Las catacumbas y las frutas, el sol romano, buscarse a sí mismo; hacerlo en el pasado –en un pasado histórico, o extranjero, o ajeno, porque el poeta suele ir tras esas cosas– son los destellos que alumbran la primera parte de este libro, cuya voz lírica avanza como lava espesa sobre recuerdos o visiones de su autor, alternando entre un pasado cercano y personal y otro remoto, donde asoma lo ancestral, poblado de mitos y deidades: “un oficiante aviva un fuego sacro/ y en su luz de bronce tiemblan las figuras de los dioses/Isis y Venus y la estatua de Hermes:/el encendido fuego del templo pompeyano/ y las manos del fuego de los dioses/ tienden la tenue trama de su lumbre/ para que nada se hunda en el vacío/ y Pompeya perdure para siempre”. Jorge Monteleone (Buenos Aires, 1957) señaló, tras publicar este libro, que la forma de estas páginas es también la del poema-relato, de Pavese; puede ser sobre alguien que descubre en un fresco de una catacumba a su madre muerta y la recuerda de un modo nuevo; o sobre una pareja que recorre Venecia: “Llegábamos, de un laberinto de callejas,/ hasta un arco de frescura que da a la Piazzetta,/ como una inminencia combada de sombra,/ una mano fría que se dará la fiebre./ Te detenés ahí y un mundo de luz diurna se acaba”.Al comienzo, Monteleone juega con resonancias dantianas. También dialoga con las Elegías romanas de Goethe, intercalando —en un largo poema titulado Goethe en Roma— versos propios con los del autor alemán. Pero en la segunda parte del volumen, titulada Inmigrantes, el tono cambia. “Mi nona Yolanda caminaba bajo el sol helado/ a la parroquia de Monte Carmelo/ con su saco de lana marrón,/ la peineta que ajustaba su pelo,/ los aritos de perla/ y la cara redonda de mejillas/ tersas como loza blanca./ ‘–¿Por qué tenés tan lisito acá, nona?’/le decía acariciándole la cara. / ‘De tanto llorar, figlio mío, de tanto llorar’”: mira a la península desde otro punto de observación geográfico y etario; ve con ojos de nieto y exalta, por ejemplo, la textura de algo familiar frente a la experiencia áspera –que el chico desconoce– de casi todo desplazamiento.Hay en Poemas italianos una transversalidad: entre lo primordial y lo tardío, entre Europa y América, entre la infancia y la vejez, emergen la identidad, la sangre, lo cotidiano, el ciclo de la vida, su petrificación. Y por último, un deseo tan humano como contradictorio: que en el final cenizo de las cosas “Pompeya perdure para siempre”. Poemas ItalianosJorge MonteleoneFondo de Cultura Económica58 páginas$ 24.000Ideas
Reseña. Poemas italianos, de Jorge Monteleone
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