La psicología dice que las personas que se cansan más luego de una videollamada que después de una reunión presencial no están siendo difíciles; el cerebro trata una cuadrícula de rostros mirando desde un pie de distancia como una habitación llena de personas de pie demasiado cerca, durante una hora

La psicología dice que las personas que se cansan más luego de una videollamada que después de una reunión presencial no están siendo difíciles; el cerebro trata una cuadrícula de rostros mirando desde un pie de distancia como una habitación llena de personas de pie demasiado cerca, durante una hora

Terminar una videollamada con más cansancio que después de una reunión presencial no es una impresión sin fundamento. Las reflexiones publicadas en el sitio estadounidense Bolde explican que las conexiones virtuales pueden exigir un esfuerzo adicional para procesar las señales sociales, mantener la atención y controlar la propia expresión frente a la cámara.El problema empieza con la manera en que aparecen los demás. En una sala de reuniones, los compañeros están distribuidos alrededor de una mesa, miran a quien habla o consultan sus notas. En cambio, en una videollamada, los rostros ocupan buena parte de la pantalla y parecen mirar directamente al usuario durante largos períodos.Jeremy Bailenson, director fundador del Laboratorio de Interacción Humana Virtual de Stanford, describe este fenómeno como una sobrecarga no verbal. La situación se parece a estar en un ascensor donde todas las personas se dan vuelta para observarte sin apartar la mirada. En la vida cotidiana, la gente suele evitar ese contacto visual prolongado cuando está demasiado cerca de otros, pero las cámaras generan una dinámica diferente.La pantalla reduce las pausas naturalesOtro factor es la falta de descansos visuales espontáneos. Durante una reunión presencial, una persona puede mirar la pizarra, tomar un café, observar por la ventana o cambiar de postura mientras escucha. Esos pequeños movimientos permiten que la atención se distribuya por el entorno sin que eso implique dejar de participar.Frente a una pantalla, en cambio, la mirada vuelve constantemente al mismo rectángulo. La cámara encendida también puede generar la sensación de que cualquier movimiento será interpretado como una señal de distracción. Así, resulta más difícil relajarse, estirarse o apartar la vista durante unos segundos.A esto se suma la necesidad de demostrar que se está prestando atención. En persona, la postura y la orientación del cuerpo transmiten señales de escucha de manera espontánea. En las videollamadas, muchas personas compensan la falta de esas referencias con asentimientos deliberados, expresiones más atentas y una mirada sostenida hacia la cámara.La propia imagen también consume energíaLa función que permite verse a uno mismo durante la llamada agrega otra exigencia. Mientras escucha, el usuario puede preguntarse si parece aburrido, si está haciendo algún gesto extraño o si debería asentir. Esa vigilancia constante desvía parte de la atención de la conversación.Géraldine Fauville dirigió una investigación en el Social Media Lab de Stanford y encuestó a casi 10.000 participantes. Allí identificó cinco mecanismos vinculados al agotamiento por videollamadas. Entre ellos, la ansiedad por la propia imagen, la sensación de ser observado, la impresión de estar atrapado frente a la cámara y el esfuerzo adicional para producir e interpretar señales no verbales.Las dificultades para conversar también influyen. El ligero retraso del audio puede interferir en los turnos de palabra y hacer que los participantes se interrumpan o dejen silencios incómodos. En una conversación presencial, los cambios de tono, las inhalaciones y los movimientos de las manos ayudan a anticipar cuándo alguien está por terminar una frase.Las pausas entre reuniones pueden ayudarEl cansancio no depende exclusivamente de la tecnología. Las llamadas breves e informales pueden resultar prácticas, especialmente cuando evitan traslados innecesarios o permiten conectar equipos que trabajan en distintos lugares.El problema suele aparecer cuando las reuniones son prolongadas, la cámara debe permanecer encendida y no hay descansos entre una conexión y otra. Una investigación del Laboratorio de Factores Humanos de Microsoft encontró que las videoconferencias consecutivas generan una acumulación de estrés, mientras que una pausa de diez minutos entre encuentros permite que el cerebro se recupere.Por eso, cerrar la computadora después de una hora de Zoom puede producir una sensación de alivio diferente a la de salir de una sala de reuniones. En persona, la atención puede cambiar de dirección, el cuerpo se mueve y la mirada descansa. Frente a la pantalla, esas oportunidades se reducen y la exigencia de permanecer atento parece no detenerse.

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