¡Córrase! La voz no era la del policía motorizado que minutos antes había hecho correr al taxista que no se había dado cuenta de la proximidad de la comitiva presidencial. La orden, en un tono mucho más cordial, provenía de la señora que le arreglaba el velo a la novia y, esta servidora, demorada porque el taxista no conocía la dirección de la iglesia -y parece que el Waze tampoco-, casi se lo pisa corriendo apurada para hallar un asiento antes de que tener que reconstruir la ceremonia cual periodista que llega tarde a la noticia.Parece mentira, pero cuánto enseña un “casorio”. Lástima que la gente se case poco últimamente. Ese tipo de encuentros es la vida misma. En una punta, los parientes más cercanos criticando a los del otro rincón y estos, amuchados, cotorreando sin piedad sobre aquellos hasta que inevitablemente se encuentran frente a la barra de tragos, sueltan una risita falsa o negocian una tregua vaya a saber con qué propósitos. Muy parecido a una sesión del Congreso. Los mozos pierden el contenido de sus bandejas casi tan rápido como despareció la alegría de Bolsonaro después de que Lula pidiera un alargue y se quedara con el ramo de la novia.Ni qué hablar del DJ al mando del equipo de sonido, mezclando y manipulando música como nombres en la interna peronista, que -aunque digan que se proponen cambiar- vuelven a los clásicos de siempre.Hubo un momento para el infarto cuando el padre del novio tomó el micrófono y groseramente le pasó factura al flamante consuegro al que parece que le había hecho perder dinero con una inversión trucha. “Cruzaste un límite”, le respondió a los gritos el acusado. Por suerte, alguien hizo explotar un cañón de confeti y todos nos distrajimos con los papelitos blancos que caían desde el cielo. Y uno haciendo analogías con la llegada del Papa, el Javo y la Pato…Conocer solo a la novia podría desalentar a cualquiera de ir a la fiesta, pero no se imagina, querido lector, el disfrute que depara el hecho de que a uno lo sienten entre gente desconocida, gente que no está todo el día metida entre noticias y a la que la realidad política pareciera pasarle de largo. El fisicoculturista hablando de los logros de sus alumnos y -en voz baja- de los anabólicos; los abuelos olvidando por unas horas que el alcohol no marida bien con los medicamentos; la contadora que cuenta cuentos; el bioquímico que degusta todo sin analizarlo, y el albañil levantando una pared de comida en su plato mientras en la pista decenas de millennials saltan enloquecidos disfrazados de lagartos y osos panda.Son las 2 de la mañana y la noche de primavera pinta más fría que pasillo de lácteos en el supermercado. Salimos al bailecito disimulando la deserción. Llega el taxi. Para nuestro pesar, en medio del cansancio y la necesidad de un poco de silencio, el chofer va contando en voz alta las nuevas concesionarias chinas a lo largo de la avenida como si participara de las ganancias de sus ventas. Fuera zapatos, bienvenido pijama. Y un poquito de tele antes de dormir. Sonamos. Volvimos a la programación habitual.Por Graciela Guadalupe
¿Por qué no?
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