Manual de instrucciones para darle cuerda a Buster Keaton

Manual de instrucciones para darle cuerda a Buster Keaton

Cualquiera que estos días entre a una librería argentina imaginará que este objeto fue lanzado desde un globo aerostático no identificado, aterrizando ileso, sin embargo, en la mesa de novedades. Un libro sobre un astro del cine mudo: inesperado, milagrosamente descolgado, sin razón de ser, como tantos episodios, reacciones y comportamientos del sujeto que lo protagoniza, el director y actor Buster Keaton, una de las figuras más inspiradas e imborrables de todo el cine. Es apropiado que lo inexplicable -coto de caza de Keaton- siga gravitando sobre lo que satelita a su alrededor, y el celebrable anacronismo se resuelve en segundos: muchos de sus films, cortometrajes y largometrajes, están disponibles en YouTube.No hay manera de detener y encerrar a Buster Keaton en un calabozo crítico, pero Fernando Martín Peña, en blanco y negro, logra hacerle unas cuantas zancadillas y repetidas veces da en el centro de uno de los blancos móviles más esquivos de la historia del cine. Acerca de pocos temas es más grato (e instructivo) leer que sobre Buster Keaton y Peña lo hace con soltura y precisión, entrando en velocidad enseguida, igual que Keaton, y no hay un solo párrafo tedioso en las doscientas páginas de su ensayo, catálogo razonado, sí, de un fanático que sabe pensar, sabe contar imágenes y sabe decir "los críticos también aman". (A veces, en los agradecimientos y las dedicatorias puede adivinarse qué clase de persona escribió el libro que el lector tiene entre manos). Un manual ilustrado, entonces, y la crónica de una pasión de casi medio siglo, cuyo telón cae, inmejorablemente, con una entrevista a Eleanor, la viuda de Keaton.Ya Keaton era el director o actor con más menciones en Diario de la filmoteca, libro originalísimo de Fernando Martín Peña que procura una perspectiva del cine desde un ángulo inédito -que mucho tiene que ver con escenas o películas que han permanecido ocultas o truncas y con rescates detectivescos- y donde la disparidad de su gusto -lo alto y lo bajo intercambian lugares con la facilidad de un juego de niños- lo vuelve a este más genuino. Mediante un tono oral, de "prosa conversada", como querían Mansilla y Groussac (contemporáneos de Keaton por unos cuantos años), Diario de la filmoteca es también un repaso descentrado del siglo XX y una reseña subterránea de cien años de la Argentina, puntuada por coleccionistas y carambolas extravagantes.Pero volvamos a Buster Keaton antes de descarrilar el rumbo. En sus películas, Keaton está tan mudo y permanece tan impasible en medio de una actividad frenética que hace creer que ante él es posible pensarlo todo. Los flechazos de Fernando Martín Peña nunca están alejados del centro mientras Keaton enseña, en un mundo que lo exige cada día más, las virtudes de lo imperturbable. (Su divisa parece ser “serenidad, ingenio y estoicismo” y el punto y ruego de su obra acaso sea que el mundo no pueda lastimarte). A veces el espectador puede llegar a especular que esa cara blanqueada de mimo arrepentido, ese carapálida de boca cerrada y ojos bien abiertos, es intocable porque es un fantasma (que regresa con la misión impagable de ejecutar un par de travesuras). Keaton nació listo, con máscara de estar esperando el próximo viento, el siguiente vendaval, y un candor de suma astucia para la coincidencia geométrica milimetrada. (A la casualidad, Keaton director la planea y Keaton actor la vive y sufre y supera)."A los 62 años, Keaton se movía aún con asombrosa velocidad y precisión, valiéndose de su veteranía para imponerse ante la cámara sin forzar nunca la puesta en escena", escribe Peña en uno de sus incontables comentarios puntuales y naturales (las poses quedan del lado de Keaton, que algo entendía de puesta en escena). La intrepidez de Peña no le va a la zaga a Keaton y no deja cabos sueltos en la trama; tiene su momento, por ejemplo, la colaboración entre Keaton y Samuel Beckett en el hipnótico e inescrutable Film de Alan Schneider.Keaton prefería el plano general para que sus maquinaciones y su cinética fueran cabalmente apreciadas. El método aparentemente simple de Buster Keaton fue montar secuencias, hilar una serie de secuencias, a la manera de un escritor gráfico, visual, que arma un tren de oraciones bajo las leyes de un orden casi onírico. Se escapaba de muchos pero sobre todo de los que de él solicitaban un guión. (Su vida tampoco le hizo fáciles las sucesiones y la continuidad).Los críticos de cine siempre se supieron advertidos por el epígrafe que abre su fabuloso film Sherlock Jr, en su primer intertítulo: "Hay un viejo proverbio que dice: No intentes hacer dos cosas a la vez y esperar hacerles justicia a ambas". Ejercer la crítica es como escribir en la oscuridad de un cine, a tientas, tratando de embocar la impresión siguiente en el espacio en blanco que hay que adivinar, sin perderle pisada a la película que no piensa detenerse. Quizá ante Buster Keaton es más apropiado quedarse quieto y callar, pero este excelente libro de Fernando Martín Peña lo desmiente con gracia porque sabe que con Keaton no funciona ni lo lógico ni lo razonable.Buster Keaton, Fernando Martín Peña. Reservoir Books, 208 págs.

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