"Me casé por amor y me reía de mis amigos que se casaron por dinero; a los 52 años, ya no me río"

"Me casé por amor y me reía de mis amigos que se casaron por dinero; a los 52 años, ya no me río"

Durante sus veintitantos años estaba convencida de que había una forma correcta de elegir pareja. Mientras algunas amigas priorizaban la estabilidad económica, ella apostaba por las relaciones apasionadas y estaba segura de que el amor podía superar cualquier dificultad.Con esa certeza llegó a casarse y durante mucho tiempo creyó haber tomado la mejor decisión. Incluso solía bromear con una amiga que, según ella, había privilegiado la seguridad financiera antes que el romance.Con el tiempo, esa mirada cambió por completo. "Me casé por amor y me reía de mis amigos que se casaron por dinero; a los 52 años, ya no me río", resume hoy al revisar su propia historia.Durante años pensó que esa diferencia respondía simplemente a distintas maneras de entender el amor. Sin embargo, la experiencia la llevó a reconocer que había subestimado cuestiones prácticas que también resultan fundamentales cuando dos personas deciden construir un proyecto de vida en común.Cuando el amor no alcanza para resolverlo todoSu matrimonio terminó a los 41 años. Aunque recuerda esa etapa con cariño, reconoce que durante gran parte de la relación convivieron con dificultades económicas que terminaron afectando la convivencia.Facturas, gastos inesperados y discusiones por dinero comenzaron a ocupar un lugar cada vez más importante. Con el tiempo comprendió que el enamoramiento no eliminaba esas tensiones, sino que muchas veces apenas lograba postergarlas.Diversas investigaciones sobre satisfacción matrimonial señalan que los conflictos financieros figuran entre los principales predictores de divorcio, incluso por encima de otros problemas habitualmente asociados a las separaciones.Lo que antes interpretaba como resignaciónAños después volvió a mirar la vida de aquella amiga a la que había juzgado. Descubrió un matrimonio estable, con objetivos compartidos y una relación mucho más sólida de lo que había imaginado.Entonces entendió que elegir una pareja con una forma similar de administrar el dinero o de proyectar el futuro no significaba casarse por interés, sino prestar atención a un aspecto fundamental de la convivencia.Especialistas sostienen que las parejas con valores financieros compatibles suelen reportar mayores niveles de satisfacción a largo plazo, ya que reducen buena parte de los conflictos cotidianos.Una mirada distinta sobre las relacionesHoy asegura que ya no enfrenta el amor y la estabilidad como si fueran opciones opuestas. Cree que ambas dimensiones pueden convivir y que ignorar cualquiera de ellas puede traer consecuencias con el paso del tiempo.También admite que muchas de sus convicciones respondían más a ideales románticos que a una reflexión sobre lo que implica construir una vida en común.A los 52 años no reniega del amor ni de su matrimonio, pero sí reconoce que, si pudiera volver atrás, prestaría tanta atención a la compatibilidad práctica como a la intensidad de los sentimientos. Porque, concluye, una relación duradera necesita mucho más que pasión para sostenerse.Hoy asegura que no volvería a burlarse de quienes priorizan la estabilidad junto con el afecto. Para ella, las relaciones más sólidas son aquellas que logran combinar el cariño, la confianza y un proyecto compartido capaz de afrontar los desafíos cotidianos. Esa es la lección que, reconoce, solo pudo comprender después de vivirla.

Original Source

Read the full article at Clarin →

KhanList aggregates and links to publicly available news content. We do not host full articles from third-party sources. Always verify important information with original sources.