Shock chino, energía cara y menos trabajadores, el diagnóstico europeo que deja lecciones más allá del Viejo Continente

Shock chino, energía cara y menos trabajadores, el diagnóstico europeo que deja lecciones más allá del Viejo Continente

En el recinto de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires (BCBA), frente a la histórica pizarra de cotizaciones, un economista alemán se hizo una pregunta incómoda. ¿Atraviesa Europa los siete años de vacas flacas de la Biblia, a los que seguirán siete de vacas gordas, o se encamina hacia una década perdida?La planteó Hubertus Bardt, asesor senior de la junta directiva del Instituto de la Economía Alemana (IW Köln) y profesor honorario en la Universidad Heinrich Heine de Düsseldorf, en el panel Desafíos para Europa en un nuevo escenario político y económico de la conferencia anual de la Fundación FIEL. Bardt advirtió que muchos de los temas que preocupan al Viejo Continente —la productividad, el comercio global, los sistemas jubilatorios, la inteligencia artificial y el shock chino— son comunes a todos los países.Su diagnóstico no partió de la falta de virtudes. Alemania tiene instituciones estables, Estado de derecho, buena infraestructura, gente calificada y un enorme aparato de investigación y desarrollo. “Hay muchas cosas positivas, pero perdimos competitividad. No somos tan competitivos como fuimos en el pasado ni como deberíamos ser para tener las tasas de crecimiento que necesitamos para resolver nuestros problemas sociales y demográficos”, admitió.Los números del estancamiento son elocuentes. Tras la caída de 3,7% del PBI en 2020 por el Covid, la economía alemana rebotó 3,1% y 1,4% en los dos años siguientes, pero luego encadenó dos años negativos (-0,3% y -0,2%) y en 2025 apenas creció 0,2%. “Si es cero o 0,2%, no hace diferencia. No podemos estar contentos con estas tasas”, señaló. Para 2026 se espera una mejora de 1,3% y para el año próximo, algo más de 1%, pero Bardt aclaró que ese impulso no es sostenible porque se apoya en el gasto público y en una demanda transitoria de bienes de defensa y productos químicos. Hacia 2028, las proyecciones vuelven a 0,4%, en línea con el crecimiento potencial del país, que el envejecimiento de la población mantiene entre 0,4 y 0,5 puntos.Hubertus Bardt, del Instituto de la Economía Alemana, expuso en la conferencia anual de FIEL en la Bolsa de ComercioFabián RamellaEl golpe más visible está en la industria, que no crece desde 2018. Bardt habló de una “desindustrialización en tiempo real”. Tras cuatro años consecutivos de caída, la producción industrial retrocedió entre 17% y 24% según el sector. El shock energético que siguió a la invasión rusa de Ucrania derrumbó la actividad química y de otras industrias electrointensivas, y parte de esa producción —como la de amoníaco, que se mudó a Bélgica, o la de papel— no volverá. “Para un país tan basado en la manufactura y tan abierto como Alemania, es una señal de alerta severa”, advirtió.Bardt enumeró cinco vientos en contra. El primero es la energía. Una pyme industrial alemana paga 16,8 centavos de euro por kilovatio hora, el doble que en Estados Unidos y China. Antes de la guerra, el gas natural en Europa costaba entre dos y tres veces más que en Estados Unidos; hoy, tras el reemplazo de los gasoductos por el GNL, la diferencia es de cinco veces. A eso se suma un precio al carbono de entre 60 y 70 euros por tonelada, cuando entre el 70% y el 80% de las emisiones globales no tiene precio alguno.De consumidor a competidorEl segundo es China. Durante años fue un gran proveedor y un gran comprador de tecnología alemana. En la crisis financiera global, la exportación de BMW Serie 7 y Mercedes Clase S al gigante asiático ayudó a estabilizar la economía alemana. Hoy los consumidores chinos prefieren sus propios vehículos eléctricos, y la participación de las principales marcas alemanas en ese mercado cayó de 6,5% a 5%. China pasó a competir en terceros mercados y en la propia Europa. Una parte responde a mejores productos, pero otra a distorsiones como subsidios muy superiores al promedio de la OCDE y un tipo de cambio que, según algunos analistas, explica la mayor parte de la brecha de costos. El dilema es que China sigue siendo uno de los principales destinos de exportación. “Es difícil encontrar un nuevo proveedor, pero nunca vas a encontrar un mercado comparable al chino”, dijo.La industria automotriz, la más importante de Alemania, sufre el avance de los vehículos eléctricos chinosThomas Niedermueller - Getty Images EuropeEl tercero es demográfico. La fuerza laboral potencial alemana pasará de 55 millones a 51,2 millones de personas hacia mediados de la próxima década, una pérdida de entre 300.000 y 400.000 trabajadores por año, aun contando la inmigración calificada. La edad promedio de los trabajadores era de 44,9 años en 2024. Entre las respuestas en discusión figuran atraer talento del exterior, subir la edad jubilatoria por encima de los 67 años o trabajar más horas. “Nadie aplaude este tipo de reformas”, admitió acerca de las dificultades que tienen estas políticas entre los votantes. La inteligencia artificial, agregó, llega en el momento justo, aunque no resolverá el problema.El cuarto es la burocracia, el principal obstáculo a la inversión en todas las encuestas a empresas. Los costos de cumplimiento suman 64.000 millones de euros anuales y la actividad que se pierde por esa carga, casi 150.000 millones. El quinto es la brecha de inversión, que el informe Draghi estimó en 800.000 millones de euros por año en Europa, casi 5% del PBI, una cifra que supera con creces al Plan Marshall.La respuesta alemana más visible fue fiscal. Con una deuda de 63% del PBI —lejos de los problemas de Francia o Italia—, el gobierno creó un fondo de 500.000 millones de euros para infraestructura a 12 años y flexibilizó el freno de deuda para defensa, que desde 2028 sumará más de 100.000 millones por año en nueva deuda. “No podemos simplemente tirarles plata a los problemas”, advirtió. También se bajan impuestos a la electricidad, se busca reducir 16.000 millones de euros en costos burocráticos y se revisó la carga tributaria a las empresas.En el plano europeo, el desafío es completar el mercado único. Según el FMI, las barreras internas entre países europeos equivalen a un arancel de 44%, frente a 15% entre estados norteamericanos, y en servicios superan el 100%. Bardt cerró con una lección que excede a Europa. “Somos buenos describiendo nuestros problemas, pero la prueba está en la implementación”, dijo. Y destacó que, mientras otras regiones se cierran, Europa apuesta a la apertura, con acuerdos como el del Mercosur, y que sus necesidades de inversión generan oportunidades en ambas direcciones.Para cerrar, Fernando Navajas, economista jefe de FIEL, le dijo en tono irónico: “Nosotros les podemos exportar energía, al Coloso [por Federico Sturzzeneger] y el RIGI, e importar su estabilidad institucional y monetaria”, lo que generó risas del ambiente. Por Sofía Diamante

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