El joven y hermoso James Brandok se quiere matar. Le sobra cuanto muchos anhelan, pero sufre de esa tristeza extrema baudeleriana en la que todo es aburrimiento y melancolía. Y un día, con el “cielo bajo y pesado como una tapa”, llegó a casa del doctor Toby Holker y, en vez de lanzarse desde una azotea, decidió acompañar a su sabio amigo en una hibernación artificial de cien años, de 1903 a 2003.Al despertar, gracias a la poderosa Flor de la Resurrección (extraída de la tumba de una sacerdotisa egipcia), se hallan ante un mundo de maravillas: máquinas voladoras, servicios de noticias y de correos por un sistema tubular universal, uso masivo de la electricidad y unos raros elefantes robots gigantes que hacían de aseo urbano: la trompa funcionaba como una larga manguera capaz de alcanzar los rincones más complicados y succionar toda clase de basura.Estos barrenderos de acero causaron especial admiración en Holker y Brandok. En realidad, se asombraban por todo. Vivir en este estado de sorpresa permanente pausó el abstracto spleen del abatido Brandok. Esta curiosa novela, Las maravillas del 2000 (1907), también es una advertencia: el exceso de estímulos puede conducir a la apatía y la locura. Así lo vislumbraba su autor, Emilio Salgari, más acostumbrado al bamboleo de un bergantín de dos mástiles que a un tren de aire comprimido.Casi dos décadas antes que el romance futurista salgariano, La jornada de un periodista americano en 2889, relato publicado en 1889 que unos atribuyen a Michel Verne y otros a su padre, la tecnología de anticipación nos pasea desde la invención del termostato y los aerocoches hasta los fototelegramas que se intercambian a diario con Mercurio, Venus y Marte.Pero comparar la imaginación técnica de Verne con la de Salgari es injusto. Lo importante es que ambos recurren al futurismo decimonónico, movidos por la misma razón: el hastío que podría producir el exceso de estímulos; es decir, perder la capacidad de asombro. Esto sí sería una fatalidad apocalíptica, en cualquier época, como una vez advirtió el señor G. K. Chesterton. En La jornada, dice Verne que los hombres del siglo XXIX viven indiferentes y cansados en medio de la hechicería que es el progreso técnico.Seguramente, nuestros recuerdos más felices son aquellos instantes en que algo nos maravilló. Sería una tarde de 1983, cuando mi padre me llevó hasta su flamante Malibú Classic, abrió el maletero con ademanes de prestidigitador y se hizo a un lado para mostrar el gran final de su número circense: dentro había un Betamax Sony SL 5000.Me llevé las manos a la cabeza, tan deslumbrado como Aureliano Buendía, cuando su padre dio el pago extra de cinco reales para que pudiera tocar aquel enorme diamante que llamaban hielo; o como los macondianos, cuando vieron, boquiabiertos, a Melquiades quitarse y engastarse los dientes para arrugarse y desarrugarse en un acto de brujería gitana.Mi padre sacó aquella magnífica máquina de su caja y la conectó a un Sony Trinitron contrabandeado desde Riohacha. Luego vino la magia absoluta: introdujo la misteriosa videocasete y lo primero que miramos, no menos fascinados o embrujados, fue la inolvidable película de John Milius, Conan el Bárbaro, con un frondoso Arnold Schwarzenegger, que no perdería de vista en adelante. Parafraseando a Baudelaire, diría que el asombro es la infancia recuperada a voluntad. Cierta forma de felicidad.
No perder la capacidad de asombro
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