La ganadería no estaba en los planes de Santiago Rosenbaum, pero terminó seduciéndolo y hoy lo tiene embarcado en un proceso de transformación. En un campo desafiante, sobre los pastizales subtropicales de Goya, Corrientes, busca la manera de hacer de la actividad un negocio más estable y rentable, con una pregunta como guía: cómo producir más carne sin que el costo de hacerlo termine erosionando el margen.Santiago se crió junto a sus hermanos entre esos campos correntinos, sobre el río Paraná, pero cuando tuvo que elegir un camino profesional se inclinó por la forestación, una actividad que prospera en el otro extremo de la provincia, sobre el río Uruguay. “Mi padre nunca nos participó mucho de su trabajo en la empresa. Yo elegí la ingeniería forestal por un sentimiento romántico ecologista, de los árboles, los arroyos”, recuerda el productor, que esta semana abrió su campo para una jornada del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (Ipcva).Aunque ejerció poco tiempo como ingeniero forestal, aquella formación terminó resultándole mucho más útil de lo que imaginaba. “En la formación hay un trasfondo de gestionar los recursos naturales que a mí me fascina y que está también en la ganadería: la modelización matemática, expresar en números lo que pasa en la naturaleza”, explica.Fue la salud de su padre la que, en 2007, llevó a los hijos a incorporarse a la empresa agropecuaria familiar. Un año después, Santiago ya estaba al frente del establecimiento La Morocha, que hacía el ciclo completo: cría y recría en campos propios y alquilados y terminación en las islas del Paraná. “Ahí me interioricé sobre la ganadería, fundamos un grupo CREA del que aprendí mucho”, cuenta.Su padre falleció en 2010 y la empresa quedó en manos de Santiago y sus hermanos. Pero alrededor de 2016, la decisión de dos de ellos de dejar la sociedad obligó a reconfigurar el negocio. Primero hubo que vender toda la hacienda de invernada para afrontar los dividendos de los socios que se retiraban. Desde 2018, solamente Santiago y su hermana Sofía, que vive en Dinamarca, permanecen vinculados a la empresa. A partir de entonces comenzó una búsqueda de mayor eficiencia que todavía continúa.“Cambió mucho el negocio, ya no era tan fácil conseguir campo en las islas. Es algo que te tiene que gustar mucho. Preferí concentrarme en la cría en las lomas”, resume. Así, la empresa dejó atrás la invernada y la terminación y se concentró en producir terneros sobre campos de loma y media loma, buscando adaptar el sistema a las condiciones del establecimiento y a una escala que exige administrar cada recurso con cuidado.Hoy la firma posee 900 hectáreas y alquila otras 800 a familiares. Cerca del 12% de la superficie está ocupada por lagunas permanentes. Sobre ese territorio, característico del paisaje correntino pero con buenas condiciones para la cría, manejan unas 1.000 madres Braford y producen alrededor de 700 terneros por año. El objetivo es llevarlos al destete con el mayor peso posible, entre 220 y 250 kilos, aunque Santiago reconoce que no siempre es posible alcanzar esos valores.El desafío, sin embargo, no pasa solamente por producir más. El verdadero objetivo es encontrar el punto en el que una mayor producción no implique una pérdida de rentabilidad. “Nos autopercibimos una empresa chica y necesitamos generar el mayor margen posible para alimentar a tres familias, la mía, la de mi hermana y la del encargado”, explica. Y allí aparece una de las principales tensiones del sistema: “La manera de lograrlo es maximizar la producción de carne y para eso se necesita una alta carga animal. Para sostener eso hay que incorporar gran cantidad de alimento al sistema, y eso es lo que diluye el margen”.Por eso, agrega, “hay que estar muy atentos a encontrar ese equilibrio, saber cuándo la incorporación de alimento empieza a tener un rendimiento marginal decreciente”. Esa búsqueda se refleja hoy en los números del establecimiento. Con buenos años y un sistema ajustado, la producción puede ubicarse entre 80 y 150 kilos de carne por hectárea, según la carga. Actualmente están en una transición, con alrededor de 120-130 kilos por hectárea, mientras intentan modificar el esquema nutricional para reducir la dependencia del destete precoz.Durante años, el sistema se apoyó en retirar el ternero de la madre a los 45 días, una práctica extendida en buena parte de Corrientes para reducir los requerimientos de la vaca. Pero Santiago considera que esa herramienta, aunque efectiva, deja al sistema demasiado expuesto. “Para mi gusto es un sistema muy vulnerable”, define.La alternativa que están explorando busca que la vaca pueda atravesar el período crítico manteniendo su condición corporal y llegar al servicio con el ternero todavía al pie. “Hoy buscamos más estabilidad, estamos buscando un nuevo sistema. Trabajamos en intentar que las vacas se preñen manteniendo su condición corporal con el ternero al pie”, señala.La nutrición de la vaca se convirtió así en el centro de la estrategia. El establecimiento trabaja sobre distintos frentes: ajustar la fecha de parición para acercarla todo lo posible a la primavera y evitar los meses de menor disponibilidad forrajera; suplementar durante el invierno con fuentes proteicas como urea, harina de soja, harina de algodón o burlanda de maíz; y mejorar la oferta del campo natural mediante manejo del pastoreo, desmalezado e implantación de pasturas perennes en las categorías de mayores requerimientos.La logística agrega una dificultad adicional. Muchos de los insumos deben llegar desde otras provincias y la infraestructura vial de la región no siempre acompaña. Por eso, la estrategia no puede basarse exclusivamente en comprar alimento. También exige aprovechar mejor lo que el campo ofrece.“Creemos que todavía tenemos trabajo para hacer con nuestros pastos naturales. No nos falta volumen, lo que nos falta es mucha calidad”, plantea. En el establecimiento predominan especies como el pasto colorado, la paja amarilla y el pasto horqueta, todas con buen potencial forrajero, aunque con limitaciones cuando se las intenta diferir hacia el invierno. “Lo que se logra diferir no es de muy buena calidad porque se encaña, tiene hojas filosas”, explica.El acompañamiento técnico de la regional Corrientes del INTA forma parte de ese proceso de búsqueda. La posibilidad de incorporar especies como cetaria o brachiaria aparece como una alternativa para determinados ambientes y, especialmente, para categorías con mayores requerimientos, como las vaquillas de primera parición.La pregunta que atraviesa todo el planteo es sencilla de formular, pero difícil de resolver: ¿cómo mantener buenos índices reproductivos incorporando la menor cantidad posible de alimento externo? “La nutrición de la vaca es hoy nuestro foco”, resume Rosenbaum. Y agrega una definición que sintetiza buena parte de su estrategia: “En la nutrición de la vaca está el núcleo de nuestro desafío para mejorar nuestro resultado económico”.El manejo reproductivo constituye la segunda pata de la transformación. El servicio está estacionado y la empresa trabaja para reducir progresivamente su duración. Inseminan toda la cabeza de parición y las vaquillas jóvenes, hasta terminar inseminando aproximadamente a la mitad del rodeo durante el primer mes de servicio. También realizan transferencia embrionaria con el objetivo de producir y seleccionar sus propios toritos.La tercera pata es la genética. No se trata solamente de mejorar los índices productivos, sino de generar animales que tengan mayor valor al momento de la venta y, al mismo tiempo, estén adaptados a un ambiente exigente. “Un ternero con aptitudes mejoradas se defiende mejor en la venta”, explica.Pero el objetivo genético va más allá del precio. “Buscamos un biotipo Braford que se adapte mejor a nuestros ambientes, donde tenemos parásitos todo el año, garrapatas, tábanos y situaciones climáticas muy extremas”, señala. En ese sentido, la genética es entendida como una herramienta para hacer más eficiente el sistema y no como un componente aislado.El desafío sanitario es especialmente importante. En los últimos años, la zona atravesó un período complicado luego del cambio de estatus respecto de la garrapata, con numerosos brotes de tristeza bovina y una elevada mortandad. “Hoy eso se acomodó y encaramos la producción un poco más aliviados”, cuenta. La región es considerada actualmente zona sucia, por lo que el manejo se realiza bajo la premisa de convivir con el parásito y avanzar en la inmunización de los animales frente a la tristeza bovina.Ese escenario obliga a pensar la empresa con una lógica de largo plazo. La nutrición, el manejo reproductivo y la genética aparecen como las tres herramientas centrales de un proceso que todavía está en construcción.Más que perseguir un récord productivo, Rosenbaum busca un sistema que pueda sostenerse en el tiempo. El desafío es producir más carne por hectárea, pero sin transformar cada kilo adicional en un costo que termine comiéndose el resultado. En un ambiente donde el invierno limita la oferta forrajera, la logística encarece los suplementos y la sanidad impone sus propias reglas, el equilibrio se convierte en el principal indicador de eficiencia.“Nos falta encontrar ese punto de equilibrio”, reconoce. Y buena parte de la transformación de la empresa familiar pasa justamente por eso: encontrar una combinación entre carga, nutrición, reproducción y genética que permita aprovechar mejor cada hectárea sin perder de vista la rentabilidad.
Soñaba con árboles y ahora busca transformar la producción de carne en una zona de pastos desafiantes
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