Pedir una dirección en una esquina o quejarse del calor en la fila del banco… durante décadas, la vida en común estuvo tejida por una infinidad de intercambios mínimos que sólo exigían hablar. Hoy, en cambio, tenemos pantallas, códigos QR y aplicaciones. No dejamos de comunicarnos pero sí de conversar… ¿cuántos de nuestros silencios fueron una elección propia y cuántos fueron decididos por una interfaz?Diversos estudios señalan que en las últimas dos décadas la cantidad de palabras que pronunciamos a diario cayó de forma drástica: hablamos en promedio unas trescientas palabras menos por día, con un descenso cercano al 28 por ciento entre 2005 y 2019 que se acentúa con fuerza entre los más jóvenes.Y si bien en ocasiones la explicación suele venir como un reproche generacional (“¡los más jóvenes ya no hablan por teléfono!”) quizá sea interesarte pensarlo como parte de una transformación radical de las condiciones materiales en las que hablar era imprescindible. No es que de golpe nos volvimos tímidos, sino que apareció una arquitectura tecnológica que eliminó la necesidad de dirigirnos a los demás.Nunca estuvimos rodeados de tantos dispositivos conversacionales y nunca fue tan fácil pasar un día entero sin hablar con nadie.En esa poda cotidiana, lo primero que desapareció fueron las conversaciones casi de compromiso sobre el clima, el resultado del partido de ayer o algún escándalo mediático. Pero esos espacios triviales parecen cumplir un papel fundamental en la sociedad, como una suerte de pegamento invisible que produce reconocimiento mutuo.Al saludar al colectivero o cruzar dos palabras con el kiosquero le decimos al otro que existe y establecemos un piso mínimo de confianza comunitaria. Esos intercambios incidentales con desconocidos nos entrenan para salir al mundo, amortiguan la hostilidad urbana y nos recuerdan que no somos extraños sino parte de una comunidad.A la vez, conversar en tiempo real es también un ejercicio cognitivo complejo. Exige elegir el vocabulario, modular el tono, leer gestos ajenos y activar áreas cerebrales vinculadas al lenguaje que funcionan como una gimnasia mental. También, como señaló la periodista Ariana Eunjung Cha, implica cederle espacio al otro, sostener la incomodidad de lo imprevisto y convivir con alguien cuya respuesta no podemos configurar a nuestro gusto.El riesgo de este repliegue no es solo una epidemia de soledad sino la posibilidad de perder nuestra capacidad colectiva de negociar la diferencia.En muchos sentidos, la inteligencia artificial está destruyendo esas conversaciones al prometernos ahorrarnos el roce con los demás. Frente a una duda le consultamos a un chatbot, si no entendemos algo pedimos un resumen, si queremos comparar productos armamos un prompt… nunca estuvimos rodeados de tantos dispositivos conversacionales y, sin embargo, nunca fue tan fácil pasar un día entero sin hablar con nadie.El riesgo de este repliegue no es solo una epidemia de soledad sino la posibilidad de perder nuestra capacidad colectiva para negociar la diferencia. La próxima vez que una pantalla resuelva en tres segundos un trámite que antes demandaba cruzar miradas y palabras con un extraño, convendrá detenerse a mirar la letra chica de esa eficacia. Porque aquello que celebramos como un triunfo de la comodidad puede ser, en realidad, el ensayo inadvertido de nuestra propia renuncia social.
En tiempos de IA, el arte de conversar ¿es una especie en extinción?
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