Lecturas. Slavoj Žižek reclama una izquierda sin complejos

Lecturas. Slavoj Žižek reclama una izquierda sin complejos

Un grito de guerra “contra la izquierda avergonzada que se tapa con una hoja de parra cultural” –como dice el propio Slavoj Žižek (Liubliana, 1949)– resume el espíritu de este, su libro más reciente. En él, remite a los épicos documentales que lo hemos visto conducir donde, mirando a cámara, despliega ideas, asocia, salta entre ramas de las ciencias sociales, incrusta sus ironías. Todo ese lenguaje suyo (incluida su vehemencia) habita también este volumen recordándonos que, siendo un filósofo académicamente formado, es a la vez un divulgador hipnótico, distinto. Quizás porque consigue hilvanar asuntos trascendentales con desacato de artista; a veces incluso a riesgo de perder organización teórica. Slavoj ŽižekGetty - ShutterstockAunque de este lado no podamos contestarle, Žižek dialoga socráticamente: interroga al lector, lo involucra hasta en su epifanía y no trae novedades, sino conexiones entre las cosas. Apuesta a recorridos nuevos de la inteligencia humana por los laberintos que ofrece esta época inimaginada. Con ese material construye su edificio de microensayos a ritmo de videoclip. Los temas de Una izquierda que se atreva a decir su nombre se superponen, se cruzan, se arremolinan. Cierta conclusión propuesta se desvía, pero vuelve páginas más adelante; al autor que al principio Žižek cita entusiasta, después lo refuta. Así teje la manta psicodélica de su interpretación universal. El primer capítulo –“La confusión global”– abre una seguidilla de otros fabulosos: “¿Marx está vivo, muerto, o es un muerto viviente?“;”¿Es Donald Trump una rana que abraza una botella de cerveza?“; ”Reina un gran caos bajo el cielo: la situación es excelente"; “Los auténticos antisemitas y sus amigos sionistas”;“¿Qué idea de Europa vale la pena defender?“; ”Venezuela y la necesidad de nuevos clichés"; “¿Tienen derechos los sexbots?" Todos con gancho –como se decía antes–, o con bait, como se dice ahora.La voz lírica y cáustica de Slavoj Žižek postula una cosmovisión –aunque caótica, deslumbrante– desafiada (nada menos que) por Karl Marx, omnipresente, convocado por su autor. La ubicuidad del patriarca alemán (expresa o en la implícita sombra) está dada, entre otras cosas, por el vaivén dialéctico en el que Žižek juega al ajedrez contra sí mismo. Allí apela a pasajes largos de El capital, que cita, discute, después exalta, vuelve a discutir… Entonces brilla, entre ambos –como pasa entre el lector y el libro–, el lenguaje: la voluntad de pensar con preguntas; el camino industrioso de la mayéutica. En una de las muchas definiciones reconocibles, el Marx citado plantea, por ejemplo, respecto de la categoría “trabajo”, que sería algo admisible “cuando el hombre socializado y los productores asociados regulen racionalmente su intercambio de materias con la naturaleza y lo pongan bajo su control común, en vez de dejarse dominar por ese intercambio como si este fuera un poder ciego”. El trabajo en cuestión, corona Marx, “se debe llevar a cabo con el menor gasto posible de fuerzas y en las condiciones más adecuadas y dignas de la naturaleza humana”: todo un anatema contra el capitalismo productivista. “Nada de pedir perdón por tan zurdo pensamiento” pareciera enfatizar Slavoj, sin decirlo, al coincidir con su maestro. “Nadie se toma en serio la democracia ni la justicia, todos somos conscientes de su corrupción, pero las seguimos practicando porque asumimos que funcionan aun cuando no creamos en ellas”, señala Žižek, iconoclasta en agitación permanenteEl “Seamos realistas, pidamos lo imposible” del Mayo francés le cuadra a Žižek como a pocos pensadores contemporáneos, precisamente por su extemporánea (y saludable) manera de ver el mundo. Pero como es un filósofo popular, no se ocupa solo de Marx, sino de otras variopintas celebridades del ancho mundo: Julian Assange, Greta Thunberg, Benjamín Netanyahu, Elon Musk, Mark Zuckerberg, Edward Snowden y Vladimir Putin acaban bajo la lupa del esloveno, que, dicho sea de paso, es también doctor en psicoanálisis por la Universidad de París VIII. No en vano apela seguido al significante para sus garrochazos epistemológicos. “Nadie se toma en serio la democracia ni la justicia, todos somos conscientes de su corrupción, pero las seguimos practicando porque asumimos que funcionan aun cuando no creamos en ellas”, señala Žižek, iconoclasta en agitación permanente. Desarmar fetiches –el mercado, la izquierda culturalista, el capitalismo, el propio psicoanálisis– es su misión intelectual. El desconcierto que provoca en el camino le garantiza audiencias ampliadas; esa irreverencia toca una fibra generacionalmente transversal que le hizo ganar audiencia joven. Y aunque viene de la academia, de la escritura y de aquello que en general no sobra en las redes, entiende de ellas: en Instagram lo siguen unas 300 mil cuentas. Mientras tanto, su barba y su flequillo canos, su efervescencia invariable, su gesticulación ansiosa, su inglés balcánico, llegan a la prosa con el mismo histrionismo que a la pantalla.Con la elocución magnética de un Jacques Cousteau del pensamiento social, Slavoj se sumerge para observar a estas criaturas que somos en profundidades desconocidas, de cara a un futuro humeante. Así, mientras Trump y su troupe apuntan a destruir a la ONU (o tener un control total sobre ella, lo cual es lo mismo), Slavoj –combativo y docente– arenga: “Hace falta un organismo global fuerte que cuente con poder”.Žižek fue candidato –por un espacio liberal-democrático– en las elecciones de 1990 para integrar la Presidencia colectiva de la República de Eslovenia en los primeros comicios multipartidarios del país. Difícilmente haya imaginado que un día querría reinventar el proyecto comunista. Lo hace, por supuesto, con mayor lealtad al Manifiesto… que la de Stalin o Putin. Su intento (en parte exitoso) es desenvejecer a la izquierda desde un convencimiento: ella no vendrá a provocar un incendio porque el incendio ya está en marcha, provocado –y digitado– por el modelo actual. La izquierda de hoy viene, precisamente, a apagar el desastre. Por eso “apología, defensa o alegato” no califican para este libro que es, en esencia, propositivo: su autor cree en un mundo posible desde esa disparatada idea de justicia más cercana a la convivencia que al exterminio.Una izquierda que se atreva a decir su nombreSlavoj ŽižekAnagramaTrad.: Damià Alou334 páginas$ 49.900El capital, Vol.1Karl MarxSiglo XXI424 páginas$ 32.500Por Gabriel Sánchez Sorondo

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