Santiago Caruso parece conocer bien esas casas que aparentan tener algo más que habitaciones, pasillos y ventanas. Casas que, aunque nadie las habita, conservan la capacidad de generar cierta inquietud. En su encuentro con la literatura de Mariana Enriquez, el ilustrador argentino encontró una oportunidad para explorar el terror desde una perspectiva que combina la observación de lugares reales, la experimentación plástica y un desafío crucial: cuánto conviene mostrar cuando las palabras ya han insinuado bastante.El volumen Nunca cruces este umbral, publicado por Anagrama, reúne ilustraciones para tres cuentos de Enriquez: “La casa de Adela”, “Los himnos de las hienas” y “El mirador”. El proyecto nació a partir de un trabajo anterior, cuando la escritora convocó a Caruso para acompañar con imágenes una lectura en voz alta de “La casa de Adela”. Aquella primera experiencia, en la que tenía que seguir visualmente el desarrollo de la narración, fue la semilla de este libro.“Ella me llamó el año pasado para ilustrar ‘La casa de Adela’, para hacer una secuencia de imágenes que acompañara una lectura que hizo en voz alta”, recuerda el artista en contacto con Ñ, mientras está de viaje de trabajo por Monterrey, México. El encargo lo llevó a producir alrededor de 30 dibujos, concebidos casi como una narración secuencial, con algo de historieta, aunque sin la continuidad estricta de las viñetas. La experiencia también implicó un cambio en su lenguaje visual: trabajó con témperas en blanco y negro y luego incorporó el color digital, con estridencias que remiten al cine de los años 60 y, en particular, al italiano Mario Bava.“Es una cosa novedosa para mi laburo”, explica sobre esa combinación de texturas manuales y colores intensos. También lo fue el modo de narrar: en lugar de concentrarse en imágenes aisladas, cargadas de metáforas, tuvo que seguir la acción y acompañar el relato.El azarPero el origen de estas ilustraciones no está solamente en la literatura. También hay una casa real, encontrada casi por azar en una esquina de Villa Itatí, en la provincia de Buenos Aires. Caruso recuerda una construcción de principios del siglo XX, pequeña y algo pomposa, con un patio delantero y aspecto ruinoso. Cuando le tocó imaginar la casa del cuento de Enriquez, volvió mentalmente a aquel lugar. Quiso visitarlo otra vez, pero lo encontró cubierto con una media sombra negra. Terminó recurriendo a fotografías de Google Maps para recuperar su imagen.La anécdota revela una de las búsquedas que atraviesan el proyecto de Enriquez, del que habla en el libro Conversación con la oscuridad: el cruce entre ficción y geografía, entre los espacios que existen y aquellos que la literatura vuelve inquietantes. Lo cotidiano como algo siniestro. Caruso también trabaja en ese umbral.Desde hacía tiempo, el ilustrador venía registrando lugares reales en acuarelas, incluidos paisajes de Quilmes, donde vive, y de Providence, la ciudad donde vivió H. P. Lovecraft. “La relación de la literatura y de la ficción con lugares reales” ya empezaba a ocupar un espacio en su trabajo.En el libro, sin embargo, el desafío consistía en no quitarle al lector el placer de imaginar. “Lo complicado de seguir desde la imagen la línea narrativa representativa es que, en el momento en que objetivás demasiado los personajes, competís con la imaginación, con la autoría imaginativa del lector”, señala. Por eso, varias ilustraciones que había realizado para la lectura original quedaron afuera de la edición impresa. En particular, las representaciones de los chicos que protagonizan.Esa decisión también determina cómo representar la violencia. En “El mirador”, por ejemplo, una escena vinculada con el abuso sufrido por la protagonista durante unas vacaciones se transforma en una imagen simbólica: el paisaje costero y el agua salada invaden una bañadera llena de sangre. La escena no reproduce de manera directa el episodio, sino que lo desplaza hacia una composición donde el dolor, el recuerdo y la pulsión autodestructiva se superponen. “Es como ir acompañando y trabajando más el suspenso que la revelación de las cosas”, resume Caruso.Las ilustraciones buscan abrir zonas de resonancia: mostrar un entorno, sugerir una amenaza, detenerse ante una puerta sin necesidad de explicar qué hay detrás.En su estética confluyen la influencia del simbolismo –una marca importante de su obra– y un renovado interés por el cine fantástico, de terror y extraño, géneros que empezó a explorar con mayor intensidad desde la pandemia. “Creo que algo de esa búsqueda en la imagen más hacia lo cinematográfico, entre documentar algo real y distorsionarlo plásticamente, me parece que es la estética que más se ajusta a representar el mundo de Mariana”, dice.El procedimiento técnico acompaña esa búsqueda. Caruso trabaja sobre papeles negros, dibuja con trazos blancos y construye luces y texturas mediante aguadas, antes de escanear las pinturas y colorearlas digitalmente. El resultado conserva la huella material del dibujo, pero permite una exploración cromática cercana a ciertos procedimientos gráficos del pasado.PC
Santiago Caruso ilustra a Mariana Enriquez: cómo dibujar el terror sin afectar la imaginación del lector
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