Kafka y la demencia de escribirnos cartas

Kafka y la demencia de escribirnos cartas

Desde Ciudad de MéxicoHabía terminado la lectura de Adiós a todo eso, y no encontraba el libro que pudiera dialogar con los sentimientos que las descripciones de guerra habían evocado, cuando recibí el correo de un amigo que, haciendo referencia a una correspondencia suya no correspondida, observaba lo siguiente: “Estoy seguro de que el correo le llegó (¿has leído las cartas de Kafka a Felice, con la imagen constante de las cartas que él piensa que ella le escribe y no le llegan, perdiéndose siempre en algún lado?), y de que la dirección a la que escribí fue la correcta, así que supongo no queda más que esperar”. Sabía que tenía el libro, nunca leído, así que fui por él y lo comencé ese mismo día. ¿No es la mejor manera de llegar por fin a una lectura: a través de una sinapsis inimaginable un minuto antes – una mención azarosa en otro libro, en una conversación, en una correspondencia?En la primera carta que Franz Kafka envía a Felice Bauer (septiembre de 1912) aparece algo que me interesa: la mitad del tiempo habla de la escritura de cartas. En la segunda, una semana después, continúa haciéndolo: “No hago sino parlotear sobre mi carta anterior, en lugar de ponerme a escribir las muchas cosas que tengo que decirle”. Recordemos que se dirige a quien solo ha visto una vez, de noche, cinco semanas antes, en una situación un tanto desfavorable. Una carta tremenda para ser apenas la segunda; le dice: “Una lluvia de neurastenias cae ininterrumpidamente sobre mí. Lo que quiero ahora al momento siguiente ya no lo quiero”. Y le pide –casi le exige– respuestas, hasta “un pequeño diario” para calmar, o alimentar, ese nerviosismo.Muy pronto las cartas comienzan a ser diarias, y después dos, tres al día. Esas “muchas cosas que tengo que decirle” nunca llegan, pues Kafka sigue escribiendo sobre las cartas mismas. Hacia la quinta o sexta comienzo a anotar las repeticiones, las insistencias, y el nerviosismo de los corresponsales comienza a invadirme. (Las de Felice no se conservan, pero uno alcanza a inferirlas). ¿Por qué, me pregunto, no se cuentan cosas; por qué solo hablan de cartas; a dónde los va a llevar sino a una situación insostenible?Escribo este encabezado en un cuaderno: “Temas principales de las cartas de Franz Kafka a Felice Bauer”. Y esto es lo que va apareciendo: el recuerdo de haber recibido una carta; la necesidad casi compulsiva de escribir y recibir cartas; la hora a la que llegan las cartas; quiénes hacen entrega de las cartas; cuánto tardan las cartas en llegar; la hora a la que se escriben las cartas; los motivos para escribir cartas; la densidad y la extensión de las cartas; la imaginación acerca de la lectura de cartas futuras; los sobres que contienen las cartas; la puntualidad y los hábitos del cartero; las dificultades y azares de los recorridos que tienen que hacer las cartas para llegar a destino; las cartas perdidas; los sentimientos al leer una carta; disculpas por no escribir más cartas; invitación a escribir menos cartas; exigencia de escribir más cartas; la sospecha de cartas perdidas o mal manejadas; la búsqueda en el edificio de posibles cartas no entregadas; el trabajo interrumpido o imposible de realizar por estar esperando o pensando en una carta; los trastornos de salud asociados a la lectura o la escritura de cartas; disculpas por no responder a las preguntas de la carta previa; la demanda de explicaciones que justifiquen la demora en contestar una carta; las diferencias entre una carta y una conversación; las posibilidades y las maldiciones de la escritura de cartas; la imposibilidad de escribir libros por pasar todo el tiempo libre leyendo y escribiendo cartas; el papel en el que se escriben las cartas; cómo se deben escribir las respuestas; lo poco productivo que es hablar de estos temas; hipótesis de por qué las cartas no se contestan; la promesa de escribir una carta posterior; lamentaciones por los días en que no se reciben cartas; la atención que se presta a la hora del día en que usualmente aparece el cartero, por la mañana o la tarde; la actitud del cartero cuando entrega las cartas, y lo que podría esconderse detrás; cuántas veces se releyó la carta recibida; el insomnio causado por todo lo relativo a la correspondencia; disculpas por ser tan obsesivo con la correspondencia; el conteo de cartas prometidas en otras cartas versus las cartas realmente recibidas; descripción de las cartas escritas pero no enviadas; el almacenamiento de las cartas recibidas y su resguardo; contradicciones detectadas entre una carta y otra; las diferencias y posibles ventajas entre la carta ordinaria, la exprés, la registrada y el telegrama; los inconvenientes de ir a la oficina de Correos a preguntar por las posibles cartas perdidas; cómo el hablar de cartas todo el tiempo solo puede conducir al sufrimiento…Urgencia e impuntualidadEn la introducción a la edición de Schocken, Erich Heller escribe que Kafka, sabiéndolo o no, comienza a escribirle a Felice “buscando en ella un refugio frente a la irrupción de su ‘irrealidad’”, y cómo las cartas mismas “todo el tiempo están al borde de convertirse ellas mismas en literatura, mitificándolo todo, unas veces con una tristeza abismal, otras con un tono francamente cómico”.En El otro proceso. Las cartas de Kafka a Felice, dice Elias Canetti: “No se trata de un epistolario trivial [...], sino que está al servicio de su escritura. Dos noches después de su primera carta a Felice escribe ‘La condena’, de un tirón, en una sola noche, en diez horas. Se diría casi que con esta obra queda establecida su autoconciencia de escritor. [...] Durante la semana siguiente surge ‘El fogonero’, y en el curso de dos meses, otros cinco capítulos de América. Durante una pausa de dos semanas en la composición de la novela, escribe La metamorfosis. Se trata, por consiguiente, y no solo desde nuestra perspectiva posterior, de un período extraordinario; son pocas las épocas que, en la vida de Kafka, puedan compararse con esta”.Sigo leyendo: la desgracia de que las cartas sean leídas por personas ajenas al destinatario; los malentendidos que inevitablemente causan las cartas; lo que se anexa a las cartas: recortes de periódico, por ejemplo; todo lo que queda sin decir en las cartas por la hora o por falta de tiempo, espacio y ánimo; las cartas que reciben de otras personas; comparación entre distintas etapas de la correspondencia; comparación entre los diversos cometidos y tonos que puede adoptar una carta; telepatía entre corresponsales; la destrucción de cartas después de leerlas; las mentiras que se dicen en las cartas; las maneras correctas, y las incorrectas, de leer una carta; observaciones sobre los días de la semana en que se escribieron cartas, y el cálculo, en consecuencia, sobre los días y horas en que deberían de ser entregadas; cartas mencionadas en otras cartas, sobre todo aquellas no recibidas; la posibilidad de que las cartas perdidas los estén separando en lugar de unirlos; lo que podrían decir en el futuro las cartas que aún no han sido escritas; la eternidad que transcurre entre dos cartas, así sea medio día; las cartas en donde cuentan a otras personas detalles de la correspondencia entre ellos; el resentimiento hacia actividades que impiden la escritura de cartas; la imposibilidad de escribir cartas a más de un destinatario al día; la posibilidad de que ambos corresponsales reciban, al mismo tiempo, cartas del otro, y las lean simultáneamente sin saberlo…La carta del 19 de noviembre de ese año me deja pasmado. Copio una parte: “Está muy bien el que pongamos fin a la demencia de escribirnos muchas cartas, ayer sin ir más lejos yo mismo empecé una carta sobre este asunto y te la enviaré mañana, pero [...] ¿cómo debo explicarme el hecho de que, según tú misma dices, recibiste, o por lo menos te enteraste de que existía, mi última carta certificada el viernes por la mañana, y sin embargo no la contestaste hasta el sábado, y en tu carta del sábado dices que escribirás otra vez, pero no lo haces, y el lunes, en lugar de las dos cartas prometidas no recibo ninguna, y en el transcurso del domingo no me escribes ni una palabra hasta la noche, una carta que, bien es verdad, me hace feliz en la medida en que aún soy capaz de serlo, y, para terminar, incluso el lunes no me habrías escrito, ni más ni menos que no me habrías escrito de no haber yo telegrafiado, puesto que tu carta urgente es la única que tengo del lunes?”. En la misma carta, en una hoja adjunta, añade: “Ahora me doy cuenta de que en tu carta del domingo me prometías también sin falta carta para el lunes”. Dice Canetti: “La primera impresión que me produjo la lectura [del epistolario] fue de penosa perplejidad y de vergüenza”.Termino mi lista: la calidad de la letra manuscrita empleada en la correspondencia; la imposibilidad de usar una máquina de escribir para la correspondencia personal; los esfuerzos que se hacen durante la escritura de cartas para no aburrir o preocupar al destinatario; la posibilidad de posponer a un momento más tranquilo la lectura de las cartas recién recibidas; la insuficiencia de las palabras para expresar sentimientos amorosos; las interrupciones que suceden durante la escritura de cartas; el grave estado de intranquilidad y las manías que ocasionan las cartas perdidas en tránsito; las cartas que llegan abiertas; la hora ideal para escribir una carta, y cómo cambia según el día de la semana; la cantidad alarmante de horas empleadas en escribir cartas; los lugares de escritura de cartas: oficina, casa, transporte público, escritorio, cama, etc.; los sueños que involucran cartas, telegramas u otras formas de comunicación instantánea; los buzones específicos en que se depositan las cartas… Y los temas se repiten una y otra vez en todas las variaciones posibles.Y ahí me detengo, no anoto más. Es enero de 1913, han pasado apenas cuatro meses y la correspondencia se siente como una oscuridad que me invade por dentro; debo abandonarla por un tiempo, y cuando la retome lo mejor será no hacerlo por las noches. He leído solo las primeras 100 cartas de 500. Pienso en los personajes, en otros libros de Kafka, que no se parecen a este –o sí, si se piensa bien–, en la voluntad que tenía de haber destruido todas esas páginas, en la manera en que este epistolario influirá en la relectura de su obra.Pienso también, como ellos, en el hecho mismo de una correspondencia, de su necesidad urgente, y en cómo esa necesidad se vería o se resolvería hoy. La incertidumbre de las circunstancias de su época –cartas demoradas, perdidas, traspapeladas, ineficiencia postal– crea una especie de momentum que deviene carácter. Vemos la ansiedad que sienten por otras formas de comunicación mucho más eficiente, y en mayor cantidad. Es esa incertidumbre lo que le da su fuerza emocional –aunque rápidamente se desborda–: los momentos de espera, de no saber, llegan a volverse insoportables. “Publicadas en un volumen de 750 páginas, estas cartas testimonian cinco años de tortura”, inicia Canetti su postulado.Jacobo ZanellaEditor mexicano. Bio completaRecibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOFranz KafkaLiteratura

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