El ensayo, como diría César Aira, es la pieza literaria que se escribe antes de escribirla, cuando aparece el tema, que en realidad siempre es doble: lo que se busca decir y lo que se termina diciendo. Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948) podría agregar que ensayar supone una manía de escucha, intervención y montaje de lo fragmentario. Crítica del juicio arranca con una renuncia: a mediados de los noventa Quignard abandonó su trabajo en Gallimard y todo oficio ligado al libro –sobre todo institucionales– que exigiera juzgar y elevar el tono, para leer en plenitud, sin ataduras: “La lectura verdadera implica abismarse en lo que está frente a nosotros sin preocuparse por el personaje. [...] Es ya no pesar el pro y el contra. Es ya no distinguir entre lo que deseamos hacer nuestro y lo que creemos rechazar”, escribe.Crear supone traicionar, deslindarse de ser portavoz: ese rasgo se vincula con una preocupación que recorre varios de sus libros, hibridaciones entre etimología, mitología y narraciones personales, como el cordón umbilical o la aprobación materna. El fragmento supone un corte, un desmembrarse de la mirada de otro; ese corte, que implica una inventiva, es un modo de pensar los intervalos o abismos que suspenden la muerte. En las fugas del presente y de la posvergüenza, el juicio es domesticación o vigilancia en nombre de los bien-pensantes. Por eso no es casual la cita a Kant en el título: así como los habitantes de Königsberg sabían la hora según sus caminatas, permanecemos temblorosos ante los desafíos del presente gracias a la musicalidad de Quignard.Crítica del juicioPascal QuignardCanta marestraducción: Melina Balcázar336 páginas$ 33.900IdeasLibros
Reseña. Crítica del juicio, de Pascal Quignard
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