Si es popular, ¿ya no es buen gusto?

Si es popular, ¿ya no es buen gusto?

NUEVA YORK.— Malas noticias para quienes durante la última década invirtieron en lámparas que parecen de una nave espacial de los años cincuenta: el mid-century modern ha muerto. O, para ser más precisos, está sufriendo algo peor que la desaparición: se volvió cringe.Lo dice The Wall Street Journal, que días atrás publicó un muy comentado artículo, titulado “How Midcentury Modern Design Went From Cool to Cringey” (cómo el diseño de mediados del siglo XX pasó de tener onda a provocar vergüencita ajena). Y culpa a los millennials, que con su entusiasmo desmedido por esta estética contribuyeron a su caída.Porque si tener una silla Eames, un sillón de Florence Knoll, una mesa Tulip de Eero Saarinen —o algo que se les pareciera— demostraba durante las últimas décadas que uno era sofisticado y tenía buen gusto, hoy, aparentemente, revela que uno tiene el mismo gusto que demasiada gente. En una ciudad como Nueva York, donde distinguirse constituye casi una obligación moral, pocas cosas resultan tal golpe al ego como descubrir que el propio living podría confundirse con alguno de esos Airbnb decorados para gustarle a todo el mundo y, por lo tanto, a nadie en particular.El mid-century modern designa el estilo que floreció entre las décadas de 1940 y 1960, con una estética que combinaba funcionalidad y una cierta promesa de futuro. Varias décadas después, volvió a ponerse de moda con la serie Mad Men, de 2007, y para los millennials pasó a ser sinónimo de sensibilidad estética, conocimiento del diseño y un saludable rechazo a los muebles convencionales de su tiempo. En seguida, las grandes cadenas comenzaron a ofrecer versiones accesibles y todo terminó en una fórmula decorativa ultradivulgada.El asunto tiene algo de cruel: una generación compró muebles de otra época —o réplicas de ellos— para diferenciarse de sus contemporáneos y terminó viviendo en casas prácticamente idénticas a las de todos sus amigos. En los célebres términos de Pierre Bourdieu, cuando un estilo asociado con la sofisticación se populariza hasta volverse omnipresente, pierde parte de su capacidad de dar distinción a quienes lo eligen. No necesariamente deja de ser bello, funcional o incluso valioso. Simplemente, deja de comunicar lo mismo.El clásico sillón EamesPompi GutniskyQue esto haya ocurrido, vale aclarar, no es una mera provocación del matutino de negocios de la Gran Manzana. Varias de las revistas de decoración más populares aquí vienen anunciando lo mismo.House Beautiful, por ejemplo, es una de las publicaciones más tradicionales del rubro. Fundada en 1896, es una suerte de Biblia del buen gusto doméstico aspiracional de la clase media y media-alta. Como tantas otras, se rindió durante años a los encantos del mid-century modern. Pero en febrero de 2025 se dio vuelta y tituló que el Midcentury Modern “estaba out”. Y en septiembre de este año redobló la apuesta incluyéndola en “The Worst Design Trends of All Time, According to Designers” (las peores tendencias de decoración de todos los tiempos, según los diseñadores).Eso sí, con una salvedad: no se trataba de desterrar las piezas originales totalmente, sino de evitar los interiores que parecieran salidos enteros del mismo catálogo. Es decir que, para los críticos, una silla Eames todavía puede ser maravillosa. La favorita personal –la lámpara Sputnik de Gino Sarfatti, producida durante los años cincuenta, con brazos metálicos que irradian desde un centro, como un satélite o una explosión espacial– también. Lo que se volvió sospechoso es que esté acompañada por otras veinte piezas que parecen elegidas para hacerle juego. Una pequeña lástima es que las modas más eclécticas que la reemplazan, según las revistas, no parecerían tener demasiada gracia, al menos por ahora. Al final, es una ironía quizá con toque de Bourdieu: cuando todo el mundo aprendió a tener buen gusto, el buen gusto tuvo que cambiar.Por Juana Libedinsky

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