Relaciones de fuerza e intereses compartidos: ¿Qué puede aportar la UE?

Relaciones de fuerza e intereses compartidos: ¿Qué puede aportar la UE?

El sistema institucional multilateral es, ante todo, una superestructura de las relaciones de fuerza que lo sustentan; su éxito depende de la voluntad y capacidad de los líderes de los más poderosos no solo de perseguir sus intereses, sino de ofrecer beneficios a quienes recaigan bajo su hegemonía y, al encontrar pautas de convivencia entre sí, promover algunos bienes públicos universales -en primer lugar, la paz.A lo largo de la Guerra Fría, las políticas de la Unión Soviética y de los Estados Unidos hacia sus aliados estuvieron marcadas por profundos rasgos ideológicos que llevaron a ambos, en algunas ocasiones y de diferentes maneras, a reprimir movimientos democráticos dentro de sus respectivas esferas de influencia y a apoyar dictaduras sanguinarias.Al mismo tiempo, los dos países lograron alcanzar objetivos de interés común: acordaron, entre otras cosas, prohibir la militarización de algunos espacios todavía “vacíos” —principalmente, la alta mar, el espacio ultraterrestre y la Antártida. En estos ámbitos, no apostaron por ganarle al otro, evitando ampliar una carrera armamentista ya muy inestable a raíz de las nuevas armas atómicas. Concretamente, los gobiernos más fuertes se autolimitaron a su antojo, pero, además, con el estímulo y apoyo de otros actores de la arena internacional, supieron brindar cierta estabilidad al entorno internacional.Mientras tanto, se asentaba el principio, mencionado en la carta de las Naciones Unidas y fortalecido en la siguiente Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, de la promoción de los derechos humanos y de las libertades fundamentales como base de “las condiciones de estabilidad y bienestar necesarias para las relaciones pacíficas y amistosas entre las naciones” (art 55).De un lado, este universalismo liberal trataba de responder al llamado socialista a la emancipación prioritaria de los grupos postergados, del otro reconocía el vínculo entre paz internacional y bienestar de los pueblos. Las embestidas fueron notorias, pero allá quedaba un decálogo común a todos países y culturas.Al amparo de estos fundamentos, la ONU llegó progresivamente a aceptar los reclamos de justicia de pueblos que todavía no se habían constituido en estados y, con el tiempo, a reconocer como legítimas sus luchas de liberación, incluso cuando estas recurrían a la fuerza. No fue un proceso fácil; basta con pensar en la trayectoria de Dag Hammarskjöld, secretario de la ONU desde 1953 hasta su muerte en 1961. El avión en el que viajaba al Congo se estrelló misteriosamente en las postrimerías de la dramática descolonización del país, que ya había costado la vida a otro personaje de fuste, Patrice Lumumba, primer líder del país independiente. El Congo era demasiado rico en recursos naturales (cobalto, coltán, oro, diamantes, cobre, estaño, entre otros) para que las compañías que los explotaban bajo la colonia renunciaran a hacerlo. No sorprende, por ello, que el país siga acogiendo una misión de paz de la ONU, luchando por estabilizarse.Lo grave del presente no es el descalabro de dicho sistema, que siempre ha vivido crisis y auges, sino la fragilidad de la estructura de poder detrás de él. Dos son sus causas mayores: el excepcional poder económico y financiero de individuos y sociedades privadas y el enorme poder militar de algunos estados.La primera circunstancia impide al sistema capitalista producir efectos benéficos tanto en lo económico como en lo social y alimenta, así, el surgimiento de regímenes que contravienen el respeto del acervo internacional de derechos humanos y libertades. La segunda promueve el uso de la fuerza por los que creen, equivocadamente, que la superioridad militar brinde una eficacia certera a sus intervenciones.Los pilares del orden internacional resultan así puestos en jaque, así como la legitimidad de los líderes que quieren acabar con ellos: un poder político no se estabiliza con las armas, sino con la probabilidad de encontrar obediencia a su mandato, que disminuye y no aumenta con el uso de la fuerza. Aún más si, como en el caso de Trump, estas medidas no parecen tener coherencia entre sí, más allá de la reiterada presencia de intereses privados atrás de ellas, como apunta detalladamente Anne Applebaum en el último número de The Atlantic.¿Cuál podría ser el papel de la Unión Europea en todo eso? Desde su posición privilegiada de no-estado, la Unión tendría que rechazar abiertamente la visión del mundo de los prepotentes, basada en geopolítica y armas, y buscar construir unas alternativas para garantizar no tanto la autosuficiencia de sus integrantes, cuanto una “resiliencia colectiva”, como bien lo expresó Mark Carney, primer ministro canadiense, al hablar ante el Parlamento Europeo hace algunos días.Experimentado banquero central, Carney, después de recordar lo básico – o sea que “una economía fuerte no es una finalidad en sí misma, sino que significa una sociedad justa”- invitó a apuntar en común al acceso seguro a lo que llamó “capacidades estratégicas”, entre las cuales nombró la IA, los semiconductores, los minerales críticos, las vacunas, las comunicaciones espaciales y los sistemas internacionales de capital financiero, la mayor parte de los cuales tienen hoy la característica de ser dominados por pocos proveedores privados o públicos.Por qué no añadir una prioridad ambiental, premisa básica para disfrutar de dichas capacidades estratégicas; hay, quizás, otras posibilidades de salir del callejón actual. Manos a la obra…

Original Source

Read the full article at Clarin →

KhanList aggregates and links to publicly available news content. We do not host full articles from third-party sources. Always verify important information with original sources.