El cerdo carga sobre sus espaldas una moneda de un peso y un cassete virgen donde se ha grabado algún show en vivo, mientras tanto se sostiene en lo que parece ser la fachada del shopping Abasto. Detrás del animal aparecen fragmentos de afiches promocionando recitales en el under porteño. El collage, en blanco y negro, está montado sobre un fondo celeste oscuro forma parte de la portada de Cultura menemista: Buenos Aires en los noventa (Fondo de Cultura Económica), de la ensayista e investigadora Margarita Martínez y es, en más de un sentido, una promesa y un adelanto de lo que se está a punto de leer.“La lectura de los suplementos culturales de la década, que al principio se presentaba como un corpus para sustentar algunas hipótesis, muy pronto cobró vida propia”, afirma Martínez en las últimas páginas, como si confirmara el sentido de la criatura hecha de elementos heterogéneos y bordes irregulares de la portada que es, a su vez, la síntesis de un período hipnóticamente morboso y viceversa. “La cultura entera fue menemista más allá de que fuera o no oficial, y por eso este recorrido testimonial trabaja no sobre lo que el gobierno promovió como cultura, sino sobre aquello que, en aquel mismo momento, se presentaba como contracultura, o que se celebraba como novedad crítica y que, visto en retrospectiva, fue absolutamente funcional al régimen global”, dice su autora en diálogo con Ñ. “Y aunque el acceso económico se oponía a lo que el segmento cultural sostenía en términos de discurso, los intelectuales se lanzaron de cabeza a formar parte de este proceso. En ese punto ciego estaba lo que yo quería observar”.–¿Cuáles podrían ser las razones para ese entusiasmo?–Se rastrean desde la década anterior. La llegada de la democracia trajo una vuelta a la calle y a lo comunitario. Pero la ciudad, en términos estructurales, se caía a pedazos. Los teléfonos no andaban, el gas fallaba y había cortes de luz. En ese sentido, la inyección de capitales y la consecuente modernización de los 90, que también alcanzó el campo de la cultura, habilitó un espacio de más glamour en el que la capa intelectual, o creativo-artística, se supo acomodar bien. El tono estaba dado por la fiesta. Pensando en los ochenta, los fantasmas de la dictadura seguían muy presentes, de modo que aquella había sido una década enormemente traumática. Los noventa trajeron la necesidad de dar vuelta la página sin olvidar, y la sensación era “inventemos otro mundo, inventemos otra cosa”.–¿Qué imagen de la juventud surge de los suplementos culturales que analizaste?–La juventud aparece retratada en una posición ambivalente. Por momentos, como si se acoplara al consumismo; en otros momentos, como si cuestionara todo. Por otro lado, casi no hay alusiones a una juventud politizada en un sentido setentista: no aparece en estos suplementos nada que evoque el fantasma de la juventud guerrillera, montonera. El grupo es asumido como una suerte de “bicho raro” con nuevos gustos y consumos que aparecen o bien como desideologizados, o bien como incomprensibles: van a las raves, venden droga, consumen éxtasis, circulan por la galería Bond Street. Lo curioso es que quienes escribían sobre esos jóvenes tenían apenas diez años más. Eran jóvenes también.–En ese sentido, mencionás la creación de tres carreras: diseño (al gráfico se sumaron imagen y sonido, indumentaria y textil), comunicación y análisis de sistemas.–Eran vistas como las carreras de un mundo nuevo, como “lo que se venía”. Y cuando vemos nuestro mundo contemporáneo, las redes sociales, la conectividad constante, el culto a la imagen, advertimos que ese juicio no estaba tan errado. Aparecieron también las escuelas de periodismo, que no dejan de ser espacios donde el intelectual devenía en periodista cultural.–¿Cómo podés explicar esa especie de reconversión del intelectual en periodista de la cultura cotidiana que observás en los suplementos?–Ese rasgo ya se esboza en los inicios de la década. En los suplementos se detecta un corrimiento hacia “los bastidores” de la tarea intelectual. Mientras lentamente pierden protagonismo las reseñas de libros, va ganando lugar el escritor como personaje: ¿dónde escribe? ¿cómo escribe? ¿qué toma cuando escribe? ¿cómo se viste? Y si bien ese interés explota con un suplemento como Radar (que aparece en Página 12 en 1996), ya se observa antes en el suplemento cultural de Clarín.–¿Cómo considerás la construcción de la intimidad que ofrecieron los noventa y que definís como una estética de traslado del living al espacio público?–Si hasta los 80 los boliches se pensaban como grandes espacios de luces y música, en los 90 empezaron a aparecer “espacios más íntimos”, que estaban a mitad de camino entre un bar y una disco. A veces se presentaban bandas chicas y la gente se sentaba en sillones, alrededor de mesas, con iluminación repartida. Eran lugares con menos capacidad, con bandas más finas de jazz, o un montón de subgéneros que iban con estos espacios. Es interesante ver cómo el diseño de espacios íntimos fue propiciando una tendencia a la indiferenciación entre el interior y el exterior, tal vez como preludio a la conversión del interior doméstico en una “terminal conectada”. –Sobre eso agregaría que la tendencia de la revista Caras a espectacularizar la política mostrando los estilos de vida de sus protagonistas como un antecedente a la exposición de la intimidad que se produciría con las redes sociales.–Sí, sin duda. La pasión por espiar la vida de los demás siempre existió, pero es verdad que en los 90 se agudizó. Aparecía en lo que mencionamos sobre las bambalinas del escritor. Como decíamos antes, en los 80, la vuelta de la democracia marca la vuelta a las calles, a lo público. La década siguiente, en cambio, construye espacios menos diferenciados entre lo público y lo privado.–Esta tendencia se puede rastrear en la proliferación de realitys, en especial los que prometían transformaciones físicas como “Extreme makeover” o más tarde, “The Swan” (en nuestro país, hubo una experiencia ya entrado el siglo XXI llamado “Transformaciones”).–En este caso, las bambalinas son las condiciones de posibilidad de reconstruir el cuerpo. Pero no olvidemos que más allá de las cirugías en los noventa irrumpen las Drag Queens y se visibiliza el travestismo. Y, aunque sin cirugías, eran formas de experimentación estéticas y de transformación. Esto venía de la mano de la experimentación con pastillas en las raves y toda esa movida. De hecho, en los suplementos culturales no hay un tono precautorio ante las drogas, más bien es celebratorio. No hay una mirada moralista. Incluso, en el libro enumero tres o cuatro notas que destacaban al dealer como un nuevo tipo de cuentapropista.–Mencionás también el desarrollo de una pornografía local.–Lo tomé como una viñeta que ayudaba a entender cómo fueron desplegándose las industrias alternativas. En este caso, esta venía asociada a la aparición de cámaras más livianas y formas de filmar más accesibles en un sentido económico, pero también técnico, sumada a las nuevas formas de almacenamiento y edición de la información. Cámaras y programas eran más fáciles de manejar y más baratos. Argentina se estaba posicionando en un mercado global. Las notas sobre el tema destacaban que incluso se abría la chance de que las actrices porno “la pudieran pasar bien”, es decir, se abría la posibilidad de un autoemprendedorismo del cuerpo. Casi un antecedente de OnlyFans.–¿Qué pasaba con libros como Pizza con champagne, de Silvina Walger?–Es increíble, leído hoy, que eso pueda haberse escrito de esa manera. Tiene un nivel de crítica impresionante, pero también de crueldad. Aunque mucho de lo que se cuenta sea cierto, el modo de escritura es burlón. Me refiero, por ejemplo, a la sorna sobre el aspecto físico de Menem o de Zulemita, algo que hoy sería imposible de asimilar. En ese momento, eso se podía escribir y circulaba. Lo interesante es que el menemismo lo absorbía y seguía adelante. Cuando se compara livianamente el menemismo con el gobierno de Milei, entiendo que, más allá de lo económico, el juego es desacertado. En términos culturales, no tiene nada que ver. La crítica estaba muy viva entonces, era muy efervescente, era zarpada en serio. Hoy, no tenemos esa confrontación, sumado a que, desde el mileísmo, no se produce absolutamente nada. Existen lugares para salir de noche, pero lo que falta es el riesgo, a menos que hablemos del riesgo de terminar en un hospital por sobredosis o muerto de un tiro en un asalto.–¿Pensás que esa censura no existía porque teníamos menos dispositivos para expresarnos y viralizar esa opinión?–Puede ser, pero también existen dispositivos de censura soft derivados de la corrección política. Esa es la real censura que existe ahora. Más que una prohibición directa, aparece alguien que, si decís algo inconveniente, te dice “ah, pero acá estás ofendiéndome a mí, al de allá”, y mejor que no digas eso porque esa ofensa es… del orden de lo sensible. Y si la seguís, “te llevo a juicio”. Eso opera mucho más eficazmente que una prohibición con mayúsculas. Cuando existió censura, siempre había quien hacía las cosas a escondidas o por debajo. En los noventa se salía de una gran censura y no se había entrado todavía en esta nueva forma.–¿Y dónde pensás que se fue la irreverencia en los 2000?–No estoy segura, pero es evidente que en los 2000 esa efervescencia empezó a diluirse. Quienes estuvieron en contra del oficialismo a lo largo de los 2000, o sea, en contra del kirchnerismo, no producían algo contracultural, fueran o no fueran realmente contraculturales. Tal vez porque mucho del mundo cultural en ese momento se ubicó en espacios de funcionariado. Pero siempre me sorprendió, y es un poco el corazón del libro, que muchos abjuraron de haber participado de la gran fiesta de los noventa. A posteriori, nadie quiso reconocerse demasiado en ese espejo.
Los 90: la larga noche de la fiesta menemista
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