Mercosur: ¿Celebración o enfrentamiento?

Mercosur: ¿Celebración o enfrentamiento?

LA NACIONOpiniónEl acuerdo iniciado por la Argentina y Brasil en 1986 no fue solamente una estrategia comercial. Fue la construcción de un sistema regional destinado a contener las rivalidades políticas, proteger intereses económicos permanentes y evitar que las diferencias entre gobiernos pusieran en riesgo la relación entre los países. La actual tensión diplomática demuestra por qué esa arquitectura continúa siendo hoy más que nunca necesaria.El 29 de julio de 1986, Raúl Alfonsín y José Sarney firmaron el Acta para la Integración Argentino-Brasileña, considerada uno de los antecedentes fundamentales del Mercosur. La creación formal del bloque llegaría en 1991, con el Tratado de Asunción y la incorporación de Paraguay y Uruguay. Sin embargo, aquella primera decisión ya contenía la idea central del acuerdo: transformar una relación históricamente competitiva en una asociación sostenida por instituciones, intereses económicos compartidos y reglas comunes.El Mercosur no surgió porque los países hubieran eliminado sus diferencias ni para sustituir aquello que debería marcar lo que nosotros hace décadas abandonamos: priorizar los objetivos del desarrollo e la integración nacional. Los acuerdos, nacieron precisamente porque las diferencias existían y era necesario encontrar una manera de administrarlas. Argentina y Brasil comprendieron que su desarrollo económico, su estabilidad democrática y su capacidad de negociación internacional dependían, en buena medida, de la cooperación con sus vecinos.La integración regional así concebida, no como sustituta del desarrollo propio de cada país, permite ampliar mercados, coordinar políticas productivas, facilitar el comercio y desarrollar cadenas industriales que atraviesan las fronteras. También aumenta el peso de los países sudamericanos frente a grandes potencias y bloques económicos. Una nación que negocia de manera aislada posee menos capacidad para defender sus intereses que una región que articula posiciones comunes.Pero los acuerdos de integración cumplen además una función política. Crea mecanismos para que los vínculos entre los Estados no queden sometidos completamente al temperamento, la ideología o las necesidades electorales de los presidentes de turno. Los gobiernos cambian; la geografía, el comercio, la infraestructura compartida y la interdependencia entre las sociedades permanecen.Esa función adquiere especial relevancia ante la actual tensión entre Argentina y Brasil. Durante la reciente visita a San Pablo, tuve una especial repercusión pública la participación del presidente Javier Milei de un acto político en apoyo a Flavio Bolsonaro, donde lanzó fuertes agravios contra Luiz Inácio Lula da Silva y contra un integrante del Supremo Tribunal Federal brasileño. El gobierno de Brasil respondió llamando a consulta a su embajador en Buenos Aires y convocando al representante argentino en Brasilia para expresar su rechazo.El conflicto excede una discusión personal o ideológica. Brasil es el principal socio comercial de la Argentina y el destino más importante para buena parte de sus exportaciones industriales. El intercambio bilateral ronda los 30.000 millones de dólares anuales y sostiene actividades vinculadas con la industria automotriz, la maquinaria, los productos químicos, los alimentos y numerosos proveedores de ambos países.En ese contexto, la participación de un presidente extranjero en la campaña electoral de un país vecino y la utilización del agravio como herramienta diplomática introducen un elemento de inestabilidad. Las relaciones exteriores comienzan a confundirse con las afinidades partidarias: los gobiernos son tratados como aliados o enemigos según su orientación ideológica, aunque las economías y las sociedades necesiten continuar vinculadas.La integración pactada entre los socios del Mercosur propone el criterio contrario. No exige que los presidentes compartan ideas, sino que reconozcan intereses nacionales que están por encima de ellos. Un gobierno argentino puede cuestionar las políticas de una administración brasileña, y viceversa, sin convertir la relación bilateral en una extensión de sus disputas internas. El respeto institucional no implica silencio ni coincidencia: establece un límite para que la confrontación política no perjudique el comercio, las inversiones, la producción y la cooperación regional.El Mercosur tampoco debe ser entendido como una estructura intocable. El bloque necesita modernizar sus mecanismos, reducir barreras internas, mejorar su infraestructura y responder con mayor rapidez a las transformaciones económicas globales. Pero su actualización no requiere abandonar el espíritu asociativo entre los países, sino hacerlo más profundo y efectivo.En un escenario internacional dominado por grandes bloques, disputas comerciales y rivalidades geopolíticas, la fragmentación debilita a Sudamérica. Argentina y Brasil pueden tener gobiernos ideológicamente opuestos, pero continúan compartiendo fronteras, recursos, industrias, redes energéticas y mercados. Ningún acercamiento circunstancial con una potencia externa reemplaza esa realidad.A cuarenta años del acta de 1986, el valor del Mercosur no reside solamente en recordar a quienes lo impulsaron. Su importancia está en demostrar que una región necesita instituciones capaces de sobrevivir a sus dirigentes. Cuando la diplomacia se convierte en confrontación personal, el regionalismo funciona como una protección: recuerda que las diferencias entre presidentes son temporales mientras que los intereses de las sociedades que representan son permanentes.Por Osvaldo Cornide

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