Le diagnosticaron esclerosis múltiple a los 37 años, pero los síntomas empeoraron: descubrieron que tenía cáncer de útero en etapa 4

Le diagnosticaron esclerosis múltiple a los 37 años, pero los síntomas empeoraron: descubrieron que tenía cáncer de útero en etapa 4

Katie Walterman comenzó 2024 con muchos motivos para sentirse ilusionada. Había alcanzado un punto alto en su carrera profesional, acababa de recibir un reconocimiento dentro de su industria y, junto con su esposo Tom, estaba intentando tener un hijo. Un año antes le habían diagnosticado esclerosis múltiple y había comenzado una terapia destinada a controlar la enfermedad, por lo que cualquier síntoma nuevo parecía tener una explicación relativamente cercana.Después de la primera aplicación del tratamiento, apareció una secreción vaginal inusual. Walterman se lo informó a su neurólogo, quien consideró que podía tratarse de un efecto secundario. También acudió a atención primaria, donde le plantearon posibilidades como ansiedad o alteraciones hormonales. Ella confió en esas explicaciones, pero durante las semanas siguientes el cuadro empeoró: una menstruación que normalmente duraba cinco días comenzó a prolongarse hasta tres semanas, el sangrado aumentó y apareció una molestia persistente en la pelvis.En junio volvió a consultar y recibió la propuesta de utilizar anticonceptivos para controlar los períodos prolongados. Como estaba intentando quedar embarazada, rechazó esa alternativa y preguntó directamente si sus síntomas podían estar relacionados con un cáncer. Según relató a Newsweek, recibió una respuesta tranquilizadora y continuó buscando explicaciones.La tomografía que cambió el diagnósticoEn julio consultó con un ginecólogo y se sometió a una ecografía. En ese momento se habló de una posible endometriosis y no se le transmitió ninguna señal de alarma. Walterman descubriría meses después, al revisar sus registros médicos, que en aquellas notas figuraba una masa en uno de sus ovarios.Para noviembre, los síntomas ya eran difíciles de ignorar. Además del sangrado y el dolor, comenzó a sentirse llena después de ingerir muy poca comida. Durante una sesión con su entrenador personal tuvo que retirarse antes de tiempo y, camino a casa, sufrió un sangrado tan intenso que debió detenerse a comprar ropa y productos de higiene.Acudió entonces a un centro de urgencias casi sin poder moverse por el dolor. Esta vez un médico escuchó toda la secuencia y propuso realizarle una tomografía de pelvis. El estudio mostró engrosamiento de la pared uterina, una masa en el ovario derecho y un aumento de tamaño del izquierdo.Walterman fue derivada a oncología ginecológica y se programó una cirugía en la que inicialmente debían retirarle uno de los ovarios. Durante la operación, sin embargo, el equipo encontró cáncer y detectó complicaciones en las masas que habían motivado la intervención.Los cirujanos realizaron una histerectomía completa, retirando el útero, ambos ovarios y las trompas de Falopio, además de tejido sospechoso del abdomen y los intestinos. Semanas después llegó el resultado anatomopatológico: cáncer uterino en etapa 4.Después del tratamiento, una noticia esperadaWalterman recibió seis ciclos de quimioterapia agresiva y luego radioterapia pélvica en el Huntsman Cancer Institute de Utah. Aunque continuó trabajando, atravesó períodos de agotamiento, problemas de concentración y efectos digestivos derivados de los tratamientos.Al terminar esa etapa, las pruebas mostraron que no había una evidencia detectable de enfermedad, una expresión médica que no equivale a garantizar una curación definitiva -en especial después de un cáncer avanzado-, pero que indica que los estudios actuales no encuentran signos del tumor.La American Cancer Society estima que en 2026 se diagnosticarán unos 68.270 cánceres de útero en Estados Unidos. No existe una prueba rutinaria de detección para personas de riesgo promedio sin síntomas, y el Papanicolaou está diseñado principalmente para detectar alteraciones del cuello uterino, no cáncer de útero.Walterman cumplió 40 años poco después de finalizar el tratamiento y celebró comunicando a familiares y amigos que sus estudios ya no mostraban enfermedad. Su experiencia, explicó, la llevó a insistir en una idea: cuando síntomas persistentes cambian o empeoran, obtener una explicación previa no debería impedir que médicos y pacientes vuelvan a mirar el cuadro completo.

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