“En primavera hay que vivir en Buenos Aires”: un libro muestra los árboles y la arquitectura que hacen única a esta ciudad

“En primavera hay que vivir en Buenos Aires”: un libro muestra los árboles y la arquitectura que hacen única a esta ciudad

“Todo sentir se aquieta bajo la absolución de los árboles” (Jorge Luis Borges, Cuaderno San Martín)Es imposible imaginar Buenos Aires sin árboles. Forman parte del paisaje con una naturalidad tal que hace olvidar que no estuvieron allí desde el principio. En tiempos coloniales la ciudad era un caserío modesto en la inmensidad monocroma de la pampa, sin sombra ni flores, solo barro y sol agobiante en verano, todo engamado con el marrón del río, al que llamaron mar dulce los primeros pobladores. Casi trescientos años tuvieron que pasar para que los árboles hicieran su magia en las calles porteñas. Parques, plazas, paseos y jardines empezaron a multiplicar el verde a la par de edificios palaciegos construidos desde fines del siglo XIX y hasta medidos del XX, cuando las ideas de Europa impulsaron la transformación definitiva de aquella urbe primigenia, fraguando ese raro encanto del que hoy todos los turistas se enamoran.Quizá ninguna otra imagen exprese mejor esa transformación que la de Buenos Aires en primavera. Con los primeros calores estallan lapachos y crespones entre fachadas de piedra Paris, las mansardas grises asoman detrás de jacarandás en flor, mientras las tipas alfombran de amarillo las veredas y los ceibos hacen guiños a las cúpulas y muros de ladrillo visto. Hay algo casi secreto en ese espectáculo, porque ocurre todos los años, en cada estación y, sin embargo, nunca es exactamente el mismo.Con fotografías de Karina Azaretzky y textos del arquitecto y paisajista Jorge Bayá Casal, Buenos Aires en flor. Arquitectura y paisaje en la ciudad (India Ediciones) documenta a lo largo de 200 páginas esa condición que hace extraordinaria a esta ciudad: el diálogo entre la arquitectura de tradición europea y la vegetación sudamericana que la enmarca. Concebido durante un vivo de Instagram en plena pandemia de Covid, el libro será declarado de Interés por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires el próximo Día de la Primavera, como corresponde, a partir de una iniciativa del diputado Juan Pablo Arenaza.Las flores rojas de la Santa Rita dialogan con los ladrillos del Ministerio de Agricultura, en la avenida Paseo Colón; las flores del jacarandá en la esquina de Eduardo Sívori y Ombú, y el jazmín de leche, ambos en Palermo Chico“Durante los días del encierro paisajistas, ambientalistas, arquitectos, historiadores del arte y amantes de las plantas nos empezamos a juntar en unos vivos espectaculares. Todos compartíamos saberes, intereses, anécdotas. Se armó un hermoso grupo de gente afín, una tribu verde, como le llamamos. Éramos miles de personas conectadas. Ahí apareció Karina con sus fotos de Buenos Aires” recuerda Bayá Casal, autor junto con su exsocio Carlos Thays (bisnieto del legendario paisajista) de muchos espacios verdes públicos y privados que los vecinos disfrutamos, entre ellos, proyectos históricos como la restauración del jardín original del Palacio Errazuriz, hoy Museo de Arte Decorativo. “Hicimos un vivo en el que Karina mostró sus fotografías y yo las comentaba, porque conocía la esquina, el árbol. Ahí todos dijeron ‘queremos un libro’. Empezamos a trabajar y ella tuvo la genial idea de hacer capítulos por colores, inspirado en el calendario estacional, un concepto de la acuarelista Cristina Coroleu” agrega.Calistemos sobre un fachada francesa, en la esquina de Av. las Heras y PueyrredónUn día llegó de Francia Charles ThaysBuenos Aires sobrevivió sin árboles cerca de tres siglos, describe el texto de Bayá Casal. Recién hacia 1780 apareció el primer paseo arbolado en ese horizonte chato junto al río, cuando se plantaron hileras de sauces y ombúes en un tramo de la hoy avenida Leandro N. Alem. Las crónicas documentan que los primeros paraísos llegaron a Plaza de Mayo por iniciativa del artista plástico Prilidiano Pueyrredón, que además destacó como ingeniero, arquitecto y paisajista.La edificación colonial desordenada y sin planificación de aquellas épocas fue creando terrenos baldíos entre las manzanas, entonces llamados “huecos”, vacíos que con el tiempo alcanzaron el estatus de plazas, por ejemplo el hueco de los Cabecitas es ahora la plaza Vicente López. En 1784, en coincidencia (o consecuencia) con la crisis sanitaria que desató la fiebre amarilla, se creó el Parque Tres de Febrero, un hito que colocó a Buenos Aires a la altura de las grandes capitales del mundo, como Paris y Nueva York, que ya contaban con áreas verdes en su cartografía. Al paisajista argentino Benito Carrasco le debemos el Rosedal de Palermo, pero la figura decisiva en esta historia sería Charles Thays, llegado a la Argentina gracias a un empresario cordobés que lo contrató para proyectar el Parque Sarmiento.Al frente de la Dirección de Parques y Paseos entre 1891 y 1913, convirtió la plantación de árboles en una política sostenida, modificando de manera drástica el entramado urbano. Durante su gestión se incorporaron unos 150.000 ejemplares y el Jardín Botánico, que comenzó a plantarse en 1892, cumplió además una función fundamental: allí se cultivaban especies destinadas luego a las calles, plazas y parques. Thays no se limitó a multiplicar el metro cuadrado verde que tantos beneficios trae a la salud. También introdujo flora nativa de distintas regiones del país, como el jacarandá y la tipa originarios de las yungas del noroeste argentino.Al mismo tiempo, la inmigración aportó constructores, arquitectos, artesanos y nuevas técnicas que cambiaron la fisonomía colonial por una variedad de lenguajes y arquitecturas, de cuya mezcla salió ese eclecticismo tan característico del patrimonio porteño. El crecimiento económico impulsado por las vacas gordas y los granos del campo permitió levantar mansiones de gran escala con cúpulas, mansardas, balcones y fachadas recargadas de ornamentos, entre otras más lacias. Nótese que muchas, por no decir casi todas, contienen formas florales fáciles de apreciar durante una caminata.Cascada amarilla del ibirá pitá entre los balcones de Lavalle y Callao; geranios rojos en la Mansión Alzaga Unzué, Retiro, y el ibirá pitá en su esplendorEn ese escenario fueron encontrando su lugar árboles hoy inseparables de la identidad local. El jacarandá fue declarado árbol distintivo de la Ciudad en 2015; el lapacho anuncia cada primavera; las tipas cubren las calles hacia noviembre; el ibirá pitá prolonga el amarillo durante el verano; los palos borrachos y los crespones agregan nuevas tonalidades y el ceibo, flor nacional desde 1942, también forma parte de ese espléndido calendario vegetal.Los colores del calendarioLa imponente fachada del Palacio Errázuriz tras el velo lila del jacarandáBuenos Aires en flor pone ese patrimonio a escala humana, haciendo evidente el poder de la floración para modificar la perspectiva de muchos lugares que los vecinos creemos conocer.Entre otros tesoros, el libro recuerda la existencia del llamado ‘lapacho de Ezcurra’, plantado en 1940 en el jardín de la antigua mansión Ezcurra, en Palermo Chico, uno de los primeros en anunciar la llegada de las temperaturas más cálidas. En Plaza Lavalle sobrevive el ceibo venido de Jujuy plantado en 1878 por el intendente Torcuato de Alvear, cuando aquel espacio todavía era un parque de artillería, y el primer palo borracho de flor blanca que llegó a Buenos Aires, a mediados del siglo XIX, fue plantado en una quinta situada en lo que hoy conocemos como las cinco esquinas, en Juncal y Libertad. En el jardín del Museo Decorativo sigue firme el olivo plantado hace más de cien años, cuando se construyó la propiedad.“Nací y viví en Tucumán hasta los 30 años. En 2012 vine a vivir a Buenos Aires y, al principio, extrañaba muchísimo la luz, los árboles y las flores de mi provincia. Empecé a sentir una especie de añoranza y decidí salir por la ciudad con mi cámara a buscar ese refugio que tanto extrañaba. Así me di cuenta de que muchos de esos árboles también estaban en Buenos Aires” recuerda Karina, historiadora del arte y docente. Organizadas en carpetas por color – lila, amarillo, rojo, rosado y blanco- empezó a formar un gran archivo con imágenes de esos recorridos sanadores, que son base de gran parte del libro. Actualmente trabaja en un proyecto que releva la vegetación de su tierra natal. “Me llamó mucho la atención el vínculo con la arquitectura, algo novedoso para mí porque en Tucumán los árboles están desplegados de una manera mucho más exuberante y abundante”.La fotógrafa Karina Azaretzky y el arquitecto y paisajista Jorge Bayá CasalEn junio último, junto con Bayá Casal, presentaron el libro en forma de muestra en el Real Jardín Botánico CSIC, en Madrid; también pasaron por las embajadas de París y Londres difundiendo un trabajo que merecía su distinción. Se ilusionan con la posibilidad de exhibir algunas imágenes en las calles y avenidas para disfrute de todos los vecinos de Buenos Aires, sin dudas, la ciudad más linda del mundo.

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