Reseña. Línea de flotación, de Damián Tabarovsky

Reseña. Línea de flotación, de Damián Tabarovsky

A Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967) le interesa el lenguaje: su materialidad, sus filtraciones y, si es posible, desguazarlo. Desde los primeros tramos de Línea de flotación plantea, por ejemplo, que “todas las palabras significan dos cosas a la vez: las palabras se oponen a ellas mismas, como una lucha grecorromana en la que los luchadores quedan trabados para siempre”. Y esto lo dice casi como advertencia, apenas empieza el relato, cuando su nadador –el protagonista– todavía no dio una sola brazada. En su ficción previa, publicada en 2022 y titulada El momento de la verdad (“una novela de peripecias mentales” según aquella contratapa), su juego destrababa esa lucha en un monólogo eléctrico a partir de “mira” (la del francotirador y a la vez el verbo, en tercera persona). En Línea de flotación el material es otro, pero el recurso el mismo. Acá, todo empieza por “nada”: por quien avanza en el agua, pero también por la sustantiva negación. Más que una lucha grecorromana es una confrontación colectiva y caótica de símbolos en choque: un cortocircuito polisémico. Y densidad rítmica de poesía prosada, experimento, juego: “Distanciado de todo, por lo tanto abierto a todo, pero solo, solo, nada solo, en una especie de guerra contra el agua”. Si se trata de acción, aquí pasa solamente eso: alguien nada. Nada cruzando un gran río. Hacia mitad del recorrido sabemos que es varón: “desde la primera brazada, igual a sí mismo”. Cada tanto, cruzan cosas: una lancha sospechosa, un muñeco de peluche atado con alambre, un barco de carga enorme cuyo perfil parece un Rothko y lleva bandera belga. Y con esa aparición, la omnisciencia tabarovskyana: “¿viajan belgas? Difícil saberlo (…) Antonio Larraín no es belga, es paraguayo. Y ahí está, en la cubierta del barco, fumando bajo un inmenso cartel de ‘prohibido fumar’”. La voz que narra al nadador, piensa, postula, arriesga: “Nada entre los barcos y las mercancías que surcan el agua, como un jeroglífico oculta un secreto que siempre se desplaza. Se desplaza el sentido pero no la ética: la maldad intrínseca de la mercancía”. El monólogo alcanza ramas desconcertantes: “Quien pertenece a la literatura de la comunidad inoperante, integra la comunidad de los que no tienen comunidad”. La voluntad de “hacer tartamudear la lengua” que quería Deleuze, también golpea, como oleaje persistente, en Línea de flotación. Finalmente, aquí la contratapa repite la fórmula del volumen anterior, citada más arriba, pero con su variante: “una novela de peripecias estáticas” anuncia, y es cierto. Termina de sorprender un final donde la rueda kármica hace su guiño. Entre el hallazgo y el trompe-l’œil (“trampa para el ojo” según la traducción literal del francés: una expresión del arte plástico para designar aquello que genera ilusiones ópticas imposibles), Línea de flotación es también un punto de fuga, una perspectiva para nadar en el habla y escuchar el texto con distinta reverberación a la que circula en la superficie.Línea de flotaciónDamián TabarovskyMardulce67 páginas$ 24.000IdeasLibros

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