LA NACIONOpiniónCada vez más chicos dicen que no quieren estudiar porque quieren ser YouTubers, influencers o futbolistas. El problema no es el sueño. El problema empieza cuando ese sueño viene acompañado de una conclusión peligrosa: “Entonces, no me sirve ir a la escuela”. Durante años, los adultos nos referíamos a la escuela con una promesa bastante lineal: estudiá, recibite y vas a conseguir un buen trabajo. Pero los chicos miran el mundo y ven otra cosa. Ven jóvenes que ganan fortunas en redes, deportistas que alcanzaron el éxito muy temprano y personas que construyeron carreras por caminos que no pasan por un título secundario o universitario. Desde esa mirada, la conclusión no es absurda. El error sería responderles con argumentos de otro siglo. Tal vez tengamos que volver a explicar para qué sirve ir a la escuela. La escuela no sirve solamente para conseguir trabajo. Sirve para aprender a pensar, comprender lo que leemos, expresarnos, detectar un engaño, interpretar un contrato, tomar decisiones y aprender algo nuevo cuando el mundo cambia. Hasta un YouTuber exitoso necesita comunicar, escribir, negociar, entender métricas, contratos, derechos e impuestos. Un futbolista necesita comprender qué firma, administrar ingresos, manejar idiomas para desenvolverse en el exterior, relacionarse con representantes y medios y prepararse para una carrera que puede ser breve e incierta. Las cifras lo confirman: de todos los chicos que pasan por las divisiones inferiores de un club, apenas un puñado llega a debutar en primera, y el jugador profesional promedio se retira antes de cumplir los 35 años, con toda una vida por delante y, muchas veces, sin las herramientas para reinventarse. Cuantas más herramientas tiene una persona, menos depende de que otro piense y decida por ella. Pero hay algo todavía más importante. La escuela es uno de los grandes laboratorios sociales de la infancia y la adolescencia. Allí los chicos aprenden algo que ningún tutorial puede enseñarles del todo: a convivir con personas que no eligieron. Aprenden a esperar, escuchar, pedir ayuda, tolerar una frustración, resolver conflictos, trabajar con alguien que piensa distinto, defender una idea sin destruir al otro, reparar un vínculo, hacer amigos y sentirse parte. Y también está el esfuerzo. Los chicos están expuestos permanentemente al resultado terminado. Ven al futbolista levantando la copa, al creador con millones de seguidores, al influencer viajando. Lo que casi nunca ven son las miles de horas anteriores, los rechazos, las lesiones, los videos que nadie miró, los intentos que salieron mal. Cuidado, porque están viendo muchísimo éxito pero muy poco proceso. La escuela también debería entrenar eso: sostener una tarea aunque no entretenga, postergar una gratificación, equivocarse, volver a intentar y descubrir que no todo lo valioso produce satisfacción inmediata. ¿Y qué hacemos, entonces? Primero, no ridiculizar el sueño. Si un chico dice que quiere ser futbolista o YouTuber, responder “eso no es un trabajo” probablemente cierre la conversación. No necesitamos pincharles el sueño. Necesitamos agregarle realidad. ¿Querés ser futbolista? Entrená, preparate y estudiá. ¿Querés vivir de YouTube? Fantástico. Aprendé comunicación, tecnología, economía, inglés, marketing. Soñar y prepararse no son opuestos. Pero hay otro punto que a los adultos a veces nos cuesta sostener: escuchar a nuestros hijos no significa delegarles decisiones que todavía nos corresponden. Un chico puede decir “no quiero ir a la escuela”. Claro que hay que escucharlo. Hay que averiguar si está aburrido, angustiado, si le cuesta aprender o si tiene un problema con sus compañeros o docentes. Pero escuchar no es lo mismo que obedecer. Los chicos tienen voz. Los adultos tenemos responsabilidad. No todo se negocia. La autoridad adulta no consiste en imponer arbitrariamente. Consiste en cuidar, sostener, poner límites y explicar para qué- y en recordar que no sabemos si ese chico llegará a jugar en primera, tendrá diez millones de seguidores o descubrirá dentro de cinco años una vocación que hoy ni siquiera imagina. Por eso educar no es elegirle el sueño a un hijo. Es ampliar sus posibilidades. Que quiera ser YouTuber o futbolista no debería preocuparnos. Que crea que puede construir una vida sin aprender, sin esforzarse, sin convivir con otros y sin tolerar frustraciones, sí. Y si bien la educación no garantiza el éxito, amplía algo bastante más importante: el margen de libertad para elegir qué hacer con la propia vida. La próxima vez que tu hijo o un alumno te diga que quiere ser YouTuber o futbolista, no le apagues el sueño: agregale una pregunta. “¿Y qué vas a necesitar saber para lograrlo?” Esa pregunta, más que cualquier discurso, es la que los va a llevar de vuelta al aula. Magíster en Ciencias de la Educación
¿Para qué estudiar si quiero ser YouTuber o futbolista?
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