Gospodínov: sin división entre ficción y ciencias

Gospodínov: sin división entre ficción y ciencias

Mitos continentales, familiares y personales se acumulan con ánimo naturalista en Física de la tristeza, reeditada novela que le dio reconocimiento global a Gueorgui Gospodínov (Bulgaria, 1968). Publicada originalmente en 2011, la narración adopta la figura del minotauro cretense y su proverbial congoja en superposición a la reclusión del escritor protagonista en un sótano y el lazo de este con un abuelo abandonado de niño. Reticente a cualquier linealidad y obstinado en su laberinto, Gospodínov tira de múltiples hilos de Ariadna para armar una antinovela de ensayos, recuerdos, recetas de cocina, diálogos filosóficos, fábulas y pasajes surrealistas; un fresco acuarelado de miniaturas que se fundamentan en el conjunto de objetos, listas, cajas y cuadernos que el escritor atesora en su melancólica guarida, suerte de Arca de Noé o museo vivo que se presta a la reconstrucción arqueológica.Esa conciencia de las ruinas conecta con la biografía del autor, que se inició a la escritura en una década de 1990 que encontró a su generación recién liberada del yugo socialista. La sospecha ante todo discurso definitivo promovió la obra tempranamente abierta y frágilmente rebelde de Gospodínov, que en su debut narrativo Novela natural se preguntaba: “¿Cómo es posible la novela hoy en día, cuando se nos ha privado de lo trágico? ¿Cómo es posible en absoluto la idea de novela, cuando lo sublime está ausente?”. Allí el autor ya anunciaba su deseo programático de concebir “una novela construida por un sinfín de partículas pequeñas, de sustancias primordiales”, afán flaubertiano que se consuma en Física de la tristeza pero que irradia hacia todo su trabajo posterior, que puede leerse como una única y recursiva novela. La incertidumbre de Gospodínov es finalmente política, en tanto la sombra del simulacro democrático es otra constante en sus ficciones, donde la invocación del viajero temporal Gaustín sirve para diseccionar temáticas como la memoria y el olvido colectivos, la reconstrucción forzada del pasado y la sensación omnipresente de que el tiempo ya no corre, cuestiones que acabó de profundizar en Las tempestálidas (ganadora del Premio Booker 2023).¿Qué incentivó el recurrir a formas híbridas y fragmentarias, imbuidas de metáforas científicas? “La novela tiene la libertad de sentir curiosidad por cualquier cosa, de reunir en su seno todas las ciencias, de moverse por las fronteras entre campos, de conectar elementos que ninguna ciencia por sí sola puede hacer. Me gusta arriesgarme con el género y la forma de contar una historia; a veces me percibo un naturalista, un botánico ingenuo. Otras veces me dan ganas de explorar la tristeza a través de la física. Luego de Física de la tristeza y Las tempestálidas (que trata sobre las “clínicas del pasado” y el Alzheimer) recibí invitaciones para participar en debates de físicos cuánticos, neurólogos y psicoterapeutas. Esto me alegra porque demuestra que la división artificial entre literatura y ciencias está empezando a superarse”, apunta Gospodínov.–En Física de la tristeza decís “El pasado, la tristeza y la literatura: solo me interesan esas tres ballenas ingrávidas”. ¿Por qué “ballenas”?–Atribuí esas palabras al protagonista de la novela aunque debo admitir que en cierta medida las comparto. El pasado es algo que creamos de manera constante, cada día. Nosotros mismos somos máquinas de producir pasado, lleno de historias, rostros, voces y aromas. Por eso la literatura ama trabajar con él. A menudo volvemos allí en busca de refugio. Y la tristeza forma parte de lo que significa ser humano. Por eso es que me encantan esas tres ballenas.–El ambiguo Gaustín cruza tus relatos. ¿Qué lo inspiró?–El personaje apareció por primera vez en un poema que lo situaba en el siglo XIII. Después apareció en uno de mis relatos cortos. En Física de la tristeza ya pasa a ser un amigo que tengo desde los años 90. Deambulamos juntos por esa década. Fue entonces cuando comenzaron sus raros proyectos. Y en Las tempestálidas se adueñó de la novela entera; el proyecto de su vida consistía en recuperar el pasado, construir clínicas para el pasado y usarlas para tratar a personas que perdían la memoria. En un momento dado él empezó a insistir en que no era yo quien lo había inventado a él sino él quien me había inventado a mí. Sonaba tan convincente que empecé a dudar de mí. Gaustín es todo lo que nunca llegaré a hacer. Es todos los cuerpos que no tengo, las vidas que no viviré, la voz interior con la que puedo entablar diálogos socráticos. De hecho, tras la publicación de algunos de mis libros aparecieron personas reales que se presentaron como Gaustín. Inventar personajes nunca es un acto inocente.–Afirmás que la caída del muro de Berlín dio lugar a la década más feliz de tu generación. ¿Cómo recordás ese evento y cómo incidió en tu escritura?–Tenía 21 años cuando cayó el muro, parecía que todo estaba por delante y que cualquier cosa era posible. Nos embriagaba la sensación de cambio; no parábamos de salir a las plazas a manifestarnos. Esa fue nuestra revolución irrealizada de 1968. Fue una época oscura y maravillosa a la vez. Aprendimos sobre la marcha a escribir con libertad y a romper con las normas de un realismo anterior; experimentábamos y nos regocijábamos. Formábamos parte del carnaval de la libertad. Publiqué mi primer librito de poesía a principios de la década de los 90 y al final de la década salió a la luz mi primera novela, Novela natural. Todo ese período se hace presente en aquel libro y en Física de la tristeza. Pero el período anterior también está en ellos. Habíamos sido niños y escolares bajo el comunismo, pasando por todas sus absurdidades ideológicas, pero solo más tarde comenzamos a entender que el régimen no había terminado con su conclusión formal. Las ideologías totalitarias tienen una larga vida media.–¿Cómo definís tu inquietud por el tiempo, central en Las tempestálidas?–El tema de Las tempestálidas es la facilidad con que vuelve el pasado. Se trata de un proceso relacionado con algo parecido a una amnesia colectiva inducida. Y esto tiene una importancia política. El pasado no es inocente. Tampoco lo es nuestra nostalgia por él. Todos los movimientos nacionalistas y populistas se alimentan del pasado y muy a menudo son ellos mismos quienes lo inventan. Cuando yo era pequeño se nos prometía un futuro brillante, ahora el rumbo cambió y los nuevos populistas prometen un pasado brillante. Pero ambos cheques están en blanco. Lo que más me preocupa es la forma en que se están invirtiendo las palabras, cómo se ha dañado el lenguaje. La pérdida de significado sucede con mayor velocidad a través del lenguaje. La pérdida de libertad también.–Retrataste el tránsito de tu padre hacia la muerte en El jardinero y la muerte, donde también te preguntás por el tabú que hay en torno a ella.–Ese libro no aborda tanto la muerte como los días y minutos finales, el desvanecimiento de la vida. La muerte en sí misma es en cierto modo un agujero negro, una alteridad radical; yo no escribiría sobre eso. Pero morir es otra cosa; forma parte de la vida. En verdad es extraño cómo intentamos constantemente eludir este tema. Y cuando me encontré en esos últimos días con mi padre moribundo en mi cuarto me di cuenta de que nadie nos había enseñado qué hacer en esa situación. Poco a poco comprendí qué era lo importante. Lo aprendí de mi padre, que se estaba muriendo. En la forma en que él aceptaba la muerte y no tenía miedo de hablar de ella, de bromear al respecto haciéndonos todo más fácil. Y cómo al final lo importante era simplemente tomarlo de la mano y acostarme a su lado. Quizá la última lección que nos enseñan nuestros padres es cómo morir con dignidad sin convertirnos en una carga para los que se quedan. Escribí ese libro a mano en el cuaderno donde anotaba los analgésicos, los parches de fentanilo y cuándo había que cambiarlos. Lo escribí con una tristeza luminosa y creo que no me ayudó solamente a mí.–Hay en tus libros una celebración del microcosmos de plantas e insectos, con primacía divina de la mosca. ¿Es una proclama ecológica o metafísica?–Está la ecología y está la metafísica; no se contradicen entre sí. La mosca es la más insignificante de las criaturas y adoro hablar de ella precisamente por eso. Física de la tristeza trata sobre invertir el punto de vista, acallar un poco nuestra presunción antropocéntrica. ¿Cómo sería si pudiéramos escuchar las historias de la mosca, del pez y de toda su sabiduría acumulada en silencio, del ginkgo biloba, de todos estos “hermanos en el sufrimiento”, como los llama Darwin? La frase clave de la novela es gramaticalmente incorrecta, pero espero que sea significativa: “Yo somos”. Esta resalta la física y la metafísica de nuestra vida en común.–Las referencias a la Argentina en tus libros son siempre dos: la admiración confesa por Borges y una indignación de infancia por el triunfo de la selección local a Holanda en el mundial de 1978. ¿Qué decir de ambas?–Una observación acertada, gracias. Argentina es uno de mis países favoritos y uno que aún no he tenido la oportunidad de visitar. Y mis sitios predilectos están hechos de literatura. Me enamoré de la Argentina gracias a Borges. Después conocí a otro escritor y persona maravillosa, Alberto Manguel, que se ha mostrado generoso con mis libros y que de niño solía ir a leerle a Borges. Cuando nos dimos la mano al conocernos le dije que sentía como si estuviera estrechando la mano de Borges a través de él. Se rió y me dijo que una vez le había dado la mano a alguien que había conocido a Kafka. El partido de 1978 fue en realidad el primer partido de fútbol que vi junto a mi padre. Yo tenía diez años pero ya me sentía muy mayor. Más tarde, en 1994, cuando Bulgaria eliminó a Argentina del Mundial, nos sentimos orgullosos. Y mi futbolista favorito sigue siendo Messi. Así que de eso están hechos nuestros países favoritos.Física de la tristeza, Gueorgui Gospodínov. Trad. María Vútova. Editorial Impedimenta, 304 págs.

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