Grondona, otra personalidad muy fuerte. ¿Cómo era su relación con los árbitros? ¿Se metía?—En 22 años de arbitraje, una sola vez me llamó Grondona. Y nunca nadie, nadie, absolutamente nadie, me llamó para plantearme que cambiara algo y mucho menos para pedirme que perjudicara o beneficiara a un jugador o a un equipo.Castrilli acaba de expulsar a Diego Maradona ante Vélez, en la derrota 5-1 de Boca por el Clausura de 1995; Carlos Mac Allister, Cristian González y Claudio Caniggia le reclaman la decisiónCARLOS FRAGA—¿Y para qué lo llamó esa vez?—Para sugerirme que le permitiera jugar a Maradona con el arito. Diego tenía un aro con un diente de Dalma y lo había usado en sus dos primeros partidos desde el regreso, ante Colón y Argentinos Juniors. El siguiente era contra Gimnasia, en Jujuy, y me tocaba dirigirlo a mí. —¿Fue por teléfono?—Sí, sí. Me cortó la conversación. Después Maradona, por voluntad propia, se sacó el aro y no hubo ningún problema. A lo mejor Grondona no conocía la regla, no sé.—Convengamos que Grondona tampoco era ajeno a este tipo de manejos.—Obvio que no. Todos recordamos que, años después, cuando Grondona ya había muerto, surgieron grabaciones telefónicas en el marco de una investigación judicial en las que hablaba de la posibilidad de enviar a determinado árbitro a dirigir a Boca (N. de la R.: en audios difundidos en 2015, Grondona y Abel Gnecco discutían las designaciones para la serie entre Boca y Newell’s por la Copa Libertadores 2013 y mencionaban a Germán Delfino, Diego Ceballos y Mauro Vigliano como posibles réferis). Eso está. Está en las redes. Es inocultable. Nadie puede decir que Grondona era un nene de teta o una carmelita descalza.—¿Y cuál era la diferencia?—Que la credibilidad del sistema estaba sostenida por la designación de instructores al frente de la Escuela de Árbitros que eran personas absolutamente intachables, transparentes. Y a lo largo de todos esos años vi desfilar a innumerables árbitros que o bien llegaban a Primera y desaparecían, o ni siquiera podían llegar porque eran dados de baja por cuestiones técnicas. Hoy uno ve esas mismas falencias reflejadas en los campos de juego y no puede creer que esos árbitros sigan dirigiendo. El referato argentino está sumergido en la sospecha permanente, en una falta de credibilidad absoluta, total. “Ah, pero Grondona…”. Y a mí Grondona jamás me dijo nada, salvo aquello sobre el arito.—Entonces el problema no pasa solo por los árbitros que llegan a Primera, sino por cómo se los forma desde abajo. —Exactamente. Por eso el proceso formativo es tan importante. Para dirigir en niveles de alta competencia, un árbitro necesita estar formado en valores y capacitado para sentirse absolutamente impermeable a las presiones y al peso de la sanción pública. Este modelo trajo como consecuencia directa no solo la pésima formación de los árbitros y la declinante formación intelectual de muchos, sino que además atacó el corazón de la vocación. Hizo que cada vez más personas se acerquen al arbitraje por el solo hecho de ganar dinero y lo tomen como un trabajo. Y eso está agravado por un sistema perverso: quienes tienen que renovarles el contrato a los árbitros profesionales son los presidentes de los clubes que esos mismos árbitros tienen que dirigir, con el consiguiente peligro de que, si les va mal, muchos piensen que corre riesgo su permanencia dentro del arbitraje. Yo quiero que los árbitros ganen cada vez más, por supuesto, porque se lo merecen. Pero también quiero un árbitro, un hombre o una mujer, que esté dispuesto a pagar para dirigir. Que lo sienta en el alma. Y que cuando pone un pie dentro del campo de juego se olvide de todo y actúe con libertad.—¿Dónde ve con más claridad que ese sistema condiciona a los árbitros?—Lo venimos sufriendo sobre todo en el interior profundo de nuestro país. ¿Por qué? Porque árbitros como Andrés Merlos, Fernando Espinoza, Jorge Baliño, Luis Lobo Medina y otros sembraron los campos de juego del interior de atrocidades. Uno puede entrar a YouTube, poner sus nombres y aparecen innumerables ejemplos. El sistema de premios y castigos de esta dirigencia hizo que esos árbitros fueran ganando lugar y llegaran cada vez más alto. Y después aparecieron equipos que tuvieron ascensos meteóricos hasta Primera División, como Barracas Central, Riestra, Independiente Rivadavia o Central Córdoba de Santiago del Estero, muchas veces con esos mismos nombres vinculados a sus partidos. Fui uno de los primeros en denunciar que todo era manipulado por Pablo Toviggino y su relación con Gustavo Bassi, presidente del Departamento Arbitral del Consejo Federal, y, obviamente, con Federico Beligoy.Castrilli dirigió en la élite entre 1991 y 1998 y marcó una época por su rigidez y la autoridad que imponía en la canchaRodrigo Néspolo - LA NACION—Queda a la vista cuando un árbitro favorece a un club ligado al poder y ni siquiera es parado.—Son atroces las cosas que se ven. Un árbitro que levanta pasto del piso y se lo muestra a la hinchada, como hizo Espinoza en la cancha de Newell’s, a mí me dura 30 segundos. ¿Me entiende? Eso no se puede permitir jamás, porque sienta un precedente para el resto.—En su momento a Espinoza no lo pararon por eso y sí lo hicieron ahora por la broma durante un sorteo.—No se trata de pararlo. ¡Hay que echarlo! La sanción no es una suspensión. Cuando un árbitro le muestra el pasto a la gente, la está provocando. Ese gesto tiene una carga simbólica que todos conocemos en el fútbol. El árbitro tiene que estar capacitado para soportar todo tipo de improperios y agresiones, mucho más en nuestras latitudes, pero nunca puede responder de esa manera. Ahí está mostrando cómo está formado humanamente. Este mismo sujeto, Espinoza, empuja a los jugadores, los maltrata. Y no hay una relación de fuerzas: el jugador, por sobre todas las cosas, es una persona a la que hay que respetar. Los futbolistas y los técnicos ven en riesgo su fuente de trabajo porque nunca saben hasta qué punto este tipo de personas los puede perjudicar.—Usted apunta mucho a Toviggino. ¿Cree que el arbitraje puede cambiar mientras él siga teniendo peso dentro de la AFA?—Considero, con absoluta seguridad, que la presencia de Toviggino es perniciosa para el fútbol argentino, por todo lo que representa su poder y por el peso específico que tiene en la manipulación de los árbitros desde hace siete u ocho años. Es imposible imaginar algo sano cuando da toda la impresión de que cualquier cosa que se toca ahí sale pus. Habría que barajar de nuevo, con otro sistema, pero por sobre todas las cosas con otras personas a cargo.Pablo Toviggino junto a Claudio Tapia; para Castrilli, el dirigente que conduce el fútbol del interior es uno de los principales responsables del presente del arbitraje argentino@natyponcefotos—¿Lo mismo cabe para Beligoy?—En San Lorenzo, Néstor Gorosito duró ocho partidos. Cuando se busca un objetivo y no se consigue, el técnico renuncia o la Comisión Directiva lo echa. ¿Por qué? Porque no se dieron los resultados. Y en el arbitraje, ¿cuándo se dan esos resultados? Todos se quejan, todos se sienten afectados. ¿Alguna vez renunció Beligoy en todos estos años? La pregunta es: ¿por qué no renuncia? ¿Por qué los presidentes cuyos equipos, socios e hinchas se sintieron tan afectados, tan defraudados, incluso robados, no pidieron la remoción de Beligoy, salvo alguna excepción? Además de ser amigo de Tapia, como lo son varios árbitros, hay algo más que lo sostiene.—Bueno, Nicolás Russo y Daniel Vila, dos presidentes muy ligados a la conducción de la AFA, pidieron su salida.—Yo creo que quienes realmente se rebelaron están contados con los dedos de una mano: Juan Sebastián Verón, Stefano Di Carlo… Son pocos los que públicamente se pusieron en la vereda de enfrente de lo que está pasando con el arbitraje y que, además, lo padecen. Hay un silencio que pareciera producto de la omertá, ¿no? Como si todos, de alguna manera, se sintieran favorecidos por el statu quo. —¿Hay algún juez que le guste especialmente?—No he visto a muchos árbitros con la fortaleza anímica suficiente para sobreponerse a situaciones de presión extrema. Sin embargo, hay algunos confiables. A mí me gustó mucho Facundo Tello en el Mundial, por ejemplo. Hasta hace poco también hablaba de Nicolás Ramírez, pero en sus últimos partidos me pareció calamitoso su desempeño. Sinceramente, me cuesta entender esa metamorfosis que atraviesan determinados árbitros con el paso del tiempo: cuando Delfino incursionó por primera vez en Primera, hace muchos años, yo lo aplaudía con los pies. Y después fue cambiando. Es decir, van ocurriendo cosas. Cuando una persona no tiene claro por qué eligió ser árbitro, cuál es su verdadero rol, el perjuicio que puede generar con sus decisiones, y lo único que le interesa es permanecer y transcurrir, deja de honrar al arbitraje. Entonces sucumbe ante el peso de la presión o ante las tentaciones. Porque las debilidades humanas terminan ganándole a la voluntad que tibiamente les opone. Mientras no se cuente con un sistema en el que no solo se formen valores, sino que además tenga la capacidad de detectar talentos en el interior del país con determinadas características para después construir un árbitro, seguiremos poniendo el carro delante del caballo: eligiendo primero qué personalidad puede ser permeable como instructor para que los árbitros del aparato terminen siguiendo los objetivos de quienes buscan perpetuarse en el ámbito político.Facundo Tello es, para Castrilli, uno de los pocos árbitros del fútbol argentino con condiciones para dirigirMatt Slocum - AP—Hablemos del VAR: ¿se imagina cómo habría convivido usted, con su manera de dirigir, con una herramienta así?—Yo creo que no tenemos que detenernos tanto en la figura del árbitro. Tenemos que pensar más en el sistema y tomarlo como objeto central de análisis si queremos mejorar el fútbol. A la gente no debería importarle si el árbitro tiene más o menos autoridad, siempre y cuando se sancione lo que corresponde y jugadores y equipos no se sientan perjudicados. La figura del árbitro queda en segundo plano. Es más: estoy convencido de que vamos camino a la inteligencia artificial. La persona humana a cargo de la aplicación de las reglas de juego es una especie en extinción, que poco a poco ha sido desplazada por su propia falibilidad y sus limitaciones. La tecnología irrumpió en el fútbol a las patadas como consecuencia de los horrores de los árbitros.—Sucede que en la Argentina está sospechado hasta el trazado de las líneas.—Es que la aplicación del VAR termina arrastrando la credibilidad de la tecnología al mismo nivel de corrupción que se respira en el país. Porque, en determinados casos, pareciera que también se manipulan decisiones a través de la herramienta. Porque vemos en los videos y escuchamos en los audios realidades absolutamente distintas de las explicaciones que después se dan para justificar determinadas sanciones. Y yo creo que esto, aun con el dolor, la impotencia y la bronca que genera, es saludable. Porque es preferible a lo que ocurría cuando no existía la tecnología, cuando la respuesta era simplemente: “Son seres humanos y se pueden equivocar”. Y las imágenes no se repetían o no tenían el nivel de fidelidad que tienen ahora.—El árbitro, entonces, está cada vez más en peligro de extinción.—Creo que el VAR está ocupando un lugar muy importante y lo va a seguir ocupando. Fíjese: hoy prácticamente los jueces de línea están de más. Incluso en la ejecución de un penal. Tan es así que el asistente, cuando se sanciona uno, ya no va a ocupar la intersección de la línea de meta con la del área, salvo en las definiciones por penales. La regla le está diciendo: “Ya no me servís”. ¿Por qué? “Porque tengo todas las cámaras de televisión”. Poco a poco, el árbitro va cediendo terreno.Castrilli le muestra la tarjeta amarilla al boliviano Óscar Sánchez, de Independiente, durante un partido contra River—¿Qué opina de las manos sancionables en el área? ¿No cree que lo “antinatural” terminó siendo la propia regla?—El problema empezó a agravarse después de la famosa mano de Henry, cuando comenzó a cambiar la manera de interpretar qué debía sancionarse. Ese fue un hito: clasificó a Francia y eliminó a Irlanda en el repechaje para el Mundial de Sudáfrica. A la FIFA le costó no pocos dolores de cabeza y, algunos se animan a decir, varios millones de razones verdes para callar los reclamos de Irlanda, que pidió que se jugara nuevamente el partido. A partir de ahí se instaló la idea de que no podía ganarse un partido con un gol convertido con la mano y apareció la figura de la inmediatez: si inmediatamente después del contacto con la mano la pelota entraba en el arco, el gol debía anularse. Pero después se fueron incorporando nuevas figuras y ahí empezaron los conflictos. La regla fue modificada en estos últimos 16 años no menos de cuatro o cinco veces. Y eso también desnuda una incapacidad. Hoy la propia regla tiene que decirle al árbitro cuándo una posición es natural y cuándo un movimiento es antinatural. Es tan confuso y tan complejo que, ¿cómo le vas a pedir a la gente que está fuera del arbitraje que lo entienda, si hay árbitros profesionales, de Primera División o internacionales, que tampoco lo entienden? O no lo quieren entender, porque lo más fácil es cobrar todas las manos como penal.—¿Era mejor la regla anterior, la que regía cuando usted dirigía y ponía más el foco en la intención?—Antes la discusión era mucho más simple: mano voluntaria o no. Se analizaba la posición corporal, el movimiento de la articulación, la velocidad, el tiempo, la distancia, la dirección del balón y los desplazamientos de los cuerpos. Con todo eso se hacía la lectura. Hoy se sancionan acciones de jugadores que claramente no quieren tocar la pelota con la mano. No se pueden cortar los brazos para impulsarse o saltar; tampoco puede ser que un defensor tenga que jugar con los brazos pegados al cuerpo o detrás de la espalda. Se llega al absurdo. Si yo tuviera que legislar, volvería hacia atrás. En todo caso, limitaría el gol convertido directamente con la mano. Para lo demás, volvería al criterio de la voluntariedad.—Usted ocupó un rol parecido al de Beligoy en Chile, pero duró apenas un año. ¿Qué pasó?—A mí me convocaron para limpiar el arbitraje chileno. En el almuerzo en el que se formalizó la propuesta, con todos los miembros del directorio presentes, el presidente de la asociación (Pablo Milad) y el secretario general (Jorge Yunge Williams) dejaron en claro que ese era el objetivo. Y yo les advertí: “Mire, si ustedes hablan en términos de limpiar, ineludiblemente voy a tener que tomar decisiones dolorosas. Y como hay un sindicato, seguramente van a querer llamar a un paro. ¿Ustedes tienen la decisión política de llevar adelante el cambio?”. Me respondieron: “Profesor, si usted no limpia el arbitraje chileno, no habrá hecho bien su pega”. Durante el tiempo que estuve eché a 23 personas, entre ellas algunos árbitros internacionales. A muchos porque no tenían proyección y a otros porque eran un desastre. Ninguna decisión fue tomada de manera unilateral. Siempre las puse a consideración del directorio y todas fueron aprobadas por unanimidad. Después el sindicato llamó a un paro, inventaron una grabación en la que supuestamente, a través del VAR, se inducía a un árbitro a sancionar un penal, me echaron a mí, levantaron la medida de fuerza y reincorporaron a todos. Muchos de ellos, sinceramente, no pueden dirigir. Ante la más mínima presión me soltaron la mano. Lo que hicieron conmigo fue una tremenda injusticia. Pero los que realmente se perjudicaron fueron aquellos que tenían la esperanza de que eso cambiara.Javier Castrilli junto a Osvaldo Talamilla, quien fue su mano derecha durante su etapa al frente del arbitraje chileno—Además de estar cinco años al frente del Comité de Seguridad en el Fútbol, también se involucró en política y hasta fue presentado por Mauricio Macri. ¿Cómo fue esa experiencia?—Sí. En 2013, Emilio Monzó me había propuesto ser candidato a concejal de La Matanza. Una semana antes del cierre de listas me llamaron para decirme que finalmente el candidato iba a ser otro. Entonces, me fui.—¿Y le quedaron ganas de participar?—Siempre que se trate de cambiar la realidad que nos rodea y yo sienta que tengo herramientas para hacerlo, voy a estar comprometido. Nunca fui de mirar para otro lado.Javier CastrilliPablo TovigginoClaudio Chiqui Pérez

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