La dulce tiranía de lo interesante y lo divertido

La dulce tiranía de lo interesante y lo divertido

En La montaña mágica, la pluma de Thomas Mann convirtió el tiempo en una sustancia espesa, casi mineral. Cada conversación entre Hans Castorp y Settembrini, o cada duelo verbal entre éste y Naphta, avanzaba con una lentitud hipnótica, ajena al vértigo contemporáneo, lejos del mandato actual que exige impacto inmediato, frases veloces, estímulos permanentes. Aquel sanatorio perdido entre montañas funcionaba como un espacio de resistencia frente al apuro. Muchos lectores actuales quizá buscarían el 1,5 capaz de acelerar las páginas de la célebre novela. Cierta sensibilidad contemporánea parece incapaz de tolerar cualquier experiencia ajena al destello.La época transformó la atención en mercancía. Plataformas, medios, universidades, industrias culturales, museos, editoriales, científicos, divulgadores y figuras políticas disputan segundos de mirada ajena en un ecosistema saturado de señales. Jonathan Crary, crítico de arte y ensayista, profesor de Columbia University, describe en 24/7. Late Capitalism and the End of Sleep una cultura atravesada por estímulos permanentes, capaces de erosionar incluso los ritmos biológicos ligados al descanso y la contemplación. Cada pausa parece una derrota frente al flujo incesante de información.Esta lógica reorganiza jerarquías culturales. La importancia y la visibilidad dejaron de caminar juntas. Los temas complejos circulan con dificultad frente a contenidos diseñados para producir reacción instantánea. Un estudio del MIT detectó que los mensajes capaces de generar sorpresa y cierta excitación emocional viajan con mayor velocidad y alcance dentro de redes sociales. La arquitectura digital premia la intensidad, la novedad, el dramatismo. La profundidad y el matiz suelen quedar relegados. La viralidad ha empezado a funcionar como criterio de legitimidad cultural“Durante décadas, el prestigio intelectual y la capacidad crítica conservaron cierta autonomía frente a las métricas inmediatas -observa Yves Citton, profesor de Literatura Francesa y Medios en la Universidad París 8 Vincennes Saint-Denis, especializado en economía de la atención-. El escenario contemporáneo alteró aquel equilibrio. La cantidad de vistas, la circulación viral y la interacción permanente, así como otros indicadores, participan hoy del valor simbólico de la idea. Un ensayo brillante puede desaparecer entre estímulos veloces, mientras una ocurrencia ligera adquiere centralidad global en cuestión de minutos. Atención y relevancia dejaron de ser equivalentes”. ¿Qué experiencias culturales sobreviven cuando cada discurso necesita entretener antes que interpelar? Mann entendía que algunas verdades surgían apenas después de largas demoras. La cultura digital, en cambio, convierte demora en amenaza.Del rating al clicLa disputa contemporánea por la atención corre detrás de cuestiones como alcance, tiempo de permanencia, interacción o viralidad, y cada indicador organiza decisiones editoriales y transforma lenguajes completos. Un estudio de Max Planck Institute detectó una aceleración progresiva en la rotación de tendencias culturales y debates públicos dentro de plataformas digitales. La atención colectiva permanece cada vez menos tiempo sobre un mismo asunto. Esa velocidad modifica la producción misma del conocimiento. La divulgación adopta códigos cercanos al entretenimiento, porque cada contenido compite contra millones de señales simultáneas. “Las plataformas digitales generan incentivos permanentes hacia formas expresivas cada vez más breves y emocionalmente intensas -explica Philipp Lorenz-Spreen, investigador del Max Planck Institute-. Se siente la presión de adaptar ideas complejas a formatos diseñados para maximizar circulación. El problema aparece cuando visibilidad y valor intelectual empiezan a confundirse. Métricas pensadas para captar atención terminan influyendo sobre aquello que merece ser pensado”.Aquello que exige paciencia fortalece capacidades debilitadas por los flujos digitalesLa lógica del rating, tradicionalmente asociada a televisión y radio, atravesó fronteras mucho más amplias. Universidades evalúan impacto digital de sus investigadores. Museos organizan experiencias pensadas para redes sociales. Medios históricos privilegian contenidos capaces de sostener tráfico permanente. “Cantidad de plataformas convierten atención en recurso económico central -recalca Sinan Aral, investigador del MIT y emprendedor-. Ese mecanismo produce una presión estructural hacia contenidos capaces de generar reacción inmediata. Dentro de ese escenario, materiales complejos encuentran mayores dificultades para circular porque exigen tiempo, paciencia y concentración sostenida. Aquello relevante para comprensión pública muchas veces pierde espacio frente a estímulos emocionalmente eficaces”.Esa transformación afecta incluso la manera de formular preguntas públicas. Ciertos temas complejos, ligados por ejemplo a desigualdad, crisis climática o sistemas educativos, suelen requerir contextos extensos, datos acumulativos y zonas de ambigüedad. Los ecosistemas digitales, en cambio, favorecen afirmaciones rápidas, posiciones extremas y narrativas emocionalmente eficaces. La viralidad empieza entonces a funcionar como criterio de legitimidad cultural. “Los actores institucionales terminan adaptándose a esa dinámica, incluso cuando perciben que ciertas dimensiones importantes del pensamiento quedan desplazadas”, afirma Citton.La penalización del aburrimientoEn “Bartleby, el escribiente”, Herman Melville imaginó a un hombre capaz de desarmar la maquinaria entera de la productividad mediante una frase mínima: “Preferiría no hacerlo”. Aquella negativa parecía incomprensible para un mundo organizado alrededor de rendimiento constante. Dos siglos después, la incomodidad frente a cualquier interrupción adquirió otra escala aun mayor. Quietud, demora, contemplación, densidad intelectual, cada experiencia ajena al estímulo permanente genera una sensación cercana al desperdicio. La cultura contemporánea transformó aburrimiento en una falla. Diversas investigaciones comenzaron a estudiar las consecuencias cognitivas de esa aceleración continua. El problema excede productividad individual: afecta formas enteras de pensamiento.La cultura digital instaló además una expectativa emocional específica. Cada experiencia debe ofrecer recompensa inmediata, intensidad perceptiva o novedad constante. “Los entornos digitales contemporáneos producen una sensibilidad cada vez menos habituada a sostener atención sobre estímulos lentos o cognitivamente exigentes -explica Gloria Mark, investigadora de University of California Irvine y especialista en comportamiento atencional-. Cantidad de personas experimentan ansiedad frente a momentos desprovistos de novedad inmediata. Sin embargo, procesos ligados a creatividad, pensamiento abstracto y elaboración emocional suelen necesitar precisamente esos intervalos de aparente inactividad”.La arquitectura digital relega la profundidad y el matizLa penalización cultural del aburrimiento alcanza también la experiencia educativa. Un informe de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) observó dificultades crecientes entre estudiantes para mantener concentración sostenida sobre textos extensos y argumentaciones complejas. Al mismo tiempo, un reciente estudio publicado en Nature analizó la importancia de estados introspectivos y períodos de baja estimulación para el desarrollo cognitivo y emocional. Los momentos de aparente desconexión resultan fundamentales para la consolidación de la memoria, la elaboración simbólica y la construcción de sentido personal. Aquello que la cultura acelerada percibe como improductivo participa, en realidad, de procesos mentales esenciales. Esa transformación modifica incluso la relación con el arte y la literatura. Novelas extensas, películas contemplativas, ensayos filosóficos complejos o piezas musicales desarrolladas alrededor de progresiones lentas encuentran cada vez mayores dificultades de llegada dentro de una cultura organizada alrededor del impacto veloz. “La saturación contemporánea de información genera una paradoja inquietante. Una mayor cantidad de personas consumen enormes volúmenes de contenidos, mientras disminuyen las oportunidades reales de experiencia reflexiva”, señala Mark.Una estética de la relevanciaEn una carta escrita durante 1817, John Keats formuló la idea de la “negative capability”, aquella capacidad humana para habitar la incertidumbre, la ambigüedad y el misterio sin precipitarse hacia respuestas inmediatas. Intuía que ciertas verdades surgían apenas después de atravesar zonas oscuras, lentas, incluso incómodas. Basados en ideas como esta algunos investigadores comenzaron a estudiar formas posibles de reconstruir la atención profunda. Un trabajo de Patricia Greenfield y su equipo de la Universidad de California, publicado en Educational Psychology Review, analizó prácticas vinculadas con lectura sostenida, aprendizaje lento y reflexión crítica en contextos digitales. Sus conclusiones señalan que experiencias cognitivas prolongadas fortalecen capacidades relacionadas con la empatía, el razonamiento complejo y la comprensión contextual. “El pensamiento crítico requiere tiempo acumulativo, conexiones extensas y disposición hacia complejidad -observa Greenfield-. La educación y la cultura enfrentan entonces un desafío central: recuperar espacios capaces de sostener atención prolongada frente la interrupción constante” .La cuestión ya supera el diagnóstico tecnológico. Diversos ensayistas contemporáneos comenzaron a explorar una estética fundada en la densidad, la duración y la resonancia interior antes que en la intensidad inmediata. En su libro Resonancia, el filósofo alemán Hartmut Rosa propone una relación diferente con el mundo, basada en experiencias capaces de transformar subjetividad mediante un vínculo profundo y sostenido. Investigaciones recientes acompañan esa intuición. Un estudio desarrollado por la Universidad de Toronto detectó que la lectura intensiva de literatura y la contemplación artística favorecen niveles mayores de tolerancia hacia la ambigüedad y la complejidad. Aquello que exige paciencia fortalece precisamente capacidades debilitadas por los flujos digitales fragmentarios. “Las experiencias transformadoras suelen emerger mediante formas de atención lentas. La literatura, el arte, el pensamiento filosófico, incluso la verdadera conversación demandan una disponibilidad distinta frente al tiempo -sostiene Greenfield-. Recuperar lo importante frente a la fascinación instantánea implica también reconsiderar el valor del silencio. En las plataformas digitales todo debe circular y actualizarse. Dentro de este paisaje, escuchar con demora, leer sin interrupciones, atravesar cierta dificultad intelectual, sostener la atención en aquello que inicialmente parece opaco representan hoy una forma de resistencia cultural”.Un reciente informe del Reuters Institute observó un crecimiento sostenido de audiencias interesadas en formatos extensos, newsletters analíticos y producciones periodísticas de investigación alejadas de dinámicas virales tradicionales. Hay una fatiga frente a la saturación digital. Mientras el sanatorio de La montaña mágica permanecía suspendido en una temporalidad ajena al vértigo europeo, Hans Castorp descubría que ciertas verdades apenas revelan su forma después de largas permanencias. Pareciera que aquello verdaderamente decisivo casi nunca llega haciendo mucho ruido, como la nieve cayendo sobre Davos en las páginas de la novela de Mann.

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