Fue muy importante en los años de la dictadura cívico-militar la heroica tarea de muchos libreros que, en medio del terror y la censura, siguieron proveyendo a sus clientes de ese insumo que se les hacía imprescindible, construyendo entre ellos un hermoso acto de solidaridad y resistencia.Recordaba el historiador y archivista Horacio Tarkus: “Había muchos libros prohibidos, lo que pasa es que los libreros, como no los querían tirar y se los podían confiscar, en general los recolocaban. Por ejemplo, los sacaban de los estantes de política o de marxismo, y reaparecían en filosofía o sociología.Si un libro se llamaba Marxismo y religión, hasta el ‘76 seguramente iba a estar en el rubro ‘marxismo’, pero después el librero, para no tener que tirarlo, podía ponerlo en ‘religión’. Por supuesto que hubo librerías que fueron cerradas, pero todavía se podían encontrar cosas perdidas en Hernández.Además, libros que no fueran muy ‘botones’ se podían encontrar, por ejemplo Dialéctica de lo concreto o El asalto a la razón, de Lukács. Pero Marxismo y existencialismo era más difícil que estuviera expuesto. Entonces, ahí había que tomar contacto con el librero. Cuando el librero conocía al cliente, le guardaba algún libro, se lo vendía envuelto, y le decía: ‘Llevátelo rápido’”.El destino de algunos librosHéctor Yánover, de Librería Norte, también recordó que “en 1976 cambió el viento, comenzaron a desaparecer libreros que seguían vendiendo esos libros. ¿Y qué iban a hacer? ¿Destruir eso que era dinero y que les había costado sacrificios ganar? Los ponían bajo el mostrador y los vendían a escondidas.Un distribuidor fabricó una pared falsa en su depósito y allí dejó estacionar esa ‘merca’ que le había costado sus buenos mangos. Tuvo suerte de tener amigos en la SIDE que lo ayudaron a irse del país.Una noche junté a mis empleados en el sótano de la librería y los invité a decidir juntos el destino de muchos libros. Se trataba de sus vidas tanto como de la mía. Nombrábamos a uno por uno y entre todos sentenciábamos. El pulgar abajo significaba, como a Túpac Amaru, el descuartizamiento. Los restos eran depositados en esas bolsas para basura que usan los consorcios. Grandes bolsas negras, de luto, que iban apilándose hasta formar un ejército de asco y miseria. La tarea no concluyó allí porque a cada rato uno u otro descubríamos otros libros que también había que destruir. La palabra ‘sociología’ se volvió ominosa como en los cuentos de Lovecraft, sus ponzoñas nos amenazaban a todos”.La mirada de Osvaldo BayerEl escritor y periodista Osvaldo Bayer tenía muy presente esa semana de allanamientos. “Un camión lleno de soldados y con un oficial fueron, librería por librería, por Corrientes, pero también por Callao. El oficial marcaba con el índice los libros que había que ‘liquidar’ y los soldados los tiraban a la caja del camión. Vi cómo se llevaban mi Severino, los dos primeros tomos de La Patagonia Rebelde y el recién salido Los anarquistas expropiadores”.La industria del libro caería estrepitosamente. Mientras en 1975 se habían editado 5.096 títulos con una tirada promedio de 8.086 ejemplares, lo que daba un total de 41.206.804 libros en el mercado, en 1976 la cantidad de títulos creció a 6.600 pero con una tirada promedio de casi la mitad que el año anterior (4.700 ejemplares), lo que significó poco más de 31 millones de libros en total.Algunos de los ejemplares publicados ese año y luego prohibidos fueron El beso de la mujer araña, de Manuel Puig; Monte de Venus, de Reina Roffé; Strip-tease, de Enrique Medina; Sergio y Los cisnes, de Manuel Mujica Láinez; Los cuartos oscuros, de Carlos Gorostiza; La hora detenida, de Estela Canto; Aquí, fronteras, de Abelardo Arias; Jardín de invierno, de Fernando Sánchez Sorondo, y Ganarse la muerte, de Griselda Gambaro.E.M.
La heroica resistencia de los libreros para sortear la censura de la Dictadura
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