Te apasiona un libro y lees la biografía de su autor o autora para comprobar a qué edad lo ha escrito; quieres calcular si todavía estás a tiempo de alcanzar un éxito como ese. Te encantaría empezar a pintar y analizas los currículums de tus artistas favoritos para ver si, a tu edad, tú todavía podrías hacer algo tan significativo como ellos. Son ejemplos de un lugar común del pensamiento humano: ¿Estoy a tiempo de hacerlo, yo también?Vemos la juventud y la primera madurez como el gran momento de florecimiento, pero la realidad —y la psicología— explican que esto es solo un mito.Morgan Freeman no consiguió convertirse en una superestrella de Hollywood hasta los 52 años, gracias a sus papeles en películas como El reportero de la calle 42 o Conduciendo a Miss Daisy. La actriz María Galiana dedicó la mayor parte de su vida a la enseñanza como profesora de instituto y saltó a la fama en el cine tras cumplir los 60 años, sobre todo con la serie Cuéntame cómo pasó de la televisión española.El mismísimo Miguel de Cervantes pasó la mayor parte de su vida en el anonimato, trabajando como militar y recaudador de impuestos, e incluso sufriendo cautiverio, y no publicó la primera parte de El Quijote de la Mancha hasta que tuvo 57 años.Son célebres late bloomers, un término anglosajón, sin equivalencia precisa en español (algo así como “florecedores tardíos”) que se refiere a las personas que experimentan su máximo desarrollo personal o profesional, o bien el éxito, más tarde de lo que es habitual, incluso en una madurez avanzada, o directamente en la vejez."Desde entonces nunca he vuelto a experimentar esa sensación de los domingos por la tarde"“Todas y cada una de las personas que habitamos en este planeta formamos parte de la naturaleza, aunque a menudo vivamos de espaldas a ella. En consecuencia, no tenemos por qué encajar en los encorsetados cánones que dictan que solo es posible florecer en la juventud”, explica Josefina Llargués, psicopedagoga, especialista en longevidad y bienestar y autora del libro El arte de envejecer con sentido, que se acaba de publicar.Llargués se considera a sí misma una late bloomer. Tras estudiar Relaciones Públicas y un máster en Administración de Empresas, trabajó en una multinacional norteamericana, donde ocupaba un cargo intermedio.A los 30 años, de repente, a raíz de algunos acontecimientos familiares, cambió su vida de rumbo. Volvió a la universidad, pasó por una etapa complicada, pero tras completar varios grados y posgrados, se dedicó por completo a la salud, y se siente plena.Ha publicado una docena de libros, da conferencias y vive de su pasión por los hábitos saludables. “Desde entonces nunca he vuelto a experimentar esa sensación de los domingos por la tarde, cuando el fin de semana toca a su fin, ni he sentido el malestar de regresar al trabajo al finalizar las vacaciones”."La madurez no es necesariamente una fase de declive, sino de reorganización"La clave para entender a los late bloomers, según Juan G. Castilla Rilo, psicólogo, divulgador del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid y especialista en Gerontología Social, es “dejar de verlos como “personas que llegan tarde”; ya que ni llegan tarde ni “florecen” tarde: florecen cuando tienen que florecer, cuando están mejor preparados y las circunstancias vitales acompañan.No son milagros ni excepciones. Castilla Rilo le explica a La Vanguardia que “la madurez no es necesariamente una fase de declive, sino de reorganización, que a veces abre ventanas creativas que antes no existían”.Es algo parecido a lo que le pasó a Ana, paciente de Josefina Llargués. Cuando llegó a consulta tenía 57 años y se estaba separando. Además, su hija se había marchado a vivir al extranjero. Su vida parecía desmoronarse. Tras un proceso de reflexión, decidió dedicar tiempo a una pasión que no había tenido tiempo de investigar: la de escribir.Así, empezó a asistir a un taller de escritura narrativa. Tres años después, publicó su primera novela.No es un caso aislado, como explica la sección de Longevity de La Vanguardia, "Después de los 60": cada semana alguien de más de 60 años explica una vivencia regeneradora y de expansión, en esta etapa de la madurez.Ocurre en la vida de muchas personas, y es que, como explica Castilla Rilo, “a partir de los 40–50 años, la vida deja de estar dominada por urgencias externas (formación, carrera profesional, trabajo inicial, dinero, crianza, demostrar valía) y no persigues encontrar tu sitio en el mundo porque ya lo encontraste".Y suma: "Esto libera espacio mental para preguntarse: '¿Qué quiero yo, realmente?', '¿Qué es lo que realmente me gusta'”. Sin duda, “ese cambio de foco permite que emerjan intereses que antes estaban sepultados por la supervivencia cotidiana”.¿Este despertar en la madurez, depende de la persona o de las oportunidades y el azar? Según los especialistas, se trata de un cruce de factores. Para Castilla Rilo es una mezcla de autoconocimiento, libertad psicológica y condiciones externas que por fin lo permiten. “Creo más en la fuerza del ser humano que puede buscar y 'forzar' las oportunidades que en el peso del azar o la suerte. Nunca es tarde para florecer en el área que uno quiera o le guste”, apunta.La importancia de la transición de la jubilaciónJavier Yanguas, doctor en Psicología Biológica y de la Salud por la Universidad Autónoma de Madrid, cree, sobre si el florecer maduro depende del propio carácter o de la suerte y las oportunidades, que hay una parte que es intrínsecamente personal, humana, intrasujeto, que tiene que ver con las necesidades que tenemos cada uno de desarrollo personal.Pero para él, “también tiene que ver con nuestra relación con la finitud. Cuando llegamos a la última etapa de la vida, se percibe con más claridad que nuestro tiempo es limitado, y eso nos hace darnos cierta urgencia a la hora de buscar aquello que no hemos conseguido hacer, como que fuera la última oportunidad”.Según este psicólogo, el hecho de llegar a la plenitud o éxito en etapas más tardías también “está relacionado con la sociedad o con la geografía concreta donde el individuo hace su vida, por el ambiente o por lo que se valora en nuestra comunidad”.Para Yanguas, además, hay una transición, que a veces no valoramos lo suficiente, que es la jubilación.“Hannah Arendt -filósofa, historiadora y socióloga- decía en uno de sus libros que cuando el trabajo pierde su efecto troncal, esa especie de columna vertebral que tenemos en nuestra vida, entonces tenemos que rellenar de alguna forma el hueco que deja el trabajo, que estructura nuestra vida cotidiana, las relaciones, la información que tenemos”, explica.Para este especialista, que también es director científico del programa de Personas Mayores de la Fundación laCaixa, “muchas de estas cuestiones que aparecen en la madurez relacionadas con la necesidad de descubrir, de desarrollar talentos, vocaciones o tener proyectos, tienen que ver con la manera en la que afrontamos esa transición que es la jubilación y la necesidad que tenemos no solo de vivir, sino de poner contenido en nuestra vida y ponerle dirección, ponerle un norte, ponerle un sentido”.Un estudio científicoAlgunos estudios científicos avalan también la teoría sobre los late bloomers. Uno de ellos, reciente -de 2025-, publicado en Intelligence, combinó resultados sobre capacidades cognitivas, personalidad y otras dimensiones psicológicas para estimar cómo evoluciona su conjunto a lo largo de la vida.El resultado fue que los seres humanos alcanzan su máximo potencial en la mediana edad. Gilles E. Gignac, investigador de la Universidad de Western Australia, y Marcin Zajenkowski, de la Universidad de Varsovia (Polonia), situaron el punto más alto de ese índice entre los 55 y los 60 años.Esto, por supuesto, no significa que exista una edad ideal para todo el mundo. Más que imponer un nuevo calendario para triunfar, el trabajo permite una lectura menos rígida de la madurez: algunas fortalezas pueden desarrollarse mientras otras disminuyen. Y ello implica, obviamente, que florecer tardíamente puede ser muy lógico e, incluso, muy natural.Rosanna Carceller, La Vanguardia
"No tenemos por qué encajar en los encorsetados cánones que dictan que solo es posible florecer en la juventud": los "late bloomers" reivindican que el mejor momento puede llegar en la madurez
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