¿Y si la Inteligencia artificial nos hiciera perder la capacidad de asombro?

¿Y si la Inteligencia artificial nos hiciera perder la capacidad de asombro?

Durante años, conectarse a Internet exigía una pequeña dosis de iniciativa y curiosidad. Uno debía bucear para encontrar lo que necesitaba, requería de buscadores para no perderse y toleraba el desorden propio de una plaza pública digital donde todos convivíamos. Hoy, en cambio, vivimos en la era del mínimo esfuerzo, en la que los usuarios no buscamos nada sino que nos sentamos a esperar que una máquina adivine lo que deseamos.Se trata de una transformación que se nos vuelve patente con solo mirar la pantalla de nuestro teléfono celular.Ya casi no vemos textos, links y foros, sino videos breves en pantalla completa, todos listos para ser consumidos a partir de sistemas de recomendación con inteligencia artificial.La compañía Meta, por ejemplo, anunció hace unos días que comenzó a probar un rediseño central de Facebook para priorizar este flujo continuo de video vertical frente al clásico feed de noticias. Así, una de las últimas redes sociales que aún mantenía textos cayó rendida a la lógica de satisfacer la supuesta necesidad de tener contenido híper personalizado en forma de pequeños clips.Cuando delegamos los descubrimientos en un algoritmo, dejamos de ser navegantes para ser espectadores pasivos.En este nuevo ecosistema algorítmico, las reglas del éxito cambiaron de raíz. Durante la última década se asumió que el objetivo obligado en la red era la masividad: acumular millones de seguidores y producir contenidos diseñados para agradar a un público lo más amplio posible. Hoy, sin embargo, la híper segmentación está premiando exactamente lo contrario.De acuerdo con los periodistas Sara Fischer y Kerry Flynn, lo que más está creciendo son los creadores de nicho ultraespecíficos y los contenidos de alta relevancia para comunidades acotadas. De hecho, casi la mitad del presupuesto de marketing de influencers en Estados Unidos se dirige a cuentas con menos de 20.000 seguidores, mientras que las consultas profesionales y temáticas puntuales superan en tráfico e interés a las tendencias generales.Así, ser específico dejó de ser una desventaja para convertirse en la principal moneda de cambio frente a la saturación del ruido digital. Es tentador (¡y nos alivia!) pensar que esta transición responde simplemente a una mejora técnica que nos ahorra tiempo y nos muestra justo lo que queremos ver. Sin embargo, la comodidad encierra una paradoja inquietante.El espacio digital, que prometía ser una ventana infinita hacia lo desconocido y diverso, corre el riesgo de volverse un espejo automático.Cuando delegamos el trabajo cognitivo del descubrimiento en un algoritmo que optimiza cada segundo según nuestras preferencias previas, dejamos de ser navegantes para convertirnos en espectadores pasivos.El espacio digital, que prometía ser una ventana infinita hacia lo desconocido y lo diverso, corre el riesgo de transformarse en un espejo automático que solo nos devuelve el reflejo prolijo de nuestras propias obsesiones.Navegar por Internet solía ser un ejercicio de exploración y tropiezo. Tal vez la pregunta urgente frente a estas pantallas que anticipan cada uno de nuestros pasos no sea cuán eficaces son las máquinas para predecir lo que nos gusta, lo que deseamos. Más bien, la pregunta es cuánto criterio propio y capacidad de asombro estamos dispuestos a resignar, simplemente a cambio de no tener que hacer ningún esfuerzo.

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