Tras su manto de neblinas... la educación

Tras su manto de neblinas... la educación

Bastó que Donald Trump, en su media lengua, sugiriera que -quizás, tal vez, eventualmente- podría revisar la posición estadounidense con Malvinas, para que el Gobierno, rápido como pocas veces, se subiera a la cabalgata nacionalista y tomara el reclamo por las islas como una cuestión propia y actual. Instantáneamente, el tema pasó a dominar el debate público argentino.Se entiende: Malvinas es un asunto histórico y doloroso, que salta cualquier grieta. Y que había probado estar a flor de piel -posiblemente más que nunca en los últimos años- en el Mundial, con el clima que rodeó al enfrentamiento con Inglaterra y la repercusión que tuvo la hoy famosa bandera que ondearon los jugadores, ahora replicada en remeras, tazas, pósters y demás.De hecho, hace diez días que el tema ocupa los principales títulos en los medios locales, sea por las iniciativas argentinas o las respuestas británicas.No hace falta ser tener superpoderes para pronosticar que no sucederá lo mismo con otra cuestión, desde cierto punto de vista, aún más grave y definitivamente más cercana: los pésimos resultados en la última prueba PISA y la prolongada y cada año más profunda crisis educativa que esos resultados revelan.La prueba PISA, organizada por la OCDE, relevó los saberes en Matemática, Lectura y Ciencias de los estudiantes de 15 años. En Ciencias, el país quedó en el puesto 72 entre 91 evaluados. En Matemáticas, los argentinos sacaron 11 puntos menos que en 2022. El 76% no alcanzó los requerimientos mínimos de la materia. Fuimos el país que más cayó respecto a la prueba anterior.Apenas 1,2% alcanzó los niveles más altos de desempeño en las tres áreas.La prueba incluyó esta vez un apartado que debería llamar a la reflexión especialmente: se les preguntó a los alumnos de los 91 países si en las clases había interrupciones por ruido o desorden y el 58% de los argentinos dijeron que sí. Más que en cualquier otro país.Obviamente, como sugiere el sentido común y confirman los expertos, el desorden impacta negativamente en el aprendizaje.Semejantes malas noticias tuvieron, como suele suceder en el rubro, pobre rebote. El Ministerio de Capital Humano emitió un comunicado en el que culpó del desastre a “una cultura educativa instaurada durante años por los gobiernos kirchneristas, que deterioraron cada sector del sistema”.El Presidente no se refirió al tema. La oposición tampoco, o lo hizo con algún tuit aislado, con declaraciones del orden “qué horror esto” y poco más.Es verdad que el Gobierno no es responsable de la crisis. La heredó. Pero también heredó la inflación y, desde el día cero, uno de sus grandes objetivos fue derrotarla. No ocupó el mismo grado de preocupación la decadencia educativa.La explicación a tal actitud es sencilla y podría aplicarse también a los predecesores de Javier Milei, aquejados por el mismo mal.Primero, los resultados de una inversión fuerte en educación -en dinero, en tiempo, en recursos en general- no se ven inmediatamente. Pueden pasar varios períodos de gobierno. Requiere de una mirada a largo plazo lejana a las urgencias habituales de la política criolla, siempre tan ocupada en las elecciones que vienen.Segundo, la educación no “garpa” en votos. Insólitamente -desgraciadamente- el tema no figura entre las principales preocupaciones de los argentinos. Y eso no es culpa de los políticos ni de los gobiernos de turno. Es un problema de la sociedad.Probablemente, sea un problema de educación.

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