La noticia provocó un justificado revuelo la semana pasada: unas 40 alumnas del Colegio Modelo Lomas, en Lomas de Zamora, denunciaron que habían aparecido desnudas en imágenes manipuladas con Inteligencia Artificial, difundidas en redes y en sitios pornográficos, con sus verdaderas identidades. El retoque digital habría corrido por cuenta de compañeros de las propias chicas.Semanas atrás, denuncias similares se habían producido en la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini y en el Colegio Nacional de Buenos Aires, colegios dependientes de la UBA . En el primer caso, según dijeron padres y alumnas, las chicas habían recibido amenazas después de que se diera a conocer que un grupo de chicos compartía, y vendía, imágenes de sus compañeras de estudios, reales y manipuladas con IA, que las mostraban sin ropa. No eran tampoco los primeros casos reportados en el país.La preocupación crece, y con toda razón. Es otra forma, perversa, de la violencia, y de la violencia sexual sobre todo, que se despliega en redes contra chicas y mujeres, con su carga de angustia, impotencia, y vergüenza. Porque paradójicamente, la vergüenza queda del lado de las víctimas.Según informes de ONU Mujeres y del PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo), el 73% de las mujeres ha sido expuesta o ha experimentado algún tipo de violencia en Internet a lo largo de su vida.Un paper del Secretario General de Naciones Unidas de 2024 sobre la violencia contra las mujeres y las nenas facilitada por la tecnología muestra un panorama más que preocupante: 9 de cada 10 usuarias ha presenciado ataques online hacia otras mujeres. El 70% de quienes han sufrido violencia digital han enfrentado asimismo ciberacoso reiterado. El 90% de las víctimas de distribución no consentida de imágenes íntimas o de contenido sexual son femeninas, y el 95% de las deepfakes (contenidos sexuales falsos) en Internet representan a mujeres.En América latina, 9 de cada 10 mujeres ha experimentado alguna forma de violencia facilitada por la tecnología. El trabajo señala que la violencia digital arranca a edades tempranas: más de la mitad de las nenas y adolescentes que navegan en la web ha sufrido violencia online. Gran parte reporta su primera experiencia de acoso en redes sociales entre los 14 y los 16 años.Datos difundidos por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires un tiempo atrás revelan que 1 de cada 3 mujeres, en Argentina, sufrió violencia de género digital. El 59% recibió mensajes sexuales o misóginos; el 70% modificó su uso de las plataformas después de sufrir abuso o acoso digital y 36% dejó de publicar o compartir ciertos temas por miedo a ataques.¿Cuáles son las formas más frecuentes que adopta la violencia digital? Ciberacoso; difusión de contenido íntimo sin consentimiento; suplantación y robo de identidad; amenazas de violencia sexual o física; monitoreo, control y vigilancia en línea; discursos de odio. Todas estas conductas conspiran, directamente, contra la salud mental, la seguridad, el equilibrio y la libertad de expresión de las víctimas, impidiéndoles llevar una vida normal. Como se suele repetir, la violencia digital no es virtual; es real.Se calcula que cerca del 44% de las mujeres y niñas en el mundo -unos 1.800 millones-carecen de protecciones legales específicas frente al abuso digital- Menos del 40% de los países tienen leyes específicas contra el ciberacoso. En Argentina, la ley Olimpia (Ley 27.736), sancionada en 2023, incluye la violencia digital entre las modalidades de violencia contra las mujeres de la Ley 26.485. No parecería ser suficiente frente a cierto tipo de conductas, como algunas de las aquí descriptas.Más allá de leyes y de la tarea de la Justicia, se impone un fuerte trabajo de educación, en el que las escuelas y las familias actúen coordinadas, codo a codo, creando conciencia en chicas y chicos, hablando de derechos, deberes, límites y respeto. Para que, como dijo la francesa Gisele Pelicot en el juicio contra su ex marido por haberla violado y haberla hecho violar reiteradamente, de una vez por todas la vergüenza cambie de bando.
IA y violencia sexual: que la vergüenza cambie de bando
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