“Siempre tuve una marcada fascinación por las mujeres mayores de clase alta, las «viejas paquetas»”, confiesa Julián López (Buenos Aires, 1965), después de servir dos tazas de café en su departamento de San Telmo. Está rodeado de plantas verdes, aunque se queja de un hongo blanco que arrasó con buena parte de las macetas. “El remedio casero llegó tarde. Ya no había nada que hacer”.Poeta y novelista, López publicó los poemarios Bienamado y Meteoro, y novelas como Una muchacha muy bella, La ilusión de los mamíferos y El bosque infinitesimal, traducidas a otros idiomas. En Las iracundas (Random House), su última novela, la voz narrativa es la de una mujer mayor que habla con notable impunidad y desenfado.“Me interesaba indagar en una noción de clase que, cuando yo era chico, no resultaba tan despiadada como la actual. Una persona acomodada no era ordinaria en su trato ni ejercía el maltrato. La jefa de mi madre, por ejemplo, era una mujer muy atenta que me regaló uno de los libros más formativos de mi infancia, Preguntas y respuestas para niños curiosos –recuerda–. Su madre, una señora inglesa, tomaba té en un mate con bombilla de plata. Eran personalidades singulares, ajenas a esa ordinariez casi feroz de los ricos contemporáneos. A partir de personas reales que admiro y que poseen ese lenguaje distinguido, construí una suerte de criatura frankensteiniana”.–¿Construiste a la protagonista con ese propósito?–Sí, el de rescatar una cultura de clase donde la elegancia y el acceso a la cultura funcionaban como un gesto distintivo y no como mera ostentación.–¿Dónde situás el quiebre de esa convivencia social?–Antes la división de clases estaba claramente demarcada, pero el vínculo no era humillante. De joven trabajé como cadete y visité una residencia muy aristocrática: se entraba por la puerta de servicio, pero el trato conservaba cierta consideración. Ese tejido empezó a deteriorarse en los años noventa, por un proceso netamente político. Antes el refinamiento era un valor; hoy la tilinguería se volvió virtud. Mi protagonista se enfurece ante eso. Es una mujer anacrónica, con prejuicios de clase, pero honesta en su malicia y en su mirada del mundo.–La novela está armada con cartas dirigidas a Frau, una antigua amante cuya ausencia domina el relato. ¿Por qué elegiste la forma epistolar?–Se trata de alguien que quedó sin palabras ante el dolor del desamor y emprende una transfusión verbal. Sabe que Frau no la espera para leer lo que escribe y comprende que enviarle los textos es inviable. Toda novela, en el fondo, es una carta remitida a un destinatario incorpóreo: el destino de la escritura es la lectura, no los lectores empíricos. La ausencia es el grado cero de mi literatura. Todas mis novelas abordan, bajo el ropaje del melodrama, la experiencia de haber perdido algo, y el uso de la lengua es siempre un intento de sutura. En un pasaje, la narradora advierte que la lapicera rasga la hoja y la tinta actúa como merthiolate: la escritura es a la vez herida y cicatriz.–Hay referencias a Victoria Ocampo, María Moreno y Emilio Renart. ¿Buscabas hacer un balance generacional?–Es un homenaje zumbón y melancólico a una constelación de figuras insoslayables del arte y la literatura argentina del siglo XX. Extraño mucho a esa cofradía cultural que combinaba un rigor estético superlativo con una profunda conciencia social. Hoy predomina una idolatría de la juventud; cuando yo me formé, los referentes eran figuras mayores a quienes admirábamos desde un vínculo jerárquico e implacable. El mundo cambió y no tiene sentido comparar con resignación, pero quise dejar un agradecimiento genuino a esa tradición que me nutrió.–La protagonista expresa opiniones corrosivas y políticamente incorrectas. ¿Creés que el panorama literario actual restringe esas voces?–Se instaló la suposición equívoca de que el personaje equivale al autor, como si no hubiera mediación del narrador. Yo soy infinitamente más pedestre, cobarde, correcto y dominado por pequeñeces que la protagonista de mi novela. El arte permite formular ideas y posturas que uno jamás se atrevería a pronunciar en la vida diaria. Muchas veces la obra es más interesante que quien la escribe.–La travesía remonta el Paraná y el barco va perdiendo el rumbo. ¿Qué encontraste en esa deriva del viaje?–El Paraná carga con una gravitación literaria insoslayable: es un río por el que bajan letras y convoca la herencia de Saer, de Juan L. Ortiz…. Como soy un escritor netamente urbano y porteño, entrar en ese paisaje exigía cuidarme de la postal pintoresquista y del costumbrismo. Navegar a contracorriente da perspectiva, una mirada a contrapelo de lo previsible. Todo entra en entropía: las cartas no llegan a destino, el viaje pierde su objetivo y la residencia artística deriva en una pérdida absoluta de utilidad. En un sistema que exige que cualquier acción rinda beneficios inmediatos, el viaje inútil y la pérdida de rumbo son actos de emancipación. Personalmente, nunca tuve una vocación productiva convencional ni una formación académica tradicional; mi relación con la literatura nació de ese retraso y esa dispersión.–La narradora queda deslumbrada por la obra de una artista joven a la que antes despreciaba. ¿Qué lugar ocupa el asombro en la novela?–La conmueve lo incalculado. Estar a merced de la contingencia es lo único auténtico que nos queda frente a una época gobernada por algoritmos que anticipan nuestras preferencias. El algoritmo anula la sorpresa porque nos ofrece lo que ya aprobamos de antemano. Frente a esa domesticación, el arte y los libros de poesía son una trinchera: materiales capaces de descolocarte y arrancarte de las seguridades inertes en que vivimos.–Esa mirada crítica toca también la realidad social del país. ¿Cómo analizás nuestro presente?–Lo que más me aterra del clima social es el goce por el odio hacia los pobres. Asistimos a una pérdida deliberada de la empatía. Se naturalizó ver familias enteras durmiendo a la intemperie o comiendo de los contenedores de basura, mientras prolifera una sobreprotección enternecida hacia las mascotas. Eso convive con la falacia meritocrática del emprendedorismo: nos convencieron de que quien no progresa fracasó o no se esforzó lo suficiente, y se oculta que detrás de los presuntos casos de éxito suele haber herencias y capitales familiares.–Frente a esa lógica mercantil, solés valorar los espacios públicos de lectura.–Saber que mis libros están en bibliotecas públicas y que se consultan sin mediación económica me da una satisfacción inmensa. Por supuesto que deseo que mis obras se vendan, pero el arte reside fundamentalmente en la circulación comunitaria. El préstamo entre amigos y las lecturas compartidas crean una trama afectiva insustituible. El libro debe circular libremente.–En la novela hacés una defensa de la inutilidad del arte. ¿Cómo la transmitís en tus clases?–En la Universidad Nacional de las Artes insisto en rescatar el valor del aburrimiento y de lo inútil. Formarse técnicamente es provechoso, pero la escritura sigue siendo un encuentro íntimo e imprevisto. Es un trabajo muy exigente que demanda un tiempo difícil de financiar en un contexto socioeconómico tan adverso como el nuestro.–La sexualidad en la vejez ocupa un lugar central en la relación de la protagonista con Barrios, el mozo del barco. ¿Cómo abordaste ese erotismo?–Me interesaba explorar una sensualidad que brota en un cuerpo que se desvanece. Lejos de sentir rechazo ante la vejez, la narradora siente una fascinación inédita al descubrir una sensualidad que no entraba en sus previsiones. El encuentro con Barrios es una erupción del deseo despojada de solemnidad. No hay una vuelta a la heterosexualidad ni etiquetas definitivas: es la irrupción del goce vivo frente al descarte que la cultura suele imponer sobre los cuerpos ancianos.–El texto incluye fragmentos de cartas ajenas, como las de la madre de Barrios. ¿Por qué decidiste intercalar otras voces y cartas en el relato?–Quería que la narración fuese interrumpida por otra clase de literatura. Barrios le demuestra a esta mujer aristocrática que él también proviene de un linaje sensible y que tiene una historia propia para contar. Siempre me fascinaron las literaturas que quedan ocultas. De hecho, en un principio pensé escribir una novela a partir de dedicatorias. La investigación se volvió compleja, pero la chispa inicial provino de un libro que compré en una librería de usados hace muchos años. Me obsesiona esa literatura que viaja dentro de los libros: textos en circulación que dejan huellas imprevistas en vidas anónimas.–¿Qué función cumple la música popular en tu prosa?–Crecí durante la dictadura escuchando a Violeta Parra y, a la vez, fui devoto del pop comercial, de Los Iracundos y de los melodramas. La música popular sitúa con precisión la pertenencia de clase y la época de los personajes. Cuando, hacia el desenlace, interviene la cantora de tango, las distancias sociales de la protagonista se desarman: la conmoción artística prevalece sobre cualquier impostura de clase.–Aunque la narrativa ocupa un lugar central en tu obra, solés decir que la poesía sigue siendo su centro de gravedad. ¿Por qué?–La poesía es el horizonte último de la escritura. Es el territorio donde la lengua y el lenguaje colisionan. La protagonista dice que ellos buscaban «un texto», una lírica que sostuviera la condición humana. Me entusiasma ver que hoy las generaciones más jóvenes leen y publican poesía sin la solemnidad elitista de otras épocas, sosteniendo ferias y sellos independientes donde el lenguaje vuelve a circular en comunidad.Julián López básicoNació en Buenos Aires, en 1965.Publicó los libros de poemas Bienamado (2004) y Meteoro (2020) y las novelas Una muchacha muy bella (2013), La ilusión de los mamíferos (2018) y El bosque infinitesimal (2022).Ha sido traducido al francés, inglés, italiano y neerlandés.Da clases de escritura en la Universidad Nacional de las Artes.Las iracundas, de Julián López (Random House).
Julián López, sobre su esperada novela: “El arte permite formular ideas incómodas”
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