Lucrecia Martel: “Yo quería cambiar al mundo”

Lucrecia Martel: “Yo quería cambiar al mundo”

Lucrecia Martel quiso cambiar el mundo con el cine: “No me salió bien ese trabajo”, dijo ayer, frente a un Auditorio del Malba completo, en el cierre del Filba, el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, que en cinco días convocó a unas 13 mil personas (más 20 mil conexiones a sus transmisiones de streaming). La cineasta argentina encontró una forma menos solemne y acaso más urgente de insistir: “Declaren sus deseos. Salgan para adelante, a la conquista del espacio”.Fue el cierre de una conversación distendida y profunda, atravesada por sus obras más recientes —el libro Un destino común (Caja Negra), que reúne sus conferencias, y Nuestra Tierra, documental estrenado en el Festival de Venecia 2025—, pero también por una pregunta que recorre buena parte de su producción audiovisual: qué puede hacer una obra cuando pretende intervenir en el mundo y qué queda cuando esa pretensión fracasa. Martel habló de territorio, desigualdad, comunidad, burocracia y violencia; también de la utilidad del cine, de la imaginación como forma de resistencia y de la necesidad, todavía, de conversar. “Conversar y escucharnos es una forma de recuperar nuestro territorio común”.Contra los anticuerpos de la percepciónLa charla, moderada por la periodista Mercedes Halfon, comenzó alrededor de Nuestra Tierra (2025), su primera obra de no ficción, que se adentra en las comunidades indígenas, en particular en Chuschagasta, Tucumán. El asesinato de su dirigente Javier Chocobar, muerto de un balazo en 2009 por un terrateniente y dos expolicías, fue el punto de partida. “Fue una bisagra en un momento en que la Argentina y el mundo está en transición. Nos sirvió como una balsa”, dijo. Martel trabajó catorce años, entre 2011 y 2025, sobre la violencia, el territorio y las relaciones de poder que rodearon aquel caso.Martel, durante el rodaje de "Nuestra Tierra"; su objetivo era “generar una conversación”Su cine de ficción había llegado a esos territorios por otros caminos. En La ciénaga (2001), una familia de clase media alta se descompone entre el calor, el alcohol y una convivencia asfixiante, mientras los chicos absorben un mundo adulto marcado por el deterioro y la violencia. La niña santa (2004) se internó en la adolescencia, el deseo y la religión. La mujer sin cabeza (2008) convirtió un accidente en el punto de partida de una operación colectiva de silencio y encubrimiento. Y Zama (2017), adaptación de la novela de Antonio Di Benedetto, trasladó su mirada al siglo XVIII colonial para seguir la espera, la degradación y el delirio de un funcionario atrapado en un territorio que no termina de comprender.A través de registros y géneros distintos, su cine ha vuelto una y otra vez sobre aquello que se filtra en las relaciones familiares, sociales y políticas: lo que se desea, lo que se calla y aquello que permanece fuera de campo.Con Nuestra Tierra, llevó esa mirada hacia una problemática que, para Martel, no es únicamente económica sino histórica. La cuestión indígena pone en discusión el relato de origen de la Argentina y aquello que ese relato deja fuera: indígenas, negros, mestizos y mujeres. Se refirió a las personas que deben “convivir con el riesgo permanente de que las echen de su lugar”, en contraste con “lugares por los que circulan personas con menos problemas de supervivencia”.La película exigió elegir entre una enorme cantidad de material, entre “cuatrocientas horas de filmación y más de cinco mil fotos para compartir”. Pero esa selección no respondía únicamente a una cuestión narrativa. Para Martel, el objetivo era “generar una conversación”. Esa es, desde hace un tiempo, una de las preocupaciones de su trabajo. Porque aunque su relación con el cine, dijo, “siempre fue de servicio a la comunidad, no me salió bien ese trabajo; yo quería cambiar al mundo”.Contó que esa preocupación la encontró al hallar el eje narrativo de su último trabajo, con la idea de “el trámite” y la “dramaturgia del expediente”. El trámite, explicó, es una forma de medir la desigualdad. Cuánto dura, por cuántas instancias y prelaciones debe pasar una persona para que concluya depende de su posición social y que, a su vez, determinará cuánto dure su padecimiento. Es lo que sucedió con la comunidad de Chuschagasta, donde un expediente en reclamo por el derecho a la tierra llevaba 19 años peregrinando por cuatro oficinas, con diferentes pedidos a la gobernación de Tucumán para que evaluara una expropiación que databa desde el siglo XVII.El trámite —sostuvo— es la base de la existencia del ciudadano, cuya experiencia será menos “porosa” de acuerdo a la escuela a la que le toque ir a cada quién. La conversación derivó entonces hacia las diferencias de clase y de acceso. Para describir el presente del país, Martel recurrió a una frase que atribuyó a Fiódor Dostoievski y que considera “ordenadora del pensamiento”: “al pobre no se lo echa a palos, se lo echa con la escoba”. Así, explicó el mecanismo que, desde el poder, permite silenciar a quienes resultan incómodos: “la necesidad no sólo de la violencia, sino de la humillación”.Martel, en el auditorio del MalbaJiniva Irazabal - FILBAEntre el glam y la verdadPor momentos, Martel pareció desprenderse de la figura de la directora consagrada para hablar desde un lugar más cercano a la trabajadora que imagina una película como una herramienta. Es una posición particular para alguien que, desde hace más de dos décadas, ocupa un lugar central en el cine argentino y cuya obra ha circulado ampliamente por festivales y circuitos internacionales. “No me interesa”, resumió, una parte de su relación con ese universo de prestigio. “Conozco la vida de directores que van a festivales y cócteles. Es aburrida. Con esta película estuve con las personas que quería conversar. Iba en camioneta hasta un cerro, me bajaba para la proyección y conversaba con la gente”, contó.En ese desplazamiento está, quizás, una de las claves de su presente, y es su preocupación de que una película desate una conversación entre personas que habitualmente no comparten territorio. Para Martel, “el cine no es la verdad, sino cómo se construye la verdad”.Hacia el final, la directora dejó por un momento el análisis y propuso un juego a la audiencia. Invitó a imaginar, a despegarse del teléfono y de su dependencia (“en este momento tendría el teléfono”). Propuso otro uso, que desató risas. “Agárrenlo para usar la cámara, grabar al vecino, acercarse”. Luego, su propio deseo también apareció en forma de promesa. “Prometo hacer una película que sea un éxito de público y ganar dinero, cosa que no logro”.Luego, se puso más seria, y admitió: “El cine al que deseo pertenecer se parece más a una droga; te altera la percepción y vos podés imaginar aquello que puede ser una salida. Así que no veo a la resistencia como un gesto inteligente. Frente a la violencia, está la invención”.Entonces, antes de despedirse, detrás de sus anteojos fotocromados y de montura blanca, miró al público. “Declaren sus deseos. Salgan para adelante, hacia la conquista del espacio”. El público soltó los aplausos. Abrumada acaso por la ovación, apuró su bastón y desapareció detrás del telón.Arte y CulturaFILBALucrecia Martel

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