LA NACIONOpiniónNuestra historia desde 1810 ha sido la de un largo desencuentro, con algunos intervalos lúcidos que coincidieron con períodos de progreso formidable. La conclusión preliminar es que la confrontación -prolongada e incesante hasta exasperar hasta al más pacífico- fue sangrienta, encarnizada, acérrima, horrible. Es un milagro que aún tengamos el octavo país del mundo en relación a su envergadura territorial, con perspectivas de prosperar. Una comarca que no ha sido condenada, cual cosa juzgada, a la irrelevancia a pesar de sus chapuzas. Habla con elocuencia de dos puntos, uno contrafáctico y otro prospectivo: inimaginable lo que seríamos si hubiera existido en nuestro andar una dosis mínima de unión y de proyecto común y cuán ancho es el horizonte que se nos abre si aprendemos definitivamente que es menester concordar en un puñado de estrategias, esas que no se discuten ni debaten porque ya están analizadas, establecidas y decididas. Los diferentes turnos políticos sólo mutan el matiz que pondrán -la impronta- en la ejecución continuada de una Política – la mayúscula no es un lapsus calami - que está diríamos protocolizada hasta las próximas dos o tres generaciones. Algunas, las que sustentan los intereses permanentes de la Nación – como diría Lord Palmerston – poseen naturaleza prácticamente eterna. Nuestro inicio estuvo signado por un desentendimiento que se fue profundizando hasta hacernos perder medio siglo de tiempo, a lo que se sumó la geopolíticamente dolorosa mutilación territorial de las Provincias Unidas en Sudamérica, como reza el acta de nuestra Independencia. En efecto, Saavedra encabezó una línea prudencial que consideraba que la Revolución debía incorporar al interior y que su marcha tenía que inspirarse en la moderación, atento la diversidad de las vastedades territoriales y la debilidad original. Mariano Moreno en contraste promovía una velocidad radical, con el poder centralizado en Buenos Aires. Recién en 1880 pudimos dar vuelta de página a esa enfermiza discordia. No es casual que zanjada la gran cuestión dilemática, la Argentina experimentara una memorable época de esplendor que asombró a propios y extraños hasta el grado de que Arnold Toynbee profetizase en los años veinte del siglo pasado que en la parte meridional americana se estaba gestando un “Estados Unidos de América del Sur”. No fue sólo el patriotismo y la visión del general Julio Argentino Roca, sino su liderazgo de un conjunto de dirigentes lo que produjo la histórica “Generación del Ochenta”. No podemos omitir que esa Generación no fue perfecta ni infalible. Fue humana y cometió errores, pero el derrotero mantenido con firmeza durante cuarenta años, asentado en la tarea previa de la Organización Nacional – Constitución de 1853 mediante -y de educación generalizada, produjo un resultado colosal. ¡Basta de eso de que somos dos países! ¡Fin para las advertencias de que anularemos todo lo que hizo el antecesor! Debemos sepultar la discontinuidad, los zigzagueos, los fatídicos vaivenes. Cada elección no puede ser un suplicio y menos que menos pueden anticiparse las campañas electorales al grado de que vivimos en campaña y la gestión de gobierno tiende a subordinarse a las próximas elecciones. Hay que inhumar la incertidumbre, que es letal para la sana economía. Se sabe -aunque pareciese que no se la estudia en las Facultades de Economía- que la confianza es primordial para que haya estabilidad, ahorro e inversión. Para que funcione el régimen económico en su precipuo objetivo: administrar la escasez con sabiduría, encaminándonos hacia la abundancia. Esas Políticas de Estado acordadas en piedra por el 80% -es aconsejable ser realistas: la unanimidad no es de este mundo- de la dirigencia de todos los estamentos, no sólo política, merecen ser enunciadas, dejando para otra circunstancia su explicitación minuciosa. Política exterior, caracterizada por los vínculos con el mundo entero, buscando abrirle camino a nuestros intereses; énfasis especialísimo en y con las vecindades en una esfera que se despliega hasta Panamá, con vocación para abarcar el Caribe, la América Central y la septentrional. No hay solución para muchos flagelos sociales incluyendo los criminales y para variadas necesidades de la economía sin un proceso de integración real, no verbal y vacuo. Estado moderno, ágil, desburocratizado, con ingreso por concurso. La educación, apostando a la excelencia, con actualización continua, incorporación de la tecnología, capacitación -enseñar a enseñar- y conexión con el trabajo. Justicia idónea, proba e imparcial, con carrera judicial. Seguridad, ni blanda ni dura, justa, legal y necesaria. Rigorosa con la ley en la mano y el sentido humano en la mente. Cuentas fiscales equilibradas, estabilidad para crecer, que la ecuación A=I sea un hecho y así los 400 mil millones de dólares ahorrados y no invertidos en nuestro circuito operarán cual especie de autopréstamo que conmoverá a nuestro país de un modo inenarrable. Banco Central custodio del valor del peso, garante de la estabilidad, independiente de la Casa Rosada, un poder benéfico dentro del poder. Empeñarnos que con la alta minería y con los combustibles no convencionales constituyamos un fondo soberano como el noruego y trabajando ansiosamente para llegar a la meta de un billón de dólares en dos generaciones. Nunca más zozobra e incertidumbre. No habrá jamás un gobernante yendo a pedir ayuda financiera. Los viajes internacionales serán para encarar empresas trascendentes para los ciudadanos involucrados. Las exportaciones deberán triplicar a las de Vietnam en una década. Identifico a ese país para graficar cuán empequeñecidos estamos. Hoy exportamos un tercio que lo que envían al exterior ese país, pueblo laborioso por cierto. ¡Claro, si somos tan estrambóticos que aplicamos impuestos al campo exportador! Por último, una estrategia para modernizar y ampliar la infraestructura en todos los planos. Con Políticas de Estado los comicios serán elecciones y no opciones por el mal menor o por proyectos contrapuestos. Con la secuela de que el lunes postelectoral promete un cataclismo. Hace un siglo que venimos optando y no eligiendo. No nos ha ido bien. Es hora de cambiar a fondo, nítidamente. Exdiputado nacional; dirigente del partido UNIR; docente; especialista en Geopolítica y Estrategia
Los fatídicos vaivenes que condenan al país al atraso
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