Sebastián, fana de River, recuerda el día no solo por el golazo de su “ser mitológico”. Lo recuerda también porque vio llorar a su padre. Y porque cuando levantó la vista vio con sus ojos de diez años que lloraban casi todos en la tribuna del Monumental. “Fue la primera vez que vi llorar a gente grande”. Sebastián es Domenech, ilustrador extraordinario que acompaña estas columnas desde hace muchos años. Su ídolo es “el Búfalo” Juan Gilberto Funes.El golazo sucedió el 29 de octubre de 1986 contra América de Cali. Primera Copa Libertadores. Lo escribió en su Instagram porque se cumplieron 40 años del día que le quedó para siempre. Horas después, aniversario número 66 del nacimiento de Diego Armando Maradona, Boca publicó mensajes que fueron dejando los hinchas para el 10. “Te metiste en el corazón de la gente”, dijo uno, “y ahí te vas a quedar para toda la vida”. Eso suele provocarnos el fútbol. Recuerdos eternos.Montiel y Otamendi, en un reclamo a dúo sobre el árbitro RamírezManuel CortinaEl Superclásico del domingo pasado convocaba a una moderada ilusión. Seis campeones mundiales en la cancha. Gambeteadores en ambos equipos. River, en crisis pesada, habló otra vez de “guardia alta”. Años de Rodolfo D’Onofrio, quince títulos, el presidente más exitoso en la historia de River. La “guardia alta” surgió tras un gol en un offside grosero de Godoy Cruz. El Monumental explotó. Cantó “Mauricio Macri, la puta que te parió”. Horas después, Macri, ex presidente de Boca, pero en ese momento Presidente de la Nación, recibió en la Casa Rosada a Guillermo Barros Schellotto, que era el DT de Boca. No fue la mejor idea. Marcelo Gallardo dijo entonces que River debía tener la “guardia alta”. Mencionó a Claudio “Chiqui” Tapia, presidente flamante de la AFA. Pero, antes que Tapia, citó primero a Macri y luego a Daniel Angelici, entonces presidente de Boca. Sucedió en febrero de 2018, el año en el que, “una interna del macrismo en Boca”, como aseguran muchos, y la complicidad de la Conmebol, llevaron la final de la Libertadores a Madrid. La “guardia alta”, entonces, nació en el River más exitoso de la historia. El primer River de Gallardo, cuatro títulos internacionales en dos años, incluida la Libertadores de 2015, era pura emoción. Fútbol de ataque en una Liga dominada por el miedo y la especulación. Lo más saludable que pudo pasarle al fútbol argentino de esos años. Los éxitos siguieron. Es cierto que el fútbol alimentó rumores de ayudas extras. Como los hubo también años antes en la campaña formidable del Boca de Carlos Bianchi. El “momento Conmebol” de uno y de otro. Y el “momento AFA” también. Marcelo Gallardo, el DT que impuso la "guardia alta" en River, el mismo año que ganó la final de la Copa Libertadores en MadridSergio Perez - ReutersRiver y Boca son los dos equipos con menos derecho al pataleo en el fútbol argentino. Primero, porque tienen demasiada historia rica para victimizarse. Segundo, porque saben que los “errores” de hoy fueron favores de ayer. Y, tercero, porque agotan al resto. “¿No os dáis cuenta que los demás estamos hartos del Barca y del Madrid?”, decía el otro día un colega de Cadena Cope en pleno debate por errores o favores arbitrales para los dos grandes de la Liga de España.River dio una señal distinta, y compleja, cuando decidió no enviar DT ni capitán a la conferencia previa. Periodistas cercanos al club sugirieron que un árbitro “potable” para el domingo era Nicolás Ramírez. Era obvio que cualquier árbitro, el que fuere, estaría bajo presión enorme. A Ramírez lo salvó el VAR de un temprano error grave. Fue salvación y tumba. Porque Ramírez se hizo vulnerable. Y lo detectaron los jugadores. Incluso los que piden ética en el pospartido, pero en la cancha engañan, exageran y reclaman hasta lo más ridículo. Nicolás Ramírez quedó en el eje de la tormenta tras su tarea en el superclásico en la BomboneraManuel CortinaSorprendió también el posteo de D’Onofrio, gritando “ladrones” tras el error de Lucas Martínez Quarta y el aviso del VAR sobre lo que vio todo el estadio, menos Ramírez. No importa si hay razón o no. Encendida la mecha, el resto propaga el fuego. Desde simples tuiteros a medios serios, incluso aquellos que luego advierten sobre el peligro de las “fake news”. No digamos si fue penal o no. Tampoco digamos qué establece el reglamento. Mejor escribamos “polémica”. Más obediente, más fácil, más clics. “Han destruído al fútbol argentino”, repiten unos y otros. Los 30 equipos (por mucha justificación que se de), los cambios permanentes, clubes “amigos” y árbitros repetidos obligan a restaurar la credibilidad perdida. En el medio, la selección finalista de dos Mundiales y bicampeona de América. Estudiantes finalista de la Libertadores, Boca de la Sudamericana, River de la Messi Cup. De un extremo al otro hay un fútbol que sigue vivo. En el que ayer dominó River y en el que hoy le toca mandar a Boca. Leandro Paredes (el que juega, no el que cancherea), DT, identidad, fichajes asentados, las joyas de Boca Predio. Todo es más fácil cuando un equipo rinde, aunque Boca todavía no ganó nada y lleva tres años sin un solo título, en un fútbol que reparte ocho por año y en el que tiene un presupuesto privilegiado. Más dinero, es cierto, tiene este River en crisis (¿qué sucedió para que, en el medio de tanta bonanza, River llegara tan precario a la Bombonera?). “Millonarios” por su chequera histórica sí. Pero también por sus cracks, títulos, historia dorada. Por esa emoción eterna que hoy quieren cambiarnos por trampa eterna. Sin necesidad de complicidades con micrófonos clasistas que llaman “mugre” al rival. O que dicen “ética” porque no se animan a decir “negocio”. Implacables para señalar la basura ajena. Y saber esconder la propia. Por Ezequiel Fernández Moores
Superclásico: Boca y River, de la memoria eterna a la trampa eterna
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