Se dijo una y mil veces: la paternidad no llega con un manual. Si fuese fácil ser padre o madre, seguramente no existirían los psicólogos o las terapias para sanar aquello que no se quiso infringir. Sin quererlo ni buscarlo, muchos padres que buscan el bien para sus hijos, logran un efecto contrario.La reflexión de un padre por una charla que mantuvo con su hijo, hace que mucha gente se sienta identificada con su situación. No es para echarse la culpa de nada, simplemente es así la vida. Como padres, la búsqueda de protección o el sentimiento de no querer que sus hijos sufran, muchas veces puede ser un error. O las formas son las erradas.Muchas veces, los chicos no ven esto como algo bueno, sino como una manera de nunca estar a la altura de lo que se les exige. Entonces, la búsqueda de un bien se transforma en un mal directo no buscado, que no solo hace que los hijos se frustren, si no que desgasta las relaciones para cuando son más grandes.Un hombre escribió en un artículo en la página digital Bolde que todo cambió en una cena, cuando volvían en auto y tuvo una charla reveladora."Siento que nada de lo que hago es suficiente para ti": las duras palabras que lo llevaron a reflexionarEn el texto dice que esa noche se pasó diciéndole a su hijo lo que él creía que debía hacer con su trabajo, ya que a él le parecía muy clara la situación "y no entendía por qué le costaba tanto darse cuenta", confesó.Aseguró que el hijo estuvo callado casi todo el camino a casa hasta que sin mirarlo le disparó: "Siento que nada de lo que hago es suficiente para ti". "Se bajó antes de que yo pudiera pensar qué decir", detalló el autor.Así, confundico, regresó a su casa reviviendo lo que le había hablado, una y otra vez. En su reflexión asegura que lo que primero sintió fue una especie de "injusticia" pod sus dichos, hasta que se preguntó si tal vez el joven no tendría la razón.Repasó todos los sacrificios que hizo como padre, el tiempo presente año tras año en momentos difíciles y se preparó para discutírselo. Pero cuando lo vio nuevamente, no pudo discutirle.Allí se dio cuenta que él siempre estuvo presente en cada decisión, cada contratiempo y en cada plan que él creía que podía ayudar y mejorar, pero que no vio "cómo lo sintió él"."Creía que le estaba demostrando que me importaba. Pero él se sentía más como si lo estuviera vigilando. La diferencia entre ambas cosas es significativa, y me llevó muchísimo tiempo comprenderlo", destacó en su pensamiento."Tenía razón": lo que lo hizo ser un mejor padreDijo que el amor no es lo que uno pretende que sea, sino lo que la otra personas siente en esa relación. Lo que le salió a partir de ese día fue abrir su mente y pensar las cosas desde el punto de vista de su hijo, que claramente sentía que él confiaba del todo en su criterio."Mi constante presencia en sus decisiones era un voto de desconfianza disfrazado de apoyo", pensó y dijo que en eso tenía razón. Aseguró que no había visto esa diferencia por confundir el sentimiento de preocupación con el acto de preocuparse, que no siempre son lo mismo.En ese antes y después, algo en su actitud cambió con su hijo y dejó de opinar sobre decisiones en las que no le había pedido su opinión. "Dejar de terminar cada conversación con una sugerencia", contó.Aseguró que, si bien la relación sigue su curso y con situaciones más incómodas que antes, no buscaba que su hijo lo perdone, no era la palabra, sino que algo en entre ellos se relajó con el cambio de actitud. Definió que ahora está más al margen que antes."Fue lo suficiente como para que las llamadas se alargaran, para que él mencionara cosas que antes no habría mencionado", terminó.
La psicología dice que si un hijo dice que nada de lo que hace es suficiente, es porque lo que la familia pensaba que se trataba de amor, él lo experimentaba como presión
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