El mar hablando en la ventana

El mar hablando en la ventana

He vivido ahora más de treinta días seguidos en la casa que elegí en Tenerife, donde nací, para tratar de curarme del asma, aquella enfermedad que ahora suena a esperpento clínico del que cualquiera sale sin rasguño alguno.Marcel Proust era un asmático en serio. Esta enfermedad tenía prestigio, y de hecho yo leía sobre ella como si, habiendo sido tan asmático, la hubiera tenido para exhibirla. Durante años no era tan solo un prestigio digamos que literario. Era una especie de aviso cotidiano para explicarles a los otros que uno estaba a punto de morirse, aunque pareciera que la respiración no se hallaba en peligro.Ese era el problema del asma: que todos creyeran que no era para tanto. Malditos. Era para tanto. Yo lo vi muchas veces como un peligro que desembocaba en un nombre propio, el más propio, el más ladino: la muerte. De asma murió una prima de mi edad. Yo era un niño como ella. Me lo ocultaron por si el susto que vivía conmigo pudiera ser también la razón de ser de una recaída. Yo era el chico que recaía, la casa estaba hecha para cuidarme, hasta los helechos me cuidaban cuando salía del cuarto buscando aire donde no había.En peligro estaban entonces todas las cosas. Un asmático empezaba a no ser tan importante por esos mundos, pero en mi pueblo, en aquel sitio en el que mi familia me consideraba en serio peligro, ser asmático era más que estar enfermo. Durante meses y años viví en lo que mi madre llamaba redoma, para no decir que estaba recluido más acá de la calle, donde los chicos se burlaban de mí porque toser era cosa de bobos.Ahora que escribo, por cierto, siento que si un ataque viniera ahora, cerca del mar, en mi casa, ante el ordenador, sería como un aviso, mientras que entonces no era un aviso. Era EL AVISO. Yo viví dentro del AVISO.Cuando ya me fui de casa, y mi madre me dejó ser el muchacho que fui, con asma pero sin el peligro de que ésta se reprodujera, busqué en la isla el modo de salir de aquella ratonera que a lo largo de los años fue avisando de que el asma no se cura ni se va, se reconstruye, te visita cuando tú menos lo esperas, y te lleva, la cabrona te lleva, y tú no sabes quién te está llevando. Y, por cierto, te destroza de la noche a la mañana.Busqué entonces, en medio del miedo mitigado por la mayoría de edad, un remedio que fuera cierto y que durara, por decirlo así, toda la vida. Que nunca más tuviera que usar antídotos contra el asma, que aquella horrible obligación de estar atento contra el mal, por si acaso, fuera para siempre, y resultara en efecto el bendito olvido.Vine al sur de la isla, sorteé entonces algunas posibilidades de salir de la enfermedad, pero en todas partes siempre surgía un pero que atrajera de nuevo el terrible mal de la respiración cortada. En uno de los viajes isleños llegué al sitio donde estoy ahora. Hallé la casa donde hay un mar rugiendo, que me habla a mi, seguramente, del asma que ya no tengo… Sé que algo pasó para que me curara, no sé decir su nombre propio, aunque seguro que está también relacionado con el asma que ya no se llama así, o que aun llamándose asma sigue hablándome, pero sin dolerme.En realidad me curó, eso creo, quien sabía más de todos mis amigos acerca de los remedios de la vida, quien me dijo qué debía tomar o hacer para ser el muchacho que no fui durante tantos años de asmático. Este pueblo, el Médano, me atrajo aquí, y aquí estoy, por ejemplo ahora, escribiendo estas líneas que me saben al mar y al ruido del mar y a la paciencia que tiene el mar para decir por donde debes ir en pos de las olas.Vine al Médano, pues, y aquí me curé, o me estoy curando. Pero esta es una enfermedad que habla sola y no te deja hablar si no le da gana. La elección, en realidad, fue de un verdadero médico, de nombre José Toledo, que aquí me escuchó toser más de la cuenta. Me aconsejó entonces que viajara al sur, y en el sur vivo desde hace cuarenta años. Mi otro territorio es Madrid, y los lugares adyacentes, muchos de ellos partes del mundo, desde América Latina a los territorios europeos a los que he ido desde muchacho. El asma se me fue yendo, gracias al consejo de Pepe Toledo, y hoy me resulta raro que escriba en el papel la palabra asma.En un tiempo yo no podía decir asma ni para comprar medicamentos, porque esa palabra parecía llevarme a un ataque. En los tiempos de la adolescencia tuve muchos ataques de ese tipo, uno de los cuales, el último, generó alrededor, en mi casa, en el lugar donde ocurrió (la plaza mayor de mi pueblo) un temblor que quizá hizo que esos ataques no volvieran jamás.En aquella ocasión, cuando sufrí aquel estampido, tendría trece o catorce años, era ya un aprendiz activo del oficio que sigo ejerciendo y esperaba seguramente asistir a un partido de fútbol local. Ante mi había un muchacho descuidado al que miré y remiré como si yo le fuera a limpiar su cara, sus uñas, incluso su modo de mirarme. En ese mismo instante en el que me sentí samaritano de la suciedad ajena sentí que la plaza se venía abajo y que yo dejaba de existir.Al cabo de los minutos sentí que alguien, el entrenador de fútbol que me había auxiliado, me regresó a la vida, a la plaza y a la calle… Me rodeaban los que ya habían estado preocupados por lo que me pudiera pasar, así como los curiosos que en las plazas buscan que les venga de pronto algo así como una película que luego se pueda contar.Yo fui entonces, en medio de la terrible sensación de estar aun saliendo de la muerte, el chico que casi se muere. El entrenador me dejó ir, yo caminé hasta mi casa, y en seguida supe que aquella noticia ya era parte del barrio. Mi padre lo había sabido, mi madre lo sabía también y los chicos que formaban parte de mi pandilla me señalaban como si yo fuera el muerto que había resucitado.Desde aquel día, de vuelta a mi casa, algo hizo mi madre que me fue curando para escapar de lo que era asma y más asma, hasta que el asma parecía lo único posible, lo que te acompañaba y te mataba. Después de aquel ataque que nació en la calle ella dejó de ocuparse tanto del muchacho que tenía en casa y que era no tan solo un enfermo sino, sobre todo, un susto, la sensación de que estaba siempre expuesto a perder, sobre todo por las noches, la raíz de la vida que es la respiración y que es el aliento.Ella no se ocupó ya tanto de mi. Como si alentara de ese modo el aire de porvenir que tienen la casualidad o la calle. Fue yendo al aire de lo que había más allá de la respiración del barranco como pude decir adiós, hasta hoy, de lo que se llamó asma y que fue un martirio. Para ellos, para mi, para la vida.Hasta que el doctor Toledo me trajo al Médano, a este aire que ahora, mientras escribo, va diciendo palabras que tienen que ver con el ruido del mar. Pero también con lo que te da la escritura, ese sonido que siempre regresa a lo que nunca se ha ido y que sólo vuelve si tú recuerdas la raíz de donde viene lo que ya no tiene el nombre del dolor, de la casualidad o de la muerte.Es el mar, esta aventura.

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