La vida de Elvira Montoya puede contarse a través de las casas en las que ha vivido. Son 17, y constituyen también los 17 capítulos de Tantas casas, tantas vidas (Dashbook), el libro en el que su nieta reconstruye su historia. Huérfana de padre y madre desde los ocho años, creció trabajando en el campo, dejó la casa de sus tíos con apenas 16 años para marcharse sola a Burgos y pasó buena parte de su vida empezando de nuevo en lugares distintos.Hoy, a los 94 años, vive en la casa que reformó junto a su marido, en el pueblo al que siempre quiso regresar y cuyo nombre prefiere mantener en secreto para preservar su tranquilidad. Después de tantas mudanzas, asegura que cada hogar guarda una vida diferente.Su historia quedó marcada muy pronto por la pérdida: su madre murió cuando usted tenía cuatro años y su padre, cuatro años después. ¿Qué recuerda de aquella infancia?Mi madre murió de parto con 38 años y, cuatro años después, murió mi padre. Éramos muchos hermanos y nos repartieron entre distintos familiares. A mí me recogieron unos tíos que eran pastores y tenían siete hijos. Desde muy pequeña tuve que trabajar como los demás. Con ocho años ya me levantaba muy temprano, ayudaba en casa, cuidaba a mis primos y después me iba al campo. No había otra opción.Con apenas ocho años ya asumía responsabilidades propias de un adulto. ¿Cómo era el día a día de una niña en el campo?A las cinco de la mañana ya estaba levantada. Preparaba algo caliente para los que se marchaban al campo, ayudaba con los animales y después iba también a trabajar. Dependiendo de la época, arrancábamos legumbres, vendimiábamos, trillábamos o recogíamos lo que hubiera. También iba al río a lavar la ropa. Éramos niños, pero entonces no se pensaba así: si podías ayudar, trabajabas. Y el poco dinero que ganaba se lo entregaba a mi tía.La muerte de sus padres también separó a sus hermanos. ¿Qué huella dejó aquello en la familia?Muchísima. Cada uno terminó en una casa diferente y cada uno tuvo también una suerte distinta. Algunos estuvieron mejor y otros tuvieron que trabajar muchísimo desde pequeños. Hubo incluso un hermano al que no conocí hasta que mis propios hijos ya estaban casados. Imagínese. Éramos hermanos y, sin embargo, crecimos viviendo vidas completamente distintas.A los 16 años tomó una decisión poco habitual para una chica en aquella época: marcharse sola a Burgos. ¿Qué ocurrió para que decidiera irse?Mi tío me quería mucho, pero murió. Después comprendí que allí ya no me quedaba nada. Recuerdo que, antes de morir, mi tío dijo que se me tratara como a una hija más y que se me diera una parte del ganado. Pero mis primos y mi tía dijeron que a mí no me correspondía nada porque no era hija de mi tío. Entonces pensé: “Aquí no voy a sacar nada”. Y me marché. Tenía 16 años y me fui sola a Burgos para servir en una casa. Ganaba unas cien pesetas.Marcharse sola con 16 años significaba empezar a abrirse camino sin una familia que pudiera protegerla. ¿Cómo vivió aquellos primeros meses?Era muy duro. Si hubiera tenido padres seguramente no me habrían dejado hacerlo, pero yo no tenía a nadie que pudiera impedírmelo ni tampoco protegerme. También tuve que espabilarme rápido. Recuerdo que cuando había huevos para cenar en la casa donde fui a servir me mandaban poner dos para cada uno y uno para mí. Yo pensaba: “Coña, si ellos no trabajan y tienen dos, ¿por qué yo no puedo tener ni uno?”. Así que los dos primeros huevos que freía me los escondía. Les servías la mesa, recogías el salón y, después, cuando te decían buenas noches, entonces podías cenar. Estaba completamente sola y muchas noches lloraba cuando me iba a dormir. Pero había que seguir adelante y me fui acostumbrando.Ha trabajado en el campo, en el servicio doméstico, el cuidado de niños… ¿Ha habido algún momento en el que haya dejado de trabajar?He trabajado toda mi vida en todo lo que ha hecho falta. En el campo, sirviendo, cuidando niños, ayudando con animales, haciendo comida para cuadrillas de trabajadores… Lo que saliera. Incluso cuando ya tenía mi propia familia seguí trabajando muchísimo. También cosía, hacía cortinas, punto de cruz… Nunca he sabido estar quieta. He trabajado para sacar adelante mi casa, pero también he ayudado siempre a familiares, vecinos y a quien lo necesitara.Después de haber crecido sin una casa propia, ¿recuerda el primer hogar que sintiera verdaderamente suyo?Nada más casarme, me fui a vivir con mi marido y mis suegros. Pero mi suegra me decía: “Tú no, hija, deja eso. Si quieres eso, vete con tu tía”. Y yo le contestaba: “Yo no he venido para estar con mi tía; he venido para estar con mi marido”. Después alquilé una casita en el pueblo. Era un pajar, pero lo limpié, lo blanqueé y lo arreglé como pude. Allí nos fuimos a vivir, aunque no teníamos prácticamente nada. Mi marido empezaba a trabajar muy temprano en verano y aquí, de madrugada, ya salían todos al campo. Yo ni siquiera tenía despertador, así que cosía hasta que, a las dos de la mañana, oía el reloj del vecino y le decía a Andrés: “Cariño, levántate, que ya se ha levantado el señor Otilio”. Después dormía hasta las seis, cuando venían mis amigas a buscarme para ir a trabajar en la recogida de las legumbres.El libro recorre 17 casas distintas. Después de tantas mudanzas, ¿qué significa para usted la palabra casa?Para mí significa muchísimo, pero también significa mucho trabajo. He llegado a casas que prácticamente eran ruinas y las he dejado preciosas. Me hacía las cortinas, arreglaba las habitaciones, cosía… Siempre intentaba convertir el lugar en el que vivíamos en nuestra casa. Quizá porque de pequeña nunca tuve esa seguridad. Cada casa ha sido una etapa diferente de mi vida. Por eso entiendo que mi nieta haya querido contar mi historia de esa manera.La vivienda vuelve a ser hoy una preocupación para muchos jóvenes. Estos días se ha hablado mucho de casos como el de Mari Carmen. ¿Cómo ve usted las dificultades actuales para acceder a una vivienda?Me parece muy triste. Antes, cuando te daban el sueldo, decías: esto para pagar el piso, esto para la comida, esto para la boda. Y sabías que con aquello tenías que apañarte. Ahora mi nieta me dice que no, que los sueldos no dan para eso. Y ves casas que antes costaban una cantidad y luego se alquilan por el doble. Es muy difícil para la gente joven poder empezar un proyecto de vida así.Después de muchos años fuera, usted y su marido regresaron al pueblo y compraron la casa en la que continúa viviendo. ¿Era el hogar que había imaginado durante tantos años?Sí. Veníamos mucho porque mi hijo tenía aquí una casa y mis nietos pasaban los veranos con nosotros. Mi marido era feliz aquí y yo también. Entonces decidimos comprarnos nuestra propia casa. Yo estaba enamorada de ella por fuera antes incluso de conocerla por dentro. Hubo que reformarla mucho. Quitamos pajares y otras construcciones para hacer un jardín precioso. Ahora estoy muy feliz aquí. Solo me gustaría que mi marido pudiera seguir disfrutándola conmigo. Hace ya 20 años que se me fue.Después de compartir prácticamente toda una vida, ¿cómo se aprende a vivir cuando falta la persona que ha estado siempre a su lado?Fue muy duro. Una cosa horrorosa. Habíamos compartido toda la vida y, de repente, me encontré sin él. Pero he tenido mucha suerte con la gente que me rodea. Mis hijos y mis nietos vienen mucho y mis vecinos están pendientes de mí. Si un día no abro las ventanas, enseguida preguntan qué pasa. Ahora mi hijo vive conmigo. Yo quiero seguir aquí, en mi casa y en mi pueblo, hasta el final. Yo se lo digo a mis hijos. Tengo mi panteón aquí y quiero morir aquí. Mira hasta qué punto lo tengo pensado que ya tengo pagado el entierro. El día que me muera, no tendrán que hacer nada: solo llamar a un número y vendrán y se encargarán de todo.A los 94 años continúa caminando, saliendo y manteniéndose activa. ¿De dónde saca esa energía?Pues andando. Ahora llevo bastón porque mi hijo me obliga y reconozco que me ayuda, pero sigo caminando. El otro día salimos, empezamos a recorrer caminos y, cuando nos dimos cuenta, habíamos hecho 12 kilómetros. Y yo voy delante de todas. No consiento que me adelanten. Algunas de las que vienen conmigo tienen 40 o 50 años y les digo: “Si no tenéis salero, quedaos en casa”. Yo quiero seguir moviéndome mientras pueda.¿Qué ha supuesto volver a recorrer toda su vida y verla ahora escrita por su nieta?Me hace muchísima ilusión, aunque también me da pena que mis hermanos no puedan verlo. Éramos ocho y ya solo quedo yo. El último murió hace un año. Me habría gustado poder decirles: “Mirad dónde ha llegado vuestra hermana pequeña”. Pero tengo sobrinos, hijos, nietos y mucha gente que me quiere. Cuando nos reunimos me dicen que yo soy la que recuerda las historias de toda la familia. Eso es muy bonito.Ha tenido que empezar de nuevo muchas veces desde que era una niña. Después de todo lo vivido, ¿qué le diría hoy a aquella Elvira de ocho años y a quienes ahora empiezan a construir su propia vida?Les diría que sean valientes, que sepan cuidarse y que se hagan respetar. Yo he trabajado muchísimo y he tenido una vida difícil, pero también he tenido gente que me ha querido. A mi marido se lo dije desde el principio: “Si me quieres, respétame. Me tendrás para toda la vida, pero no quiero que nadie tenga que señalarme por nada”. Y así fue. Hay que trabajar, salir adelante y, sobre todo, respetarse y hacerse respetar.Anna Calpe
Elvira Montoya, 94 años: “Antes, cuando te daban el sueldo, pagabas el piso, la comida y guardabas algo para la boda; ahora mi nieta me dice que no da ni para eso, y es triste”
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