No me preocupa la velocidad en sí misma. Hay algo profundamente liberador en un mundo que permite aprender en meses lo que antes exigía años, crear sin pedir demasiados permisos y atravesar fronteras que durante siglos estuvieron custodiadas por el apellido o la fortuna.Sería extraño lamentar que tantas puertas se hayan abierto. Lo que me inquieta es que, al derribar los obstáculos que demoraban nuestra llegada, quizás hayamos reducido también el tiempo durante el cual nos convertíamos en alguien capaz de sostener lo que encontraríamos al llegar.Hubo un tiempo en que aprender significaba precisamente eso: convertirse lentamente en alguien distinto. Se adquiría una habilidad y, al mismo tiempo, se atravesaba un trayecto. En ese trayecto se formaba una conciencia.El tiempo iba dejando, casi sin que lo advirtiéramos, lecciones que solo el propio camino podía enseñar. Formaban un conocimiento difícil de ordenar y casi imposible de transmitir. Se iba acumulando con cada error y cada encuentro, hasta hacernos percibir la diferencia entre tener una capacidad y haber adquirido el criterio para ejercerla.Por supuesto, conviene evitar cualquier idealización. No todo lo que demoraba formaba, ni toda experiencia era necesariamente criterio. Muchas de aquellas demoras eran también formas de privilegio. En el intento de liberar la capacidad de esas barreras, terminamos separándola de la formación que solía acompañarla. Queríamos que más personas pudieran llegar, y llegaron; llegamos. Pero no solo llegamos más personas. Llegamos también mucho más lejos.Durante buena parte de la historia humana, el problema fundamental fue la escasez de capacidades. Viajábamos lento, curábamos pocas enfermedades, producíamos con dificultad lo necesario para vivir, conocíamos demasiado bien el hambre y el frío y accedíamos a una fracción mínima del conocimiento disponible. Vista desde cierta distancia, nuestra historia puede leerse como el extraordinario esfuerzo por ensanchar el campo de lo posible.Y precisamente porque lo estamos consiguiendo, el problema empieza a cambiar.Cuando las posibilidades eran escasas, la pregunta principal era cómo alcanzarlas. Cuando abundan, la pregunta empieza a ser cuáles merecen ser realizadas. Esa tarea depende, sobre todo, de la clase de personas en que nos convertimos mientras llegamos.La revolución tecnológica ha profundizado esa separación. Hemos reducido de manera extraordinaria el tiempo que media entre querer hacer algo y encontrarnos en condiciones de hacerlo. Podemos hablarle a una multitud antes de haber aprendido a escuchar, dirigir equipos antes de haber sido dirigidos, administrar sumas que exceden nuestra imaginación, producir imágenes indistinguibles de la realidad y tomar decisiones cuyos efectos viajarán mucho más lejos que nuestra capacidad de verlos.La herramienta llega antes que la conciencia capaz de gobernarla.Quizá esta asimetría ayude a comprender la fragilidad con que hoy habitamos ciertos lugares de responsabilidad. A veces olvidamos hasta qué punto entre nuestra voluntad y la realidad existen otras voluntades. Las personas aparecen entonces como piezas inmóviles dentro de nuestros proyectos, cuando en realidad son también lugares desde los cuales el mundo es observado, juzgado y transformado. Toda acción entra en una trama que nadie ha tejido por sí solo, que comenzó antes de nosotros y continuará después.Y cuanto mayor es la responsabilidad, más lejos viajan también sus errores.Tal vez por eso cierta firmeza contemporánea tenga algo de inseguridad. Quienes necesitan demostrar que están a la altura quizá todavía estén aprendiendo a habitar el lugar que ocupan. La responsabilidad recién adquirida busca confirmaciones de sí misma; la que ha tenido tiempo de sedimentar puede permitirse algo bastante más difícil: escuchar.La inseguridad, en cambio, acelera. Decide antes de escuchar, simplifica antes de comprender, busca confirmaciones donde serían más útiles las objeciones y lealtades allí donde haría falta criterio. Puede haber inteligencia, buenas intenciones e incluso una voluntad sincera de transformar las cosas. Aun así, permanece ese desajuste entre lo que se puede hacer y la madurez necesaria para sostenerlo.Por eso necesitamos aprender a introducir dentro de la aceleración ciertas formas de resistencia. Resistencia a la irreflexión, a la tentación de confundir posibilidad con conveniencia, movimiento con dirección. Esa forma de resistencia tiene un nombre antiguo, la prudencia.Carece de la épica de la innovación. Es silenciosa, repetitiva, a veces irritante; hace preguntas cuando todos quieren respuestas y obliga a mirar un poco más lejos. Nos recuerda que existe una distancia entre lo que podemos hacer, lo que sabemos hacer y lo que conviene hacer.La erosión del criterio, si está ocurriendo, probablemente tenga la forma de un desgaste lento, como el que produce el agua sobre la piedra, invisible en cada instante y evidente solo cuando se lo observa desde suficiente distancia. La aceleración dificulta, precisamente, esa tarea. Nos toca observar este tiempo desde adentro, comprometidos con el tiempo que intentamos comprender, mientras sus transformaciones todavía se despliegan y nosotros cambiamos con ellas.Entonces, ¿cómo preservar, en un mundo empeñado en acortar todos los caminos, el tiempo que necesita el criterio?
La erosión del criterio
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