Tres horas de café y medialunas: un exclusivo desayuno juntó a empresarios que hablaron de un “desafío grande” para el país

Tres horas de café y medialunas: un exclusivo desayuno juntó a empresarios que hablaron de un “desafío grande” para el país

Zona norte, oficinas de Glycine Max, la firma que fundó Gerardo Bartolomé, en Martínez. Trece invitados, tres expositores y tres horas de café y medialunas alrededor de una misma mesa. Las cabezas de algunas de las principales empresas del agronegocio argentino —productores, exportadores, empresas de insumos y entidades financieras— se reunieron para hablar sobre el futuro de la agricultura en Sudamérica. Las disertaciones estuvieron a cargo de Manuel Otero, que hasta hace pocos meses dirigió el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA); Ezequiel Garbers, VP de Granos y Arroz; y Rafael Bonasso, General Manager de Rabobank Argentina. Las exposiciones se mezclaron con preguntas, comentarios y contrapuntos de los propios invitados.El encuentro se desarrolló bajo estricta reserva de las personalidades asistentes. Los temas que dominaron la conversación entre algunos de los principales referentes del agronegocio fueron la ventaja que Brasil le sacó a la Argentina, la problemática en torno de la falta de reconocimiento a la propiedad intelectual en semillas, el desafío de agregar valor, las exigencias ambientales de Europa y cómo cambió el negocio agroindustrial.Que Brasil le sacó ventaja a la Argentina en política agropecuaria, crédito y escala no fue motivo de debate: se dio por sabido. Lo que sí generó discusión fue otra pregunta: si no se puede copiar el modelo brasileño de un día para el otro, ¿qué está al alcance de la mano? Una respuesta apuntó a algo que la Argentina todavía tiene a favor: la logística. Mientras buena parte de la producción brasileña recorre miles de kilómetros hasta los puertos, la zona núcleo argentina está mucho más cerca. El problema, coincidieron, es que esa ventaja queda neutralizada por las retenciones. “Si la Argentina hace la tarea y las elimina, Brasil va a estar mucho más apretado que nosotros”, resumió uno de los empresarios.La reunión se realizó en las oficinas de Glycine Max, en Martínez, y reunió a 13 ejecutivos y empresarios del agronegocio junto a Manuel Otero, Ezequiel Garbers y Rafael BonassoCortesía AbioveA eso se suma otro costo para la Argentina. Por la falta de profundidad del río en la zona de Rosario, los barcos no pueden salir con la bodega completa y deben completar carga en otros puertos. “¿Sabés lo que es 10 dólares por tonelada?”, lanzó alguien, al calcular cuánto dinero se pierde por un problema de infraestructura y no de producción.Hubo también una autocrítica. Varios coincidieron en que el agro perdió terreno en algo que Brasil entendió hace tiempo: construir influencia política y sostener una agenda permanente desde los municipios hasta el Congreso. “Me preocupa que exista un intendente que hable mal de los productores”, resumió uno de los presentes. De ahí surgió la idea de impulsar, a escala local, algo parecido al Frente Parlamentario Agropecuario brasileño, un espacio que trasciende los cambios de gobierno.Nada de eso cierra la brecha con Brasil de un día para el otro, pero fueron cuestiones señaladas como ventajas o herramientas que dependen más de decisiones propias que de un cambio estructural del país.Ese diagnóstico derivó en otra discusión: cómo cambió el negocio en el país. Con menor volatilidad y un escenario macroeconómico más estable, varios coincidieron en que “se terminó el negocio financiero” y que las empresas vuelven a tener que competir desde la eficiencia, la productividad y la inversión. En ese contexto también apareció una preocupación: la macro mejoró, pero el crédito todavía no acompaña. “La macro va bárbaro. Ahora, la micro, ¿cómo la reactivás?”, planteó uno de los asistentes, al señalar que buena parte de los préstamos siguen teniendo plazos demasiado cortos para proyectos agroindustriales. Al mismo tiempo, hubo quienes destacaron que muchas empresas llegaron a esta etapa con balances sólidos y margen para invertir si aparecen oportunidades. “No hay momento óptimo, hay momento adecuado. Si esperás el óptimo, nunca vas a llegar”, resumió uno de los presentes.Ese cambio de escenario llevó la conversación a otra pregunta: si recuperar competitividad ya no depende solo de producir más, ¿tiene sentido seguir pensando el negocio desde la agricultura o llegó el momento de integrarse a otras etapas de la cadena?El disparador fue el caso de Adecoagro, donde se mostró cómo un negocio nacido en la agricultura de granos fue incorporando azúcar, etanol, energía y producción lechera. Para varios de los presentes, el diferencial ya no está únicamente en la cosecha sino en lo que ocurre después. “No podés pensar más en una empresa agrícola. Tenés que pensar en una agroindustrial integrada”, resumió uno de los participantes.El consenso, sin embargo, no fue absoluto. Algunos sostuvieron que, con márgenes más ajustados, el valor pasa cada vez más por transformar la producción en alimentos, biocombustibles, fertilizantes, energía o lácteos. Otros respondieron que no existe un único modelo: depende del negocio, la escala y el contexto. Mientras en actividades como el arroz o el maní la integración prácticamente forma parte del negocio, en soja —con un mercado profundo y una industria compradora desarrollada— especializarse sigue siendo una estrategia rentable.Durante más de tres horas, los participantes analizaron los desafíos que enfrenta la agroindustria argentina, desde la competencia con Brasil hasta la integración de la cadena de valor y los cambios en los mercados internacionalesShutterstockA partir de ahí, la discusión pasó a otro tema: los mercados. ¿Vale la pena adaptar toda la producción para cumplir con las crecientes exigencias ambientales de Europa? La mesa quedó dividida. Un grupo sostuvo que sí, porque los mercados premium seguirán premiando esos estándares. Otro fue más tajante: “Europa no es dueña del mercado”.Para esa segunda postura, el crecimiento de la demanda vendrá principalmente de India y el sudeste asiático, donde el abastecimiento de alimentos pesará más que los nuevos requisitos ambientales. Eso no implicó desconocer el valor de las certificaciones. La coincidencia fue que seguirán siendo necesarias para acceder a determinados mercados, aunque difícilmente generen un mejor precio. “Probablemente no te den un peso más. Lo que hacen es evitar que quedes afuera”, sintetizó uno de los empresarios.El debate derivó también en el doble estándar que, según varios participantes, aplica Europa en materia ambiental. Se mencionó el caso de un productor que respondió a cuestionamientos por el uso de fitosanitarios mostrando imágenes satelitales de campos alemanes pegados a zonas urbanas. También se cuestionó el rol de algunas organizaciones ambientalistas. La conclusión fue que intentar convencerlas tiene poco sentido porque, según resumieron, “juegan otro partido”. Pero ese ya era casi el final de la charla. Después de más de tres horas de debate, la sensación que quedó en la mesa no fue que la Argentina deba convertirse en Brasil, sino que todavía tiene margen para aprovechar ventajas propias que hoy deja escapar. “Tenemos un desafío grande. Seguimos siendo tímidos. En Brasil no son tímidos”, sintetizó uno de los presentes.ActualidadArgentinaInversiones

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