Se entrenaba en un tacho con hielo y cruzó a nado el estrecho de Magallanes

Se entrenaba en un tacho con hielo y cruzó a nado el estrecho de Magallanes

En pleno enero, con 40 grados en Escobar, Lorena Fernández se metía en un tacho de plástico lleno de agua y hielo. Primero aguantaba 5 minutos, después 10, después 15. No podía viajar al Sur para entrenar en aguas frías, así que esa fue su forma de prepararse para cruzar a nado el canal de Beagle, donde el agua alcanza los 4 grados.Detrás de ese esfuerzo hay una historia personal. Su sobrina, que era nadadora y con quien a veces compartía el agua, murió de cáncer a los 13 años. “Me quedó ese legado con respecto a la natación”, cuenta Lorena, que tiene 44 y militó por la Ley de Oncopediatría.Es odontóloga y nunca se consideró nadadora. Su disciplina siempre fue el atletismo de fondo. Hace unos ocho años, una lesión en las rodillas la puso frente a una decisión: dejar de correr o terminar en una cirugía. Bajó la intensidad y empezó a nadar. La pileta le resultó aburrida, así que pasó a ríos y lagunas, con carreras de 5, 10 y hasta 21 kilómetros. Así llegó a la Triple Corona del Fin del Mundo: el canal de Beagle, el estrecho de Magallanes y el Río de la Plata.Tres horas de navegación para nadar una millaEl cruce del Beagle fue en enero de 2025. Tenía una ventana de cuatro días en Ushuaia y el clima recién permitió nadar el último. Salió con la Armada hasta Puerto Almanza y allí pasó a un pesquero, porque las fuerzas argentinas no pueden navegar aguas chilenas. Tras casi tres horas de viaje bajo la lluvia llegó a la isla, del lado chileno, y se tiró al agua rumbo a la costa argentina.Nadó una milla náutica, unos 1.852 metros, en 34 minutos y 17 segundos. “El agua es muy transparente. Nadé con ballenas, con aves, debajo del agua veía las corrientes”, recuerda. De lo que pasó después tiene pocos registros: “La mente se te pone en blanco”.Un año de trámites para cruzar MagallanesPara el estrecho no contrató ninguna organización. El cruce es íntegramente en aguas chilenas y los permisos no llegaban. Con ayuda de un amigo de Ushuaia y del consulado armó el equipo que exigía la Capitanía de Puerto: médico, ambulancia, buzo, asistente, embarcación y un veedor para registrar el tiempo oficial. Le llevó un año.No encontró registros de otra mujer argentina que lo hubiera hecho. “Hablábamos con nadadores chilenos y nos decían que era imposible”, cuenta. La ayuda llegó de Paula, una nadadora y médica de Punta Arenas que lo había cruzado poco antes.El cruce fue en febrero de este año, en la Primera Angostura, donde se juntan las aguas del Atlántico y del Pacífico. Pidió esperar la primera luz del día, pero el margen era corto: a las 8 empieza a pasar la balsa que une el continente con Tierra del Fuego.En línea recta son 5 kilómetros, pero las corrientes la obligaron a nadar 5.070 metros. En un momento quedó atrapada en una y no podía avanzar. El capitán, un baqueano de la zona, le marcaba hacia dónde nadar y de qué lado respirar. Habían calculado más de dos horas. Terminó en una hora y 15 minutos.En mayo de 2027 intentará el cruce de Cancún a Isla Mujeres: 10 kilómetros, el doble que Magallanes, pero en agua caliente. Todavía le queda el Río de la Plata, el tramo más largo de la Triple Corona.Cada nuevo desafío es también una forma de visibilizar el cáncer infantil. “Parece medio un tabú, pero considero que hay que hablarlo, hay que ayudar y hay que acompañar a las familias que tienen que luchar contra esta enfermedad”, concluye.

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