En la era tecnopolar, si el abanderado del avance de los tycoon digitales en la Casa Blanca de Donald Trump era Elon Musk, detrás de él habían conquistado posiciones otros líderes de la industria y de las finanzas con visiones filosóficas e ideológicas más sólidas y articuladas. […]Peter Thiel, profundamente influido por el filósofo francés René Girard, que fue su maestro en Stanford, pero también fascinado por el mundo fantástico de El Señor de los Anillos, de Tolkien, es difícil de seguir en sus recorridos tortuosos. Es el primero en invertir en la start up de un muchachito llamado Mark Zuckerberg, al que explica, usando precisamente las tesis de Girard, que su Facebook puede tener gran éxito también fuera de los recintos universitarios, porque la gente desea comportamientos imitativos: así nacen los like. Thiel gana dinero a manos llenas con Facebook, pero toma la dirección opuesta: construye su éxito empresarial abriendo nuevos caminos, saliendo del rebaño de los imitadores, como explica en Zero to One, su libro más famoso, con el cual escandaliza a industriales, financieros y economistas presentándose como un capitalista que, antes que el liberalismo económico, prefiere el culto del “monopolio creativo”. Pero luego pasa de las teorías de gestión a las políticas e, inspirado por las novelas de la ultraliberal Ayn Rand, publica un ensayo que hace aún más ruido, The Education of a Libertarian, en el cual escribe: “Ya no creo que la democracia y la libertad sean compatibles”. Los sistemas parlamentarios son ineficientes, dice, mientras que, si se confía en las tecnologías inteligentes, se pueden tomar decisiones rápidas y óptimas. Además, “si tienen espacio, las fuerzas democráticas terminarán por comprimir el poder de los capitalistas, restringiendo su libertad”. Piensa que Trump, con sus ideas que rompen los esquemas, puede ser el ariete que abra nuevos caminos. Pero el presidente terminará por echarlo. Peter se retira, decepcionado, de la política: “Por lo visto, no entiendo nada de esto”. Hasta que Musk lo convence de volver al ruedo. Pero el Thiel de 2024 es diferente: su poder, más que de la relación con Trump, emana de la corporación Palantir, que produce sofisticadísimas tecnologías de análisis de datos por cuenta del Pentágono, de la CIA y de los servicios secretos de medio mundo, pero también de gobiernos, grandes industrias, bancos. Un gigante informático del que se habla poco porque no vende productos a los consumidores, pero que, al tener la capacidad de reunir y analizar los datos de los ciudadanos en varios campos (situación fiscal, datos biométricos, información personal relativa al registro civil, la educación y demás), estaría en condiciones de construir un mapa de la ciudadanía potencialmente utilizable para crear un sistema de rating social de los ciudadanos análogo al que funciona en China.Estados Unidos por dentro. Retrato de un sueño en crisis. Massimo Gaggi y Tamara Jadrejcic. Edhasa .Quien gestiona Palantir, sin embargo, es hoy sobre todo el cofundador, compañero de ruta de Thiel y actual director ejecutivo, Alex Karp. Y mientras Peter, guiado por una visión religiosa absolutamente personal, da conferencias denunciando obsesivamente la llegada de un Anticristo que identifica, según el caso, con quienes querrían regular el uso de la inteligencia artificial o, incluso, con los líderes ambientalistas (saca a relucir incluso a Greta Thunberg), Karp emerge como la mente tecnocrática más lúcida: como empresario y, cada vez más, como ideólogo. En su ensayo La república tecnológica, publicado en 2025, se propone como el guerrero decidido a batirse contra el declive de Occidente, cada vez más amenazado por el ascenso de China y del Sur global. Según él, hay dos batallas que librar: una contra la pérdida de identidad de las sociedades y las democracias occidentales debilitadas por el multiculturalismo y por fenómenos de auto-denigración paralizante. La otra, para basar la competencia tecnológica con China no solo en la potencia de sus respectivas inteligencias, sino también, y sobre todo, en su uso. En efecto, mientras Pekín orienta sus empresas hacia el desarrollo de tecnologías destinadas a reforzar las estructuras del país -militares, sanitarias, educativas, además de todos los sistemas de infraestructura-, según Karp en el Estados Unidos de Silicon Valley todos, con la excepción de Palantir, han tomado otro camino, el de las tecnologías destinadas al gran público de consumidores: productos informáticos seductores que atraen por su ligereza. Aquellos que el régimen chino desincentiva considerándolos “opio digital”: cosas que distraen, ofuscan las mentes. Y que el gigante asiático ha exportado hacia Estados Unidos y el resto de Occidente con TikTok. El CEO de Palantir, Alex Karp, habla durante el Foro de Davos, en enero pasado FABRICE COFFRINI - AFPLos llamamientos de Karp —un exdemócrata que ahora dice apreciar la mano de hierro de Trump— suscitan reacciones encontradas. Hay quienes le reconocen el coraje de haber roto ilusiones buenistas al traer de nuevo a la superficie una vieja y controvertida tesis sostenida por Samuel Huntington en El choque de civilizaciones: “El ascenso de Occidente no fue posible gracias a la superioridad de sus ideas, de sus valores, sino a su superioridad en el uso de la violencia organizada”. Karp lo comparte y añade: “Los occidentales a menudo lo olvidan, mientras que los demás regímenes del mundo lo tienen siempre muy presente”. Y se comportan en consecuencia. Pero algunos directivos que dejaron Palantir publicaron una carta abierta en la que denuncian un brusco cambio de rumbo de Karp y una consiguiente metamorfosis empresarial: un liderazgo que habría abandonado los ideales fundacionales “esenciales para garantizar aplicaciones éticas de la tecnología”, mientras que ahora prevalece un lenguaje incendiario y quien critica “recibe amenazas violentas”. Existe el temor de que Palantir, ya implicada en 2018 en el escándalo de Cambridge Analytica (el descubrimiento de que los datos de 87 millones de usuarios de Facebook recogidos con fines de investigación académica en realidad fueron usados para alimentar la campaña electoral digital de 2016 de Trump), cree una “sociedad de la vigilancia”. El propio nombre elegido por los fundadores parece ir en esa dirección: en la mitología de El Señor de los Anillos, Palantir es el nombre de las antiguas “piedras videntes” creadas por los elfos. El biógrafo de Karp, Michael Steinberger, observa que los “valores occidentales” que defiende han variado con los años: de la defensa de la democracia liberal a la creación de una red de gobiernos nacionales unidos por el común legado judeocristiano. Un repliegue que parece dictado por el miedo. Un miedo que, unido a la vicisitud no teorizada explícitamente por los magnates de la tecnología, pero claramente latente, de formar parte de un pequeño grupo de iluminados que salvará el mundo, o en todo caso lo transformará, lleva a muchos de ellos a la búsqueda frenética de avances científicos que prolongen la vida. O empeñados en buscar refugios para ponerse a salvo en caso de eventos catastróficos. En cualquier caso, se sienten argonautas que solo podrán salvar un pedacito de humanidad. Que es, en el fondo, la idea de Musk cuando piensa en crear una colonia en Marte donde refugiarse en caso de devastación de nuestro planeta. Trump, pese a la disputa con Musk, tiene relaciones estrechas con este mundo: por interés privado (él y su familia se están enriqueciendo con las criptomonedas, gracias también a los acuerdos con los líderes de la economía digital), pero sobre todo porque el mundo de la IA es esencial en el enfrentamiento tecnológico y geoestratégico con China y tiene un gran peso económico y, por lo tanto, político: la economía estadounidense crece porque hay grandes inversiones digitales y en inteligencia artificial. Sin ellas, el paísestaría en recesión, con todas las consecuencias que eso tendría en el plano político y electoral. Una integración con el mundo de la tecnología que el académico y ensayista Giuliano da Empoli ha descrito como una apertura de las puertas a la “carga de los depredadores de la posdemocracia”, mientras que el joven estudioso francés Gilles Gressani ha definido esta colaboración cada vez más estrecha de los líderes de las big tech con Trump como “tecnocesarismo”. Contra esa colaboración ha entrado en liza el frente de los conservadores tradicionalistas que, también empeñado en imponer una visión política autoritaria, está decidido a contrarrestar la influencia de los líderes del mundo digital sobre la Casa Blanca. Steve Bannon, estratega de la primera victoria electoral de Trump e influyente activista e ideólogo de la ultraderecha, demoniza a quienes define como “tecno oligarcas hostiles a nuestro populismo y nacionalismo económico, futuristas y transhumanistas, progresistas paganos disfrazados”. Y sostiene que cortejan a Trump solo porque quieren favores y manos libres en el uso de la tecnología, “demoniacos en su desinterés por el destino del ser humano”.Por Massimo Gaggi y Tamara Jadrejcic
¿Inteligencia para la humanidad o tecnocesarismo?
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