Pensar el desarrollo también es pensar en quienes enseñan

Pensar el desarrollo también es pensar en quienes enseñan

Pocas aristas de la vida social impactan tanto en la construcción de un futuro como la educación. Pero hablar de educación no implica solamente hablar del futuro, también implica tomar una posición mucho más activa en torno a nuestro presente y abordar algunas preguntas que, en ocasiones, nos pueden resultar incómodas. ¿Con qué herramientas cuentan los estudiantes de la Argentina para construir sus proyectos y con qué capacidades contará nuestro país para desarrollarse durante las próximas décadas? Por eso resulta relevante que la educación ocupe un lugar en espacios donde se discuten las grandes decisiones del país. El Coloquio IDEA reúne cada año a empresarios, dirigentes, referentes sociales y actores políticos para pensar los desafíos de la Argentina. Y en ese panorama, se torna determinante que la educación forme parte de la discusión, como condición necesaria para pensar seriamente cualquier idea de desarrollo del país. Pero la educación también atraviesa una crisis de liderazgo: frente a desafíos cada vez más complejos, necesitamos un liderazgo compartido, capaz de involucrar a los distintos sectores de la sociedad y de construir acuerdos que puedan sostenerse en el tiempo. Los desafíos que enfrenta hoy nuestro sistema educativo son demasiado complejos para resolverse con reformas aisladas. El sector empresarial, la dirigencia política y las organizaciones de la sociedad civil tienen un rol preponderante a la hora de construir una agenda en común, acuerdos y políticas de Estado que puedan realmente converger en acciones que cambien la trayectoria de la educación en nuestro país. En esa conversación, hay un actor que ocupa un lugar central y que muchas veces queda reducido: los docentes. Cualquier mejora educativa la vamos a construir con los docentes que tenemos y con aquellos que logremos atraer y retener. Por eso resulta tan necesario discutir cómo formamos, acompañamos, reconocemos y desarrollamos a quienes enseñan. Los datos de uno de los últimos informes de Argentinos por la Educación muestran que la trayectoria profesional docente en la Argentina tiene algunas particularidades que merecen ser revisadas. El 52% de los docentes menores de 25 años trabaja como suplente y la estabilidad llega de manera tardía: recién entre los 40 y 49 años, el 61% alcanza la titularidad. En promedio, transcurren cerca de 15 años entre el primer desempeño frente al aula y la consolidación de la titularidad. Esto no significa que haya que tirar abajo todo el sistema de carrera docente ni que exista una solución única. Argentina no tiene un solo régimen: existen 24 carreras docentes jurisdiccionales, con diferencias en las reglas de ingreso, los sistemas de puntaje y las posibilidades de movilidad y ascenso. Los estatutos, además, han cambiado y continúan cambiando. Por otra parte, las oportunidades de crecimiento profesional sin abandonar el aula son acotadas. La principal vía de ascenso está vinculada al acceso a cargos directivos y de supervisión. Esto supone una paradoja: un docente puede ser excelente enseñando y, sin embargo, encontrar un techo para desarrollar su carrera sin alejarse de aquello que mejor sabe hacer. Sin reconocimiento, la posibilidad de que los mejores docentes estén donde más los necesitamos puede verse limitada. La formación es otra pieza fundamental. En la Argentina, el 97% de los docentes continúa formándose después de recibirse. Y cuando se les pregunta en qué áreas les gustaría capacitarse, aparecen algunas de las principales necesidades del sistema: el 72% señala interés en recibir más formación en alfabetización. Existe, entonces, una demanda de desarrollo profesional que el sistema debería poder aprovechar mejor. Algo similar ocurre con quienes conducen las escuelas. Dirigir una institución educativa exige mucho más que administrar recursos: implica orientar la enseñanza, conducir equipos diversos, acompañar a estudiantes y familias y resolver problemas cotidianos de enorme complejidad. Sin embargo, buena parte de esas capacidades todavía se aprende sobre la marcha. Una formación específica para la conducción, con mayor peso dentro de la carrera docente, podría permitir llegar mejor preparados a esos roles y reducir el desgaste que muchas veces atraviesan los equipos directivos. La cuestión docente tiene, en definitiva, al menos tres dimensiones inseparables: formación, carrera profesional y reconocimiento. No se trata de elegir una por sobre las otras. Se trata de pensar cómo construir una profesión capaz de atraer nuevas generaciones, retener a quienes ya están en las aulas y reconocer a quienes hacen bien su trabajo. La Argentina tiene por delante una discusión educativa que debe ser cada vez más amplia. No puede quedar confinada a especialistas, sindicatos, funcionarios o escuelas. Si queremos pensar la Argentina de los próximos veinte años, necesitamos que esa conversación también llegue a los espacios donde se discuten el desarrollo, la productividad, el trabajo y las oportunidades. Y necesitamos, sobre todo, dejar de pensar la educación como una serie de políticas aisladas para empezar a verla como una construcción colectiva. Los docentes son una parte central de esa construcción y pensar en cómo mejorar su carrera es también pensar en qué escuela queremos para nuestros estudiantes.

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