Lula ganó la elección, pero no la discusión sobre el futuro de Brasil: tres claves para entender qué significa su triunfo

Lula ganó la elección, pero no la discusión sobre el futuro de Brasil: tres claves para entender qué significa su triunfo

A los 80 años, Lula da Silva obtuvo un cuarto mandato y frenó el regreso de los Bolsonaro al Planalto. Al hacerlo, se impuso a dos tendencias. Desde el regreso de la democracia a Brasil en 1985, nadie que terminara segundo en la primera vuelta había ganado el balotaje. Y en los últimos años los oficialismos vienen perdiendo una elección tras otra. La clave estuvo en movilizar a millones de brasileños que no habían votado tres semanas antes. Sería un error, sin embargo, leer este resultado como una restauración. Lula gana la presidencia en un país que, por debajo, sigue moviéndose hacia la derecha. Para entender qué significa su triunfo conviene mirar tres planos, lo estructural, lo inmediato y lo que viene.Lo estructural primero. El Brasil que reelige a Lula no es el de 2003. En 1980 los evangélicos eran el 7% de la población y en 2022 ya eran el 27%, unos 50 millones de personas, en su mayoría volcados a la derecha. El interior agroexportador, primer productor mundial de soja y carne, se consolidó como bastión conservador con cultura propia. Y la nueva clase media baja que salió de la pobreza con el primer Lula hoy es cuentapropista, está endeudada y escucha con simpatía el discurso del emprendedor libre del Estado. El miedo al delito desplazó al empleo como principal preocupación.El presidente fue reelegido este domingo en la segunda vuelta tras vencer a Flavio BolsonaroNELSON ALMEIDA - AFPSegundo, los desafíos de hoy. El primero es económico. La deuda pública ronda el 83% del PBI, la tasa de interés está en 13% y el pago de intereses consume casi nueve puntos del producto. Para ganar, Lula sumó beneficios por casi 300.000 millones de reales y prometió alivio de deudas y transporte gratuito. Corregir ahora sin que lo acusen de estafa electoral será difícil. El segundo es político. El PT tendrá apenas 70 de 513 diputados y el Partido Liberal de Bolsonaro será la primera fuerza en ambas cámaras. Lula dependerá otra vez del centrão, que cobra caro y ya le dio la espalda en votaciones clave. Finalmente, está la legitimidad. Con un margen tan estrecho, el bolsonarismo puede repetir el libreto de 2022 y negarse a reconocer la derrota, con el eco de Trump y quizás de Milei. Lo decisivo, claro, no será lo que digan ellos sino lo que hagan el Tribunal Superior Electoral, los jefes del Congreso, los gobernadores de derecha y las Fuerzas Armadas. En 2022 esa red institucional resistió.Tercero, la política exterior, donde Lula ofrece continuidad. Su apuesta es la autonomía estratégica, el multilateralismo y una cobertura equilibrada entre Washington y Pekín. Rechazó la designación del PCC y el Comando Vermelho como organizaciones terroristas por considerarla una amenaza a la soberanía, aunque ofreció cooperación policial y financiera contra el crimen. Avanzó en el comercio en monedas locales con China, anunció bonos en yuanes y diversificó proveedores tecnológicos, con supercomputadoras chinas y estadounidenses y satélites de Starlink y de su rival chino SpaceSail. Es la idea de Brasil como potencia media que busca el mayor margen de maniobra posible.Pero hay límites, y no son menores. Si un eventual Flavio Bolsonaro hubiera chocado con la gravitación económica de China, Lula choca con la gravitación financiera de Estados Unidos. Los aranceles del 50%, las sanciones a un juez del Supremo y la designación terrorista muestran que Washington está dispuesto a usar todas sus herramientas. La más delicada es la financiera. Los bancos brasileños quedan expuestos al escrutinio del Tesoro si tocan, aun sin saberlo, dinero vinculado a las bandas, y el propio gobierno advirtió que la medida podría alcanzar al PIX. La autonomía tiene un costo, y Brasil llega a este mandato con poco margen fiscal para pagarlo. A eso se suma un Congreso que mira con simpatía a Trump y un agro que vende en China pero vota a la derecha.Lula obtuvo más del 50% de los votos, según los resultados parciales publicados por el TSEAndre Penner - APHacia adelante, cuatro cuestiones merecen atención. La primera es el Congreso. Lula ganó las elecciones, pero el bolsonarismo ganó el Congreso. No es la distribución de poder que hubieran elegido, pero es la que Brasil tendrá que administrar durante los próximos cuatro años. La segunda es la relación con Washington. Trump perdió la apuesta brasileña y puede optar por la presión o por la negociación, y la designación terrorista le deja abierta la puerta de la presión. La tercera es el ambiente. La deforestación amazónica está en su nivel más bajo desde 1988 y eso le da a Brasil una carta valiosa para sostener su voz climática. La cuarta nos toca de cerca. Buenos Aires y Brasilia quedan en veredas opuestas frente a Washington, con un Mercosur tironeado entre el alineamiento de Milei y la autonomía de Lula. La convivencia será más difícil, pero también más necesaria.Lula ganó la elección, pero no la discusión sobre el futuro de Brasil. Su victoria preserva una política exterior de autonomía en un hemisferio que se ordena cada vez más alrededor de Washington. Un interrogante clave es si ese proyecto puede sobrevivir a un país fiscalmente frágil, un Congreso hostil y un líder que no tiene sucesor a la vista. Brasil eligió seguir soñando en grande. Lo difícil será pagar ese sueño.Por Federico Merke

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