El legado historiográfico de José Luis Romero

El legado historiográfico de José Luis Romero

El lector o la versión de nosotros mismos, que los europeos de la primera modernidad solían llamar el “hombre común” y hoy equivaldría a algo así como “el ser humano cultivado, curioso y frecuentador ya inusitado de los libros”, suele hacerse una pregunta apenas ha revisado las primeras páginas de un texto como este: ¿por qué, más allá de la erudición historiográfica, es bueno regresar a un estudio denso y complejo alrededor de un concepto, el de mentalidad, que poco se utiliza hoy como categoría central del conocimiento del pasado? La noción de mentalidad, acuñada por la joven escuela francesa de los Annales en los años treinta (Lucien Febvre y Marc Bloch la consideraron sinónimo del “instrumental de la mente”, utilizado durante una época prolongada y en una escala importante del espacio), estuvo muy presente en los autores de esa corriente hasta los años setenta. Difundida por sus grandes escritores, de Fernand Braudel en la segunda posguerra a Robert Mandrou y Jacques Le Goff en los años sesenta, comenzó a ser desmontada y discutida luego en Gran Bretaña e Italia. El prefacio de Carlo Ginzburg a su gran trabajo, El queso y los gusanos de 1976, contenía una crítica de la categoría “mentalidad”, hecha a partir de la teoría general de Antonio Gramsci sobre la cultura del pueblo, las clases bajas y oprimidas, más sus planteos acerca del fenómeno de la hegemonía intelectual, filosófica y estética de las clases dominantes. Pero fue Roger Chartier quien, sobre la base de la teoría alemana de la representación y su propio descubrimiento de las diferencias radicales entre la transitividad y la reflexividad de todo objeto de la así llamada semiósfera, vale decir, el mundo humano de los signos y los símbolos, descartó, casi para siempre, el uso de aquella noción que tanto había entusiasmado a los historiadores de cuño europeo entre 1950 y 1980.José Luis Romero echó mano de las “mentalidades” para describir uno de los pilares fundamentales de la acción humana que produjo el movimiento revolucionario, lento pero profundo y, en muchas ocasiones, violento, protagonizado por una nueva clase, la burguesía, en el seno de la sociedad europea feudal y cristiana, organizada tras las segundas invasiones en el oeste y el centro del continente (del siglo ix al x) sobre la base de la existencia de un clero, una nobleza guerrera y un campesinado dependiente: los llamados “tres órdenes del feudalismo” –oratores, defensores, laboratores– cuya organización comenzó a modificar, precisamente, el despliegue de aquel proceso de cambio social ocurrido entre los siglos xii y xiv, es decir, entre la reaparición de la vida urbana y el estallido de la Guerra de los Cien Años. La explicación de tal fenómeno dio lugar a uno de los libros más precisos, espléndidos y atractivos de Romero, La revolución burguesa en el mundo feudal, editado en Buenos Aires en 1967. El plan de nuestro autor no se detenía allí, pues concibió un programa de escritura de tres libros más, por lo menos, que abarcarían: el primero, la crisis del siglo xiv y los intentos de construcción de un nuevo orden feudoburgués más la expansión colonial europea inicial; el segundo, el laborioso ascenso de la burguesía a partir del siglo xvii, sus cuestionamientos del absolutismo monárquico y el triunfo definitivo de su revolución a partir de los acontecimientos de 1789-1814 en Francia; el tercero, por último, la formación de los Estados nacionales en Europa y en América a partir del siglo xix, los horrores del colonialismo en África y Asia, para terminar con las grandes crisis de la burguesía internacional que llevaron a las guerras mundiales y las revoluciones socialistas del siglo xx. Romero, fallecido en 1977, dejó muy avanzada la redacción del segundo volumen y el esquema de los dos siguientes. Crisis y orden en el mundo feudoburgués, si bien incompleto, fue editado después de su muerte, pero los apuntes que él mismo dejó de un largo curso dictado alrededor de 1970-1971 pudieron ser reunidos y ordenados como para componer este estudio general de la mentalidad burguesa, publicado en marzo de 1987 por primera vez, reeditado y reimpreso nueve veces por Alianza desde entonces. El éxito constante de esta obra ha llevado al Fondo de Cultura Económica de Argentina a proponer una nueva edición, que es esta salida ahora.Pero volvamos a nuestra pregunta del comienzo: ¿qué nos hizo regresar a este clásico de la historiografía europea escrito hace más de medio siglo por un argentino? En primer lugar, me atrevo a decir que hay un desafío erudito al viejo marco del relato sobre el pasado que pretendió insuflar un ímpetu novedoso a la antigua historia cultural, presentada sin ese nombre ya por Voltaire en su Ensayo sobre las costumbres de 1756 y consagrada para su presente y su futuro por la obra maestra de Jacob Burckhardt, La cultura del Renacimiento en Italia. Un ensayo, publicada en Basilea en 1860. De la confrontación con esos modelos, se desprendieron ya en nuestros años sesenta los límites y las imprecisiones del dilatado concepto de mentalidad, sus relaciones difusas con la “ideología” o simplemente las creaciones del intelecto y la sensibilidad, vale decir, la producción de la cultura en un sentido antropológico. Romero no rehuyó la complejidad de ensayar una definición, pero quiso conservar el carácter impreciso, inestable, del constructo “mentalidad” y así propuso designar con él “ese caudal de ideas que en cada campo constituye el patrimonio común y del cual [el pensamiento sistemático] es como una especie de espuma, en relación no siempre coherente. La mentalidad es algo así como el motor de las actitudes”. Las expresiones entrecomilladas revelan el rasgo aproximativo de una definición posible y justifican el hecho de que el relato histórico de sus caracteres y evoluciones deba oscilar siempre entre dos registros, i.e., el de lo sistemático, ya sea en el plano de las ideas filosóficas, políticas, religiosas, estéticas o de las prácticas sociales que les van unidas, ya sea en el ámbito de las “actitudes y predisposiciones que no son racionales, aunque quizá lo fueron alguna vez, pero que tienen una enorme fuerza porque son tradicionales”. Y bien, trazar la historia de ese contrapunto de sistemas y prácticas eidéticas, por un lado, y, por el otro, de aquellas actitudes y predisposiciones arcaicas que, aún despojadas del orden estricto con el cual se desarrollaron en un principio, cristalizaron en una tradición inorgánica capaz de hacer comprensibles y aceptables los avatares del mundo o los rigores de la existencia humana, escribir la historia de semejante dialéctica en el tiempo a través del cual nació, creció, luchó y triunfó la burguesía solo europea, en una primera etapa, y euroamericana, luego, así como asistir al momento de la gran crisis del predominio de esa clase frente al proletariado y al socialismo en el siglo xx, tales son los objetivos de este bello estudio. Se trata de un proceso cultural de larga duración (mil años), ocurrido al comienzo en un espacio relativamente pequeño del continente eurasiático (una península conocida con el nombre de Europa), que se fue dilatando hasta abarcar las dos Américas entre los siglos xvi y xviii, para luego derramarse por toda la superficie de la Tierra en los siglos xix y xx. Y aquí señalo una cierta paradoja. En los años setenta, cuando el profesor Romero desenvolvía en soledad este tema de extraordinario aliento universal, la escala de su tarea solo era comparable entonces a la que encaraba otro solitario, Eric Hobsbawm, una de las cabezas principales de la escuela marxista inglesa y también del programa universalista de la revista Past and Present. Las tendencias historiográficas de entonces apuntaban a los cambios de escalas espacio-temporales propios de la microhistoria, de los estudios de género, de los procesos históricos concernientes a las identidades étnicas, a los grupos sociales delimitados, olvidados o “invisibilizados”. Ahora, en estos años veinte del siglo xxi, cuando se extienden el entusiasmo y la vigencia de un enfoque globalista de la historia, una primera exposición del proyecto que nuestro Romero concibió en los años sesenta y setenta para desplegar el arco completo de las res gestae mentalium de la burguesía en Europa y en el mundo, constituye un ejemplo inesperado y extraordinario, amén de una apelación al coraje intelectual de los historiadores para que se arrojen a dar cuenta del devenir secular y mundial de pueblos y multitudes. Si bien, según dice el autor del prólogo de marzo de 1987, que figura en esa y en las sucesivas ediciones del Estudio de la mentalidad burguesa, es verdad que hubo “un cierto desequilibrio en el desarrollo de los temas, cuando el interés por un aspecto lo llevaba a incursionar por sus múltiples implicaciones, al precio de esbozar apenas temas previstos”, “cambios de nivel y de registro: coloquial en ocasiones, cuando se esfuerza por hacer sencillo un tema complejo; rigurosamente conceptual, cuando cree logrado ese objetivo y, distanciándose de sus interlocutores inmediatos, se lanza a la elaboración más compleja”. Si bien todo ello ocurre, los lectores del presente podrán aprender mucho y gozar literariamente de ciertos nodos de temas, desprendidos del tronco principal del relato sobre el devenir de la burguesía entre el siglo xi y las estribaciones del presente. Con permiso del lector de hoy, recomendaré algunos de esos pasajes en que los temas de los aspectos intelectuales y estéticos de la vida histórica se desenvuelven a partir de un punto de interés y sentido, por ejemplo: a) Las costumbres, las formas de vida que se abrieron paso en la Europa feudal a partir del siglo xi, como consecuencia del renacimiento de las ciudades, fueron aceptadas o resistidas de diferentes maneras por las clases u órdenes tradicionales de aquella sociedad: los clérigos, los caballeros y los campesinos. Los primeros se opusieron a la nueva moralidad, permisiva y tolerante frente a un ejercicio más libre del erotismo o la vida sexual. En referencia a la actividad económica, tendieron a ver las sombras del pecado en las actividades del comercio y en los préstamos de moneda a larga distancia. Cualquier aplicación de un interés al capital fue considerada viciosa y culpable, contraria a la idea de caridad como manifestación solidaria de amor al prójimo. En verdad, fue solo a partir de la venia otorgada por Calvino al préstamo a interés y al seguro de mercancías en viaje (siempre y cuando esos valores se mantuviesen en porcentajes muy bajos, entre el 1% y el 1,5% del capital por año, a lo sumo) que tales operaciones dinerarias terminaron por ser legalmente aceptadas, en el mundo protestante y finalmente en el católico desde finales del siglo xvii. La clerecía fue bastante más permeable a la ciencia de la naturaleza que asomaba en los textos franciscanos y, más aún al racionalismo que dominó la teología a partir de san Anselmo y santo Tomás. Cuando los migrantes del campo a las ciudades obtenían las franquicias habituales en ese ámbito, es decir, transitaban sin retroceso el camino hacia las transformaciones propias (burguesas) de la existencia urbana, los campesinos, por su parte, repartieron el tenor de sus relaciones con lo nuevo en una gama muy variada, que iba desde un miedo supersticioso a lo inédito o desconocido y llegaba a un acogimiento entusiasta de la mentalidad burguesa en ascenso. En cuanto a la caballería noble, solía exhibirse como defensora de la axiología feudal-cristiana, pero lo más común era disimular y enmascarar la aceptación de las ventajas de la nueva mentalidad y aprovecharse de ella, tanto de sus novedades económicas cuanto de la posesión de objetos materiales (joyas, vestimentas, libros) e inmateriales (conocimiento de la aritmética, ejercicio de la lógica en todas las operaciones del espíritu, interés por la naturaleza), producidos por la cultura que nacía. Romero fue uno de los primeros representantes de la historiografía en explorar el concepto de “enmascaramiento”. El pasaje pertinente de nuestro libro no tiene desperdicio:La tercera actitud, dominante en los patriciados italianos y flamencos, y en general en las clases altas de Europa, fue el enmascaramiento. Se descubre que estas nuevas formas de vida, agradables y atrayentes, si se dejan libradas a su propio impulso conducen a un naturalismo que puede degenerar en bestialismo. Se considera peligroso eliminar todo tipo de constricción y norma tradicional para las clases populares. Las clases altas, en cambio, aceptan la profanidad contando con que existe en el hombre educado la posibilidad de ponerse frenos por sí mismo. Descubren que la única forma lícita de profanidad aristocratizante es la que los romanos caracterizaban con la fórmula “ocio con dignidad”.b) Las transformaciones de la idea de la historia que acompañaron el proceso de afianzamiento de la vida urbana a partir del siglo xii tuvieron un campo vasto de expresión y análisis en un género literario específico: la crónica de las ciudades italianas y flamencas, cultivada sobre todo en el siglo xiv, donde campeaba la secularización de las costumbres y se desplegaban con soltura el deseo, la voluntad humana, vale decir, el libre albedrío, al punto de que pudiera alcanzarse a menudo el extremo de creerlo ilimitado en cuanto a las posibilidades y las prácticas. Pero, claro está, la libertad humana, aun la ejercida por los poderosos, no podía ser permanente, duradera, no sufrir impedimentos ni trabas; para ser coherentes con la preeminencia de una causalidad mundana, los historiadores del tardo Medioevo y del Renacimiento echaron mano de la antigua noción de la Fortuna, cuyos vaivenes resultaban, a la postre, más fuertes que cualquier deseo, voluntad o inclusive ejercicio de las virtudes. El resultado de la evolución del concepto de la historia llevó a resumir su decurso en el desarrollo de tres variables: el sujeto, la racionalidad que lo guía y su participación en el progreso de la sociedad.c) El dilatado espectro de la sensibilidad humana es uno de los campos en los que suelen manifestarse las mentalidades. Si pensamos que la apelación a los sentidos como experiencia de goce e iluminación, amén de estar ligada al conocimiento del mundo natural, desemboca en el fenómeno estético y, al tratarse del sentido de la vista, se ejerce dentro del horizonte de las artes plásticas, desde la arquitectura a la pintura, cabe preguntarse dónde comenzaron a manifestarse los rasgos burgueses de las mentalidades en esa vertiente de la historia europea. Romero demostró entonces la plasticidad de su relato historiográfico, centrado en la noción que nos ocupa. Pues, tuvo él muy en claro que el estilo románico en la arquitectura de los siglos xi y xii fue el producto de una convergencia entre el impulso burgués de indagación, que llevó a resucitar los arcos de medio punto de la Antigüedad romana, y la satisfacción de una necesidad constructiva feudal, centrada en edificios religiosos como los monasterios y las iglesias abaciales. Por eso, el románico habría encerrado la paradoja de ser un fenómeno burgués y rural, de inspiración cristiana. Por supuesto que el desenvolvimiento del estilo gótico y sus variantes en los lugares más dispares de Europa, a lo largo de más de tres siglos, habría sido, según la perspectiva de Romero, un fenómeno burgués cuyos pliegues y automatismos, tanto intelectuales cuanto prácticos, alimentaron y consolidaron caracteres ya muy notorios de la mentalidad burguesa para culminar en una asociación de ella con el realismo y la mímesis, que se acrecentó y mutó, de la escultura o la pintura de los siglos xv al xvii, al teatro desde fines del xvi hasta el xviii y a la novela desde el xvii hasta el xix avanzado. El divorcio entre lo estético y la representación de lo real o la mímesis, en los términos de Erich Auerbach, solo ocurrió cuando la sociedad burguesa ingresó en la crisis destructiva de sus principios de organización y crecimiento económico-social con las guerras mundiales de la primera mitad del siglo xx y la gran depresión de los años treinta. Su mentalidad perdió la articulación entre los elementos que la constituyeron y la coherencia entre los fines que caracterizaban sus ideales políticos, religiosos, sociales, intelectuales o estéticos.d) La cuarta y última parte de este libro está dedicada a describir los signos nuevos de una mentalidad burguesa en crisis, cuando no directamente en disolución, frente a la pérdida de rumbos posibles e imaginables, el colapso de sus perspectivas hacia el futuro, la masificación social y la desconfianza generalizada frente a la conducta, a la cultura o a la existencia misma de las élites. En los años setenta, el porvenir se vislumbra como un tiempo nublado, de contornos imprecisos y amenazantes, cercado quizá por un vacío de sentido. Las actitudes, que suscita semejante estado de una sociedad ya globalizada, se reducen a tres principales: el escepticismo y el hedonismo de las élites, el disconformismo de las masas que se muestran, ya en los años setenta del siglo xx, bloqueadas si no incapaces de llevar a cabo la revolución social y espiritual que han prometido el socialismo, por una parte, y el avance de la tecnología, por la otra.Con lucidez excepcional, Romero describe el fracaso de la mentalidad burguesa a la hora de resolver las tres grandes contradicciones sociales que laceran la vida histórica de nuestro tiempo: 1) “La contradicción entre desarrollo tecnológico y desarrollo social”, que no permite dilucidar quiénes podrían ser los nuevos sujetos políticos encargados de ordenar y guiar la construcción del mundo nuevo, marcado por la aceleración de los cambios tecnológicos y la persistencia de poderosas desigualdades sociales. 2) “La contradicción entre masificación e individualización”, cuya irresolución impide, por ejemplo, la llegada a una auténtica democracia educativa, solo concebible como el crecimiento numérico y cualitativo de la ilustración popular, pero que, al mismo tiempo, convierte la excelencia en un nuevo rasgo oligárquico, un objeto de envidia y sospecha colectiva. 3) “La contradicción entre participación y marginalidad”, que implica una oscilación permanente entre aquellos a quienes la sociedad de consumo incorpora como ciudadanos activos y los otros, empujados por su exclusión económica de los estándares cambiantes en la posesión y el goce de los bienes fungibles. Romero vislumbraba el final de la mentalidad burguesa, pero se desesperaba al no ver fines claros entre quienes se le oponían, sino solamente “una apariencia de disconformismo sin causa, capaz de engañar a muchos acerca de la profundidad de los cambios que anuncia”. Ese era el panorama que nuestro autor percibía en la década del setenta del siglo xx. Es altamente probable que sigamos en un tipo semejante de disconformismo sin destino en nuestra tercera década del siglo xxi.Buenos Aires, julio de 2026Este texto es el Estudio Preliminar que Burucúa escribió para la edición del libro Estudio de la mentalidad burguesa, José Luis Romero, que la editorial Fondo de Cultura Económica lanza en noviembre de 2026.José Emilio Burucúa es ensayista e historiador de arte argentino, doctor en filosofía y letras, investigador y profesor de la Universidad Nacional de San Martín.José Luis Romero nació en Buenos Aires, el 24 de marzo de 1909 y murió en Tokio, el 28 de febrero de 1977. Fue un historiador e intelectual argentino. Es considerado el máximo representante de la renovación historiográfica que, desde mediados de la década de 1950, introdujo las perspectivas de la historia cultural y la historia social en la Argentina.José Emilio BurucúaBio completaRecibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOFilosofíaOpinión

Original Source

Read the full article at Clarin →

KhanList aggregates and links to publicly available news content. We do not host full articles from third-party sources. Always verify important information with original sources.