"Solamente dos naciones, España en Europa y la Argentina en América, están en condiciones de asumir una misión espiritual”. ¡Cuánta agua ha pasado bajo los puentes desde que Juan D. Perón celebraba junto a Francisco Franco las virtudes de la «raza latina»! Hoy, desde España llueven acusaciones de racismo contra Argentina y desde Argentina reacciones indignadas contra España.El racismo es un tema demasiado delicado y complejo como para tratarlo de manera pueril. Pero pueriles son tanto la ofensa —«son los más racistas»— como la defensa —«no somos racistas»—. La primera, porque extiende a todos la acusación dirigida a algunos; la segunda, porque al exculpar a todos absuelve a algunos que no deberían ser exculpados.De racismos está repleto el mundo: étnicos, culturales, biológicos. Hay racistas conscientes e inconscientes. Nadie está a salvo: el racismo tiene una geometría variable, cambia de objetivos según el contexto. En Europa va al paso de las oleadas migratorias: albaneses, marroquíes, nigerianos. Solo hay una cosa que no cambia: los racistas siempre son los demás.Muchos argentinos se han sentido ofendidos. Con razón. Pero he notado mucha autoindulgencia. ¿Cómo puede, he leído en varios lados, haber racismo en un crisol de razas como el nuestro? ¡Sí puede! Los crisoles no nacen por milagros, no se forman sin tensiones. Me temo que se remueva el problema por desconocer la historia, por tomar demasiado al pie de la letra el mito de la fusión armoniosa de etnias, religiones y culturas. En realidad, al igual que en otros países, en la historia argentina ha habido racistas y antirracistas. No se puede ponerlos en el mismo saco.En la época de la «organización nacional», Argentina seguía como todo Occidente el dogma positivista. Y el positivismo postulaba el «racismo científico», la jerarquía de las razas. Para «blanquear» a la población, lo mejor era atraer a migrantes nórdicos. Rica, joven y blanca, aunque menos de lo deseado por sus clases dirigentes, Argentina comenzó entonces a forjar su destino manifiesto: había un continente mestizo que civilizar.El ocaso de la era positivista anunció el amanecer de la era nacionalista; el declive de la ciencia, el resurgimiento de la religión. El racismo cambió entonces de rumbo: los «verdaderos argentinos» eran latinos y católicos. El nacionalismo invocó la hispanidad y la catolicidad, en su nombre reivindicó el primado argentino en el hemisferio. Impulsado por la Iglesia, el antisemitismo ganó terreno y con el golpe de 1943 llegó al poder.No fue un antisemitismo de superficie: dejó una huella profunda y una estela de sangre. «Haga patria, mate a un judío», gritaba Tacuara en los años 60. ¿Cuántos recuerdan a Raúl Alterman, asesinado por judío (y comunista)? ¿Y a Graciela Sirota, torturada por judía? Por eso se me parte el alma cuando escucho a judíos argentinos predicar la islamofobia y teorizar la «inferioridad» de los musulmanes. Conservo sus mensajes, recuerdo sus palabras. Paren, por favor, juzgar las personas por su fe o etnia es racista, nadie lo ha sufrido más que ustedes.Muchos militantes nacionalistas eran peronistas, unos de «derecha» y otros de «izquierda». Racista era la obsesión peronista por la «sinarquía», misteriosa conspiración de banqueros judíos y capitalistas anglosajones. Perón no tenía reparos con los prejuicios raciales: los napolitanos, escribió en 1939, «tanos simiescos y ordinarios», son «una mugre como casi toda la Italia del sur». Una vez en el poder, cerró el centro de inmigrantes de Nápoles en favor del de Génova. El gobierno italiano lo consideró racista.Los brasileños y los chilenos, escribió desde Río de Janeiro, están «un siglo atrás de nosotros». Los primeros por «los negros», los segundos por «los rotos y los indígenas». ¡Se enojó porque “un judío” le habló “mal de los alemanes”! La guerra no le hizo cambiar de opinión: “Brasil es un ‘gigante con pies de barro’”, le dijo a un diplomático en 1953, “poblado por una raza inferior, holgazana e indolente”. ¡Se entiende que los vecinos temieran al imperialismo argentino! Los archivos diplomáticos destilan ira y temor. ¿Por qué sorprenderse de que, setenta años después, Alberto Fernández hiciera descender a los brasileños «de la selva»? ¿Que Javier Milei vaya a São Paulo como un patrón de estancia?El hilo conductor del nacionalismo argentino se extiende a lo largo de los gobiernos militares y resurge hoy en ciertos círculos libertarios; aquellos —véase la Fundación Faro— donde el mito de la «Argentina potencia» se abreva en las raíces judeocristianas de la nacionalidad, donde se recupera el mito de la cristiandad medieval ya cultivado por los nacionalistas de los años 30 y 60. Basta con navegar por sus sitios web, seguir sus redes sociales, sus tics, códigos y lemas. El blanco favorito ha sido la selección francesa de fútbol, «equipo africano»: rencor y racismo. En defensa de Occidente, dicen, amenazado por la «sustitución étnica».¿Defensa de qué Occidente? Desde luego, no del Occidente liberal y democrático. «Défense de l'Occident» fue el título de la revista neofascista más influyente de los años 70, portavoz de una vasta red que unía a los países latinos con las comunidades blancas de las antiguas colonias europeas.Como todos los neofascismos, en América Latina tenía su base en Argentina. Partidarios de una violenta «batalla cultural», así la llamaban, arriaron la bandera aria para invocar la pureza de latinos, eslavos y germánicos amenazada por la «contaminación» de los no cristianos. Así comenzó el viaje de los racismos nacionales a los racismos transnacionales.Los argentinos no son racistas, no más que otros. Y la mayoría no lo es en absoluto. Cualquier acusación indiscriminada es injusta y ofensiva. Pero no conviene responder a una tontería con otra tontería. Quien ignora un problema, no sabrá enfrentarlo.
Sobre el supuesto racismo de los argentinos
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