La psicología dice que los niños que siempre tocan la cara de sus padres no lo hacen por ansiedad, sino que necesitan experimentar cercanía, seguridad y conexión con su progenitor

La psicología dice que los niños que siempre tocan la cara de sus padres no lo hacen por ansiedad, sino que necesitan experimentar cercanía, seguridad y conexión con su progenitor

Tocar la cara de un padre o de una madre puede parecer un gesto extraño cuando se repite: pequeños dedos que buscan la mejilla mientras el adulto habla, que se apoyan en la boca durante un abrazo o que vuelven una y otra vez al rostro cuando llega la hora de dormir. La reacción automática puede ser pensar que el niño está nervioso o necesita calmar una ansiedad.A veces puede ser así, pero el contacto físico infantil no tiene una única explicación. Puede formar parte de algo más básico: buscar proximidad, confirmar que la figura de cuidado está disponible y convertir la cercanía emocional en una experiencia física.La investigación sobre el tacto entre padres e hijos ha estudiado su posible papel en la regulación del estrés y en los vínculos tempranos. Un estudio publicado en Developmental Psychobiology observó a 114 madres y a sus hijos en edad preescolar durante una conversación con carga emocional. Los investigadores registraron las conductas de contacto de las madres y después midieron la reacción de los niños ante tareas estresantes mediante muestras de cortisol salival. Los resultados mostraron una asociación entre una mayor cantidad de contacto materno positivo y una menor reactividad del cortisol infantil.El hallazgo no significa que tocar la cara de un progenitor sea una prueba de apego seguro ni que permita saber qué siente un niño en un momento concreto. El estudio analizó el contacto iniciado por las madres, no ese gesto infantil específico. Pero ayuda a entender por qué el tacto tiene un lugar tan importante en las interacciones tempranas.El rostro también es una forma de cercaníaPara un niño pequeño, el cuerpo del adulto no es solo algo que está cerca. Es una fuente de señales: temperatura, voz, olor, expresión facial y respuesta al contacto. Tocar una mejilla mientras mira a su madre o a su padre puede reunir varias de esas señales al mismo tiempo.Las revisiones sobre tacto social señalan que esta modalidad sensorial interviene en procesos de apego, comunicación y regulación emocional desde la infancia. En interacciones cara a cara, el tacto suele acompañar miradas, palabras y gestos, por lo que forma parte de una conversación que no depende solo del lenguaje.Eso explica también por qué algunos niños buscan más contacto cuando están cansados, entran en un lugar nuevo o necesitan volver a conectarse después de una separación. No hace falta que exista una ansiedad clínica: el contacto puede servir como una forma cotidiana de co-regulación, es decir, de apoyarse en otra persona para recuperar calma y seguridad.También hay diferencias individuales. Algunos niños disfrutan mucho del contacto físico; otros prefieren menos. La edad, el temperamento, el contexto y la sensibilidad táctil modifican la manera en que cada uno busca proximidad.Por eso, no conviene interpretar el gesto de forma aislada. Si aparece mientras el niño juega, conversa, se duerme o busca afecto y no genera malestar, puede ser una de sus formas de conectar. Si el contacto se vuelve compulsivo, aparece junto con angustia intensa o interfiere con su vida cotidiana, el contexto cambia y merece otra mirada.A veces, esa mano sobre la cara no está diciendo “tengo miedo”. Puede estar haciendo una pregunta mucho más elemental sin palabras: “¿sigues aquí conmigo?”.

Original Source

Read the full article at Clarin →

KhanList aggregates and links to publicly available news content. We do not host full articles from third-party sources. Always verify important information with original sources.