En De los potrillos nacen ríos (Alfaguara), su primer libro de cuentos, la poeta y escritora Sofía de la Vega construye un mapa narrativo de Tucumán a través de voces singulares, personajes que mutan y perspectivas que desdibujan las fronteras entre lo humano y lo animal. Con la precisión del lenguaje que aprendió de la poesía y el impulso de contar historias, explora paisajes, memorias familiares y formas de habitar una provincia atravesada por contrastes históricos y sociales.Nacida de la necesidad de narrar el desarraigo y de recuperar las voces de su tierra, la colección también propone mujeres que encuentran modos inesperados de rebelarse y cuestiona las etiquetas con las que se lee la literatura escrita fuera de Buenos Aires.“En parte creo que soy escritora porque viví toda mi juventud pensando la literatura con otros”, dice a Clarín mientras habla sobre el pasaje de la poesía a la narrativa, la potencia de la ficción, los imaginarios provinciales y una trayectoria en la que la escritura convive con la gestión cultural y el trabajo colectivo.–De los potrillos nacen ríos es tu primer libro de cuentos. ¿Cómo fue ese camino? ¿Siempre pensaste en armar un libro de relatos?–La verdad es que nunca escribo pensando en que se va a convertir en un libro. Siempre el disparador es una voz; en cualquier género que escriba me pasa eso. Empecé a escribir estos cuentos más o menos durante la pandemia; un año antes me había mudado a Buenos Aires y los poemas ya no fluían como antes o al menos en la forma en que siempre los escribía. Necesitaba contar historias. En ese momento, por el desarraigo, llevaba una libretita donde anotaba cosas que me decían sobre Tucumán o historias que me acordaba de mi familia o amigos. Tenía mucho material y después del segundo o tercer cuento se me fue armando una especie de mapa territorial que fui completando. Quería cubrir —dentro de mi imaginario— las diferentes visiones e idiosincrasias que hay en Tucumán. Cuando me di cuenta de que estaba armando este rompecabezas visualicé el libro.–Tenés tres libros de poesía antes de este. ¿Hay algo que la poesía te enseñó sobre el cuento, o al contrario, algo que tuviste que desaprender para escribir prosa?–Me parece que se nota muchísimo cuando un narrador viene de la poesía: prestás atención a otras cosas, a imágenes, a sonidos, a la forma, también te olvidás de otras o te cuestan mucho más. Debo decir también que creo que se hace abuso del adjetivo poético para calificar cualquier texto narrativo: es muy difícil llegar a lo poético, es muy difícil llegar al poema, no son simplemente palabras que pueden sonar lindas y un poco fuera del lenguaje cotidiano. Tienen que configurar una especie de revelación. Creo que lo que me enseñó la poesía es ese rigor de cada palabra que uso, y también las posibilidades de sonido e imagen para generar esta revelación de la que estoy hablando. Para escribir prosa tuve que salirme netamente del detalle, ver más la película completa, dejar al movimiento actuar. Creo que es importante la trama cuando uno escribe narrativa, que haya una historia más allá de la belleza del lenguaje, que a partir de una acción se genere una emoción.–Es súper interesante el primer cuento en el que el protagonista es un caballo. ¿Cómo se te ocurrió?–Como conté antes, tenía esta libreta con anotaciones y entre ellas tenía el dibujo de un caballo que se llamaba Tincazo que había sido el animal de un amigo y su hermano mellizo. Lo guardé por unos años hasta que la historia “cabalgó sola”. Por otro lado, para mí fue muy importante El sonido y la furia, de Faulkner, en la que la primera parte es la narración desde la cabeza de un chico con discapacidad mental. Esa posibilidad que da la imaginación de meterse en cuerpos que perciben el mundo de otras formas me enloquecía, me parecía magia. Es algo que siempre proyecté al menos intentar cuando escribo y en todos los cuentos del libro hay un juego con las perspectivas desde las que se cuentan.–¿Qué te aportó haber vivido en Tucumán para poder contar estas historias?–Tucumán me dio las voces. Todo el libro de cuentos trabaja en mayor o menor medida con un personaje que habla y cuenta un cuento dentro de la historia. Para mí eso es Tucumán, un lugar donde la gente cuenta constantemente cuentos. Eso no tiene por qué ser necesariamente bueno. También eso me interesaba, las características particulares de las personas que viven en una provincia tan compleja como Tucumán: históricamente muy importante, densamente poblada, con un fuerte componente de mestizaje y pueblos originarios, las influencias andinas, la grave pobreza que hay desde el cierre de los ingenios, etc. etc. Entonces, al mismo tiempo que quería dar cuenta de un espacio a través de las voces, también quería dar cuenta de una temporalidad propia del tucumano dada por lo convulsionado, pero también por lo estático, una especie de resignación optimista.–¿Qué pensás de la figura del “escritor de provincia”?–El escritor de provincia es un “título” impuesto desde Buenos Aires. No es algo que exista en sí mismo. Por ejemplo, no existe la idea de un escritor porteño porque no se les pondría ese título a ellos mismos y porque no existe algo homogéneo que los agrupe más allá del lugar de nacimiento. Pasa igual con el escritor de provincia. Sin embargo, aunque creo que no existe, sí creo que es un título condicionante que ha hecho mucho daño. Tiene que ver con los temas que se espera que trabajes, por ejemplo, “lo rural”, como si toda literatura de provincia fuera campo (que además el campo no es solo la pampa, también existen las montañas, la costa, la selva). Me pasó muchas veces que dijeran que trabajo lo rural y en mi libro de cuentos hay solo tres que transcurren enteramente en las montañas, el resto sucede o en ciudades o en suburbios o incluso en el aeropuerto. Parece que la demanda a la que te tenés que ajustar está sobre el verdadero texto. Eso pone en una posición incómoda a quienes escribimos mirando más allá de Buenos Aires porque nosotros mismos tenemos que usar alguna que otra cosa típica de nuestro lugar por miedo a que nos encierren en el costumbrismo, el pintoresquismo y sus variantes. Me gusta pensar lo folclórico como una herramienta a favor, me encantan los géneros “ancestrales”: la fábula, el mito, el cuento popular y en ese sentido nuestro folclore es riquísimo. También creo que hace unos años el mercado editorial está interesado en voces argentinas que trabajen otros paisajes, es una suerte y también un peligro por momentos.–Hay muchas heroínas muy particulares en tus cuentos que de alguna forma se liberan: la veterinaria, la monja, la señora de 90 años, la chica del último cuento. ¿Cómo trabajaste las historias de estas mujeres? ¿De qué querías que se liberaran?–Este sesgo feminista no fue buscado, me salió así. No distinguí en realidad entre sexos, como tampoco entre personas y animales. Si te ponés a ver, todos los personajes mutan, dejan atrás algo para avanzar. Creo que en los personajes femeninos se nota más la rebelión porque también la conozco más. Me interesa la literatura como un espacio para crear una nueva posibilidad, por eso amo tanto la ficción. Es tan lindo escribir o leer algo que no existe, que no es verdad, algo incomprobable para la IA, me da muchísima tranquilidad. En ese sentido, conozco muy bien los abusos que viven las mujeres, las limitaciones que se les imponen, por eso, sobre todo con la monja, la veterinaria y la anciana, quería proponerles otra salida, ni siquiera positiva totalmente, pero sí diferente. Las tres, además, no son personajes totalmente buenos ni planos, tienen sus particularidades, sus grises, hay cosas que incomodan, pero de eso se trata escribir “feministamente”, salirse de lo que se espera.–Este año cumplió 10 años el Festival Internacional de Literatura de Tucumán. ¿Cómo fue tu crecimiento como gestora y escritora?–La verdad es que me sorprende. Yo era muy chica y no sabía prácticamente nada del mundo del libro en 2015 cuando empezamos el festival. En parte creo que soy escritora porque viví toda mi juventud pensando la literatura con otros, una alegría inmensa de compartir algo que no tenía que ver directamente conmigo sino con la comunidad. También fue difícil porque, aunque siempre escribí, con las publicaciones y sobre todo con el libro de cuentos que fue en una editorial grande siento que me saqué o puse un disfraz, según como lo vean, también yo de escritora. Es lindo, es lo que quiero ser, pero también me incomoda y me da risa. Ahora un poco ya asumí que escribir es lo que más me gusta hacer en la vida y que también gestionar para la comunidad es una forma increíble de vivir la literatura.Sofía de la Vega básicoNació en San Miguel de Tucumán en 1993 y desde que tiene memoria estuvo rodeada de libros.Se graduó en Letras por la Universidad Nacional de Tucumán y es becaria del Conicet, pero además organiza junto a su comunidad la Feria Internacional del Libro en Tucumán, que ya lleva 10 años.De los potrillos nacen ríos, de Sofía de la Vega (Alfaguara).
Sofía de la Vega: “El escritor de provincia es un título impuesto desde Buenos Aires”
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