Son las cuatro de la tarde y el restaurante todavía está en silencio, mientras el personal prepara la apertura de la noche. El salón está iluminado apenas por la luz del sol, y eso hace que la naturaleza que eligieron para la ambientación se vea aún más orgánica. Entre piedras patagónicas, una lámpara gigante hecha con arbustos, y jardines verticales, aparece Ksenia Romantsova, la mujer de la pareja, que lleva adelante el restaurante junto con su marido. Baja de su departamento, con un buzo celeste y blanco: esa noche la Selección argentina jugababa los dieciseisavos de final contra Cabo Verde. Mientras sirve el té, cuenta que esa infusión ocupa en Rusia el lugar que tiene el café en Buenos Aires, y que les costó mucho encontrar uno bueno en la ciudad; enseguida se suma a la mesa Konstantin Voronin, que se presenta como Kosta. Ksenia Romantsova y Konstantin VoroninGentileza/MusgoElla habla y entiende español casi como si lo hubiera hablado toda la vida. Aprendió de chica, en un intercambio que hizo en Estados Unidos, donde fue a aprender inglés, pero todos sus compañeros eran latinoamericanos. Le fascinó el idioma y de más grande lo estudió en San Petersburgo, en una escuela con profesores latinoamericanos y españoles. Jamás pensó que iba a necesitarlo para manejarse en su nueva vida en la Argentina. “Es curioso que hable español habiendo vivido tan cerca de China”, bromea. Ella nació en Blagovéshchensk, la ciudad rusa más cercana a China, tan cerca que se ve desde la costa. Konstantin, en cambio, aclara que no entiende ni habla casi nada de español. “Yo llegué en cero, no hablo mucho. Estudié tres meses con una profesora, cuando abrimos el restaurante, y todo el equipo hablaba español, tuve que aprender como pude”, aclara. Un match en pandemia y una merluza negraGentileza/MusgoGentileza/MusgoCuando Ksenia piensa en el comienzo de su historia con Kosta, no recuerda un beso ni una charla. Recuerda un plato con el que él la conquistó en su segunda cita: merluza negra. Hoy es uno de los hits de la carta de Musgo. Había cocinado en un barco que viajaba entre Ushuaia y la Antártida, donde descubrió los productos patagónicos y quedó fascinado. “Yo quería prepararle algo interesante, sorprenderla”, cuenta. “Yo no conocía ese pescado. En mi familia la comida siempre fue muy básica. Mis papás son ambos médicos. Los domingos mi mamá preparaba una sopa o una pasta y comíamos eso toda la semana”, suma ella. Ese segundo mano a mano fue el resultado de un match pándemico. Ksenia era la gerente en de un local de ropa en San Petersburgo, donde estudió marketing, hasta que la mandaron a abrir una tienda en Rostov del Don, la ciudad del sur de Rusia donde vivía Kosta. Se trata de una localidad costera, de clima más cálido y, según recuerda Ksenia, culturalmente más abierta que otras ciudades del país. Apenas llegó, comenzó la pandemia y, sin conocer a nadie, tuvo que encerrarse en su nuevo departamento. Estuvo meses sin ver a otras personas ni interactuar y tampoco podía irse de la ciudad porque era la única responsable de la tienda, que igualmente permanecía cerrada. Entre sus rutinas de ejercicios en casa, el armado de puzles y la lectura de libros, decidió abrirse Tinder. “Estaba aburridísima, había pasado muchísimo tiempo sola”, recuerda.Gentileza/MusgoGentileza/MusgoKosta acababa de regresar de trabajar en un crucero por Cerdeña. Según cuenta, allí la pandemia casi no se había sentido. Al volver a su ciudad, abrió Tinder y se encontraron. Llevaba mucho tiempo viviendo y cocinando en barcos por distintos lugares: Filipinas, Italia, España, Ucrania, Noruega, la Antártida, Mónaco, Ibiza y Dubái.El trabajo de Kosta seguía llevándolo durante meses fuera de Rusia. Para mantenerse conectados, decidió darle a Ksenia clases de cocina por videollamada. Desde el camarote del crucero, elegía las recetas, le indicaba qué ingredientes comprar y la guiaba paso a paso. “Después ella me mostraba cómo había quedado el plato. Con tres clases privadas aprendió a cocinar”, cuenta.Al volver de uno de sus viajes, él se contagió de Covid y también contagió a Ksenia. Entonces decidieron comenzar a vivir juntos para acompañarse.La decisión de dejar RusiaGentileza/MusgoGentileza/MusgoLa idea de probar suerte en otro país ya aparecía de vez en cuando en sus charlas. No había un destino definido ni un plan concreto. Era apenas una posibilidad, hasta que llegaron las primeras señales de guerra entre Rusia y Ucrania. “Nunca quisimos vivir en esa situación”, dice Kosta. “Al principio fue una decisión porque estábamos en contra de la guerra. Después directamente empezó a ser peligroso. Mi abuelo es ucraniano. Tengo familia y amigos allá. Lo más difícil es no entender cómo dos pueblos que durante tanto tiempo convivieron terminaron en esta situación. Hoy es muy difícil estar allá. Hay drones que pueden explotar en cualquier ciudad en cualquier momento. Y los celulares, internet, está todo bloqueado por eso. Las tarjetas bancarias de Rusia no funcionan ni en Europa, ni en Estados Unidos. Es muy difícil ser admitido en otro país hoy”.Mientras él trabajaba en un crucero en Dubái, Ksenia empezó a preparar la documentación para salir del país. Poco después llegaron los llamados obligatorios para incorporarse al ejército y miles de personas intentaron abandonar Rusia. En algunos pasos fronterizos como el de Georgia, las esperas se extendían durante días. En ese contexto, se casaron y ella quedó embarazada. Con ocho meses de embarazo, en diciembre de 2022 llegó a la Argentina. “Vendimos el departamento, dejamos todo y me vine. En ese momento la Argentina era uno de los pocos países donde los rusos podíamos instalarnos legalmente.” Al mes llegó Kosta y nació Sasha. Apenas se instalaron, comenzaron a buscar una médica para su beba. Aunque sabían que en la Argentina había una comunidad rusa numerosa y agencias que ofrecían ayuda para resolver cuestiones de alojamiento, salud y educación, eligieron buscar una profesional a partir de las opiniones de pacientes argentinos. “Queríamos salir un poco de la comunidad. No vinimos para vivir en una burbuja rusa”, dice Ksenia. Una hija, un nuevo país y un restaurante Gentileza/MusgoGentileza/MusgoCon una hija de apenas tres meses empezaron a buscar un local para abrir un restaurante, y darle forma a un proyecto que Kosta imaginaba desde hacía tiempo. “Nuevo país, nueva hija, nuevo restaurante: No lo recomiendo. Creo que fueron las endorfinas de tener un bebé lo que nos llevó a crear Musgo”, resume. Mientras él seguía cumpliendo contratos como chef en Dubái, Ksenia recorría locales de Buenos Aires con Sasha y su mamá, que había viajado desde Rusia para ayudarla los primeros meses. Encontraron rápidamente el inmueble: era una ex inmobiliaria en Palermo. “Yo siempre me imaginé un restaurante grande”, cuenta ella. Cuando el dueño les mostró el departamento ubicado justo arriba del local, sintieron que era el lugar. Durante los meses siguientes, transformaron una oficina vacía en el espacio que habían imaginado. Para inspirarse, viajaron a Península Valdés para fotografiar la naturaleza, registrar sus colores y observar los paisajes. Con esas imágenes, contrataron a dos diseñadores de Moscú radicados en la Argentina y especializados en ambientaciones con flores y plantas.Patagonia, Asia y minimalismoGentileza/MusgoGentileza/MusgoKosta empezó a viajar por toda la Patagonia para conocer productores y proveedores, y probar nuevos ingredientes. Durante sus años en los cruceros había cocinado con productos argentinos y sentía que existía un potencial enorme. “En Rusia comprábamos merluza negra en el supermercado. Acá el primer proveedor que conseguimos nos mandó la panza del pescado porque los mejores cortes se exportaban”.También volvió a embarcarse como chef en un antiguo barco ruso, construido en 1961, que realiza viajes para 25 personas entre Ushuaia y la Antártida. En otra oportunidad recorrió con cinco amigos, en una casa rodante, el trayecto desde Buenos Aires hasta Mendoza y Bariloche. Para armar la carta, se inspiró en todos sus viajes y experiencias. “Donde iba probaba un producto, y en base a eso creaba un plato. Nuestro concepto no se ve solo en el diseño de interiores, también está en los sabores y en los colores de los platos: todo muy minimalista, sin mucho color. Nuestro estilo es japandí: una mezcla entre Escandinavia y Japón. Y la cocina es patagandí. Fusionamos productos de la Patagonia con minimalismo escandinavo y técnicas asiáticas. Yo trabajé cocinando en barcos por Filipinas, ahí descubrí sus salsas y preparaciones”.Gentileza/MusgoGentileza/MusgoDesde su apertura, en mayo de 2024, el lugar construyó en Palermo una identidad propia alrededor de ese concepto. Al cumplir su primer aniversario, Musgo ya había logrado que su clientela dejara de depender de la comunidad rusa. “Al principio, el primer mes, venía gente de la comunidad rusa. Hoy solo el 5% es de Rusia, son todos argentinos y muchos turistas. En Argentina sale a comer gente de todas las edades. En Rusia, las personas mayores no salen. Ver acá señoras bien vestidas, maquilladas, disfrutando de una cena, es algo que nos emociona mucho”, cuenta Ksenia.Actualmente trabajan 14 personas en la cocina y, durante la temporada alta, el número aumenta. “Fue muy difícil entrevistar gente en otro idioma, con otra cultura. Nos costaba entendernos con el personal. Porque en Rusia somos directos: ‘esto tenés que hacerlo así’ somos rígidos”.La carta reúne combinaciones como merluza negra con ostra y salsa ramen, hongos asiáticos con miso, y tartar de lomo con enoki y gamadari.Además de probar nuevos sabores, Ksenia y Kosta diseñan ciclos, fiestas para expatriados, eventos y hasta obras de teatro inmersivo con menús por pasos. En su segundo aniversario lanzaron un brunch, viajaron a Mendoza para hacer un pop-up en la bodega Alpamanta, abrieron una terraza, crearon su propia huerta con tomates reliquia y renovaron la carta.Gentileza/MusgoGentileza/Musgo“Ahora nuestros platos e ideas se llenaron de matices y detalles que nosotros mismos antes ni siquiera conocíamos. Mis recuerdos más intensos con la comida suelen ser cuando la llevé en una mochila durante al menos diez kilómetros, rodeado de naturaleza salvaje y tranquilidad total. Me gustaría que en Musgo los invitados se sientan un poco así: tranquilos, rodeados de naturaleza y compartiendo la mesa con las personas que quieren”, dice Kosta.Al terminar la charla, ambos se despidieron con un grito de “¡Vamos Argentina!”. El partido contra Cabo Verde estaba por comenzar y corrieron a verlo.Qué saleRestaurantesGastronomía
Un match por Tinder, un éxodo por la guerra con una beba por nacer y un restaurante en la cabeza
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