Pedro, 50 años, fontanero: “Hay trabajo de sobra, hasta el punto de que nosotros hemos tenido que anular hace dos años la luna de miel, porque no podíamos parar”

Pedro, 50 años, fontanero: “Hay trabajo de sobra, hasta el punto de que nosotros hemos tenido que anular hace dos años la luna de miel, porque no podíamos parar”

Una cena puede quedarse en la mesa si entra un aviso urgente. También un rato de juego con la hija puede interrumpirse para salir a reparar una avería. En el negocio de Pedro y su mujer, el teléfono permanece encendido y la jornada no siempre termina cuando se recoge la herramienta.Pedro, fontanero de 50 años, y su esposa, encargada de la tramitación y la organización del trabajo, cuentan en el podcast Sector Oficios cómo han construido una empresa juntos. Se conocieron en una compañía de multiservicios, donde él atendía reparaciones y ella entró como tramitadora. Después decidieron trabajar por su cuenta. Esta es su historia.Un oficio aprendido junto a su padreLa fontanería estuvo presente en la vida de Pedro desde pequeño. “Mi padre y tres de mis tíos eran fontaneros”, dice. Antes de dedicarse profesionalmente al oficio, acompañaba a su padre a montar calentadores o reparar tuberías. Con el tiempo empezó a asumir pequeñas tareas, desde preparar piezas hasta colgar radiadores. Sin embargo, verlo trabajar no era lo mismo que resolver una avería solo. La experiencia de su padre siguió siendo un apoyo cuando aparecían dificultades.Después pasó por la albañilería y por trabajos de construcción de túneles en distintos puntos de España. El nacimiento de su primer hijo y las ausencias que implicaba aquel empleo le hicieron replantearse su trayectoria. “Yo ya quería volver al pueblo y hacer algo que realmente me llenara”, cuenta. En 2007 se estableció por su cuenta como fontanero. Para empezar, recuerda haber recibido una ayuda de 6.000 euros destinada a maquinaria y una furgoneta.De reparar averías a montar una empresaLa crisis inmobiliaria interrumpió aquella primera etapa. Según relata, en 2010 el trabajo escaseó en su pueblo y, en 2015, decidió trasladarse a Madrid. Allí empezó a atender servicios vinculados a compañías aseguradoras a través de empresas de multiservicios. No todas las condiciones fueron buenas. En una de aquellas empresas, asegura, los pagos llegaban tarde. Después cambió de compañía y conoció a quien acabaría siendo su mujer y socia.La coordinación entre ambos les permitió asumir más encargos. “Hemos llegado a hacer quince servicios en un día”, afirma Pedro sobre aquella etapa. Cuando consideraron que ya no podían crecer dentro de la empresa, decidieron montar la suya y ofrecerse directamente a las aseguradoras.“Nosotros nos llevamos menos de la mitad de lo que cobraban ellos”, sostiene al explicar el peso de la intermediación. Su negocio incorporó distintos trabajos para poder atender los servicios de principio a fin.Trabajo durante todo el año, descanso pendiente“Los seguros nos dan trabajo todo el año”, explica su mujer. A esos encargos se suman los clientes particulares, entre ellos personas cuyas reparaciones no están cubiertas por sus pólizas. La continuidad de los avisos tiene una contrapartida. Las urgencias alteran rutas, horarios y planes familiares. Pedro lo resume con una experiencia que afectó directamente a la pareja.“Hay trabajo de sobra, hasta el punto de que nosotros hemos tenido que anular hace dos años la luna de miel, porque no podíamos parar”, cuenta. Durante la conversación también mencionan una etapa de “tres años sin vacaciones, porque es que era imposible, imposible”. Incluso volver al pueblo podía convertirse en una prolongación de la jornada. Es que bastaba con que alguien reconociera la furgoneta para preguntarle por una caldera, un grifo o un calentador averiado. “Es un mal bueno, pero también queremos descansar”, reconoce.La parte del negocio que no se veMientras Pedro se desplaza a las viviendas, su esposa gestiona llamadas, citas, facturas y documentación. También organiza las rutas y reclama pagos pendientes. Su trabajo permite que las reparaciones tengan detrás una estructura administrativa. “Porque los dos estamos empujando en la misma dirección. Ella hace una parte, yo hago la otra”, explica él.Pedro insiste en que la visibilidad del profesional que entra en una casa no refleja todo el esfuerzo necesario para mantener el negocio. “En mi caso, se me ve a mí, pero a ella no se la ve”, señala. Y cuenta que algunas noches llega a casa y ella sigue delante del ordenador, cerrando partes o dando citas. La dificultad para desconectar también aparece cuando viaja sin él. “Me he ido de vacaciones una semana con mi hija y me he ido con mi ordenador”, admite ella.Aprender el oficio y sostener el negocioPedro anima a los jóvenes a acercarse a la profesión, pero su relato también muestra que trabajar bien exige aprendizaje, experiencia y organización. Una reparación puede complicarse por la falta de espacio, el estado de las tuberías o las dificultades para cortar el agua. “Empieza sin miedo, que lo que necesitamos es que aprendáis, porque nosotros no vamos a estar toda la vida”, advierte. A continuación, reconoce el desgaste acumulado: “Y yo ya tengo 50 años y me encuentro cansado”.La pareja defiende un trabajo que les ha permitido construir un proyecto común. Su siguiente reto también pasa por encontrar hueco para la vida que queda fuera de los avisos. Entre rutas, llamadas y facturas, aquella luna de miel aplazada refleja lo difícil que resulta atender a los demás y reservar tiempo para el descanso propio.Christian Jiménez, La VanguardiaEp.75 FONTANERÍA | ¿Cuánto gana realmente un fontanero? ¿Hay tanto trabajo?

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